Ramón Casas, burgués, bohemio y moderno

'La Sargantain' (1907), esposa de Casas, que procede el Liceo. :: EFE/
'La Sargantain' (1907), esposa de Casas, que procede el Liceo. :: EFE

La paradójica trayectoria del pintor modernista se revisa en una muestra que reúne 145 obras en su 150 aniversario

MIGUEL LORENCI

Madrid. Un siglo largo antes de que se acuñara el término 'Bobo', la contracción francesa de 'bourgeois bohème', su significado se podía encarnar en Ramón Casas Carbó (Barcelona, 1866-1932), contradictorio artista bohemio y burgués, cosmopolita y popular. Pintor de masas y retratista de la aristocracia, de majas y condesas, de toreros y magnates, importó la modernidad parisina a la Barcelona 'noucentista'. Una gran muestra repasa ahora su paradójica trayectoria en CaixaForum Madrid. Reúne 145 piezas para confrontar la obra de Casas -120 piezas- con la de algunos de los coetáneos con los que cruzó influencias, como Toulouse-Lautrec, John Singer Sargent, Santiago Rusiñol, Julio Romero de Torres, Joaquín Sorolla, Joaquín Torres García o Pablo Picasso.

«No es una antológica ni una retrospectiva», aclara Francesc Quílez, uno de los dos comisarios de esta exposición que propone «otra mirada sobre Casas» y que se concibió como el acto central del 150 aniversario del nacimiento de la figura clave del Modernismo. Acaso el pintor «que mejor supo captar la eclosión de un nuevo tiempo, cuando la idea de modernidad llamaba a las puertas de la historia». No en vano, llegó a París con solo 15 años, en un viaje decisivo para su carrera y su obra.

Un creador muy dotado que, sin formación académica, alumbró un estilo genuino y reconocible, innovador y canónico al tiempo, y que casi murió de éxito. «Introdujo la modernidad pero no acabó siendo moderno. Se lo comió el éxito. Hijo de un burguesía más que acomodada, se movió en ambientes bohemios y populares, pero acabó acomodándose de nuevo y regresando al universo burgués», explica Quílez, conservador del Museo Nacional d'Art de Catalunya y responsable de la selección junto a Ignasi Domènech, jefe de colecciones de los museos de Sitges.

Con su actitud a veces bohemia, a veces irreverente y socarrona, Casas llevó a sus cuadros el vértigo de los veloces ingenios del cambio de siglo -la bicicleta, el automóvil-, de la publicidad y de la fotografía que evidenciaban la confianza en la tecnología que ofrecía el mito del progreso. Asimiló Casas todo tipo de influencias que plasmó en sus carteles, fotografías, estampas japonesas, dibujos, azulejos, y óleos.

Muchas de sus obras están en el imaginario colectivo, como sus carteles publicitarios para Anís del Mono o Codorniu; sus escenas populares, como 'El garrote vil' y 'El Corpus', además de iconos como el tándem en el que Casas se autorretrata pedaleando junto a Pere Romeu y que fue el emblema del 'Els Quatre Gats', la alternativa cervecería barcelonesa que imitaba al parisino 'Le Chat Noir', y donde Picasso expondría primera vez con apenas 17 años.

Casas dinamita las distancias entre la alta y la baja cultura. Le interesan el circo, los toros o la ferias, y fija a a menudo estereotipos y tópicos. Pero de ahí pasa a sus delicados desnudos y retratos femeninos, ágiles retratos a carboncillo de intelectuales como Pío Baroja o colegas como Rusiñol. «Su obra es un modelo híbrido en el cual el pintor moderno nutre su imaginario con todos los elementos que puedan enriquecerlo», apunta Domènech, que plantea la muestra «como un juego de espejos, un camino de doble sentido que permite visualizar las influencias, analogías e intereses comunes que existieron entre Casas y otros autores».

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