«La imagen del Museo de la Aduana va a ser el propio edificio»

Juan Pablo Rodríguez Frade, autor del diseño interior del Museo de Málaga./
Juan Pablo Rodríguez Frade, autor del diseño interior del Museo de Málaga.

«Creo que el público ya ni recuerda la calidad y la cantidad de las colecciones del Museo de Málaga», reivindica el arquitecto Juan Pablo Rodríguez Frade, autor del diseño interior del Museo de Málaga

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El equipo que dirige Juan Pablo Rodríguez Frade ha firmado el diseño interior del Museo Arqueológico Nacional, del Museo de la Alhambra, así como la puesta en escena de exposiciones como la retrospectiva de Giacometti o la actual Picasso. Registros alemanes, ambas en el Museo Picasso Málaga. Ahora ultiman la museografía del Museo de Málaga en el palacio de la Aduana. La experiencia para el visitante, anuncia, será «emocionante».

¿Cuáles son las líneas maestras del diseño interior del Museo de Málaga?

Siguiendo las directrices de manera muy fiel que han expuesto en el guión la dirección del museo, valorar las colecciones desde un respeto máximo hacia la historia del edificio y de las colecciones.

Habla del edificio, ¿qué papel ha jugado un inmueble tan imponente como el palacio de la Aduana en su propuesta?

El propio edificio va a ser la imagen del museo. Va a ser muy complicado que la gente disocie el edificio de la Aduana con los nuevos usos del museo. Todo el mundo va a ver el edificio y va a decir: el museo de la Aduana, de lo imponente que es. Va a ser su mayor seña de identidad sin lugar a dudas. Además de eso, hay piezas muy destacadas, con una museografía muy singular, que van a llamar la atención por su singularidad. Aun así, creo que la imagen del museo va a ser el propio edificio.

Menciona la singularidad de varias piezas. ¿Alguna de ellas ha presentado una complejidad especial?

Pieza a pieza no ha habido ninguna de especial dificultad. Hay piezas muy pesadas, de varias toneladas, hay un mosaico enorme Hay piezas muy excepcionales en cuanto a sus dimensiones y en cuanto a su peso, la propia Colección Loringiana tiene piezas extraordinarias que hay que mimar a la hora de exponerlas, pero eso entra dentro del oficio. La complejidad que tiene esta labor museográfica viene más derivada del tipo de edificio que es la Aduana. El uso como museo es tremendamente agresivo y específico para cualquier edificio histórico. Este edificio tiene muchas ventanas tanto hacia afuera, como hacia el patio. Eso significa que apenas tiene superficie expositiva y que entra mucha luz natural por las cuatro orientaciones, cuando la luz natural es un enemigo absoluto para un museo, pero al mismo tiempo, dentro del edificio se puede ver el mar, la Alcazaba, el Teatro Romano, la ciudad ¿Qué hacemos, ponemos obra o que los visitantes puedan ver la ciudad? Ambas cosas son interesantes. Nuestra museografía intenta no anular los valores del edificio, te puedes asomar a una ventana y ver cómo es la ciudad; pero al mismo tiempo generar espacios donde exponer toda esa obra.

Entonces, ¿ha sido la Aduana un aliado o un contrincante?

Al no estar pensado como museo, empieza siendo un contrincante. Ahí está el reto. La museología trata precisamente de eso, de conseguir que un enemigo se convierta en amigo, en hacerte amigo del edificio para sacarle valores. Como suele pasar en la vida, de las dificultades y de los retos es de donde salen las mejores soluciones. Hubiera sido mucho más sencillo, por ejemplo, un cubo blanco, pero probablemente el resultado no habría sido tan emocionante como el que se va a ver aquí.

¿Qué parte del recorrido cree que sorprenderá más al visitante?

En primer lugar, creo que el público ya ni recuerda la calidad y la cantidad de las colecciones del museo. Eso va a chocar muchísimo. La gente va a pensar que muchas piezas no estaban, pero lo que sucede es que aquí se van a contar de otra manera. En ese sentido, el discurso planteado por la dirección del museo me parece muy inteligente, muchas piezas van ser casi irreconocibles. Además, creo que las salas de Bellas Artes van a sorprender y a emocionar, porque hemos hecho una actuación absolutamente contemporánea, pero basada en las pinacotecas del siglo XIX, conseguidos con ello que el público se emocione con las obras de arte, pero que además aprenda. Mientras que en Arqueología el proceso es más bien inverso: desde el aprendizaje se llega a la emoción. Creo además que la pintura malagueña del XIX está muy bien contada y que la gente se va a encontrar muy a gusto con una museografía donde no anulamos el edificio, que está bastante presente.

Cuadro a cuadro

El rojo y el azul presiden las paredes de varias salas y las maderas nobles flanquean el camino. ¿Cómo ha sido la elección de los colores y de los materiales?

La relación pieza-fondo es fundamental en la presentación de una obra de arte, qué fondo se pone para que una pieza dé lo más de sí que pueda. Muchas veces se habla de que ese fondo debe ser neutro. Nosotros, sin embargo, en cada una de las salas hemos ido analizando cuadro a cuadro, obra a obra en los almacenes, con una carta de colores para ver qué colores escogíamos para cada obra. Las hemos ido agrupando en colores muy específicos que funcionan perfectamente para los mares que aparecen en un cuadro, para los tejidos que aparecen en otro y de hecho, hemos probado a presentar esos cuadros sobre un fondo y sobre otro y la valoración es absolutamente distinta. Muchas veces como fondo de obra se utiliza la base que usaba el pintor sobre el lienzo. A veces se ve el color, pero a veces no es tan evidente, pero ese color de la sala está el algún sitio, aunque no se percibe. De ahí que hemos hecho cada sala de un color diferente, hemos generado ambientes muy diferentes y muy específicos para cada obra. No sería ahora mismo fácil mudar una obra de una sala a otra.

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