Día de cine

Día de cine

Siempre he sentido curiosidad por los héroes desconocidos que se juegan la vida suplantando a los actores en las escenas peligrosas

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Ángel trabaja de especialista en películas de cine y series de televisión. Nos conocimos el año pasado en Barcelona. Cuando descubrí a lo que se dedicaba no paré de hacerle preguntas. Siempre he sentido curiosidad por los héroes desconocidos que se juegan la vida suplantando a los actores en las escenas peligrosas. Me contó sus experiencias como hombre antorcha y enumeró las películas en las que había saltado por los aires y pilotado coches que caían al abismo. Cuando le pregunté si no temía jugarse la vida, respondió que lo habían matado tantas veces que había perdido el miedo a la muerte. Además, un accidente mortal le podía ocurrir a cualquiera, incluso sin salir de casa. Y concluyó afirmando que unos viven más y otros menos, pero la diferencia siempre resulta efímera comparada con la eternidad.

El otro día me llamó por teléfono para vernos. Dijo que estaba en Granada y tenía el domingo libre para acercarse a Málaga y almorzar juntos. Antes de colgar, preguntó si no importaba que lo acompañara el actor que suplantaba en la película y una amiga que también trabajaba de especialista. «Por supuesto que no, todo lo contrario», contesté. Me apetecía enormemente pasar un domingo de cine. Cuando Blanca y yo llegamos al lugar de la cita nos quedamos sorprendidos al ver a Ángel con nuestro actor favorito y con Nuria, una atractiva mujer de unos cuarenta y cinco años. Nos saludaron como si fuéramos antiguos compañeros de fatigas. Durante la comida estuvimos conversando de cine, arte, viajes, literatura, fútbol, gastronomía y especialistas. El actor afirmó que solía rodar las escenas peligrosas. Luego reconoció que Ángel le había salvado la vida un par o tres de veces. Nuria los miró con complicidad y sonriendo irónicamente confesó que cada día soportaba peor lo excesos. Ignoro si hacía referencia al trabajo de especialista o al que ejercía por las noches en una coctelería del Rabal. Por un instante, me dio la sensación que Ángel y Nuria estaban juntos, aunque también pensé que ella era la pareja del actor neoyorquino que hablaba perfectamente español.

La sobremesa fue larga. Caía la tarde y como no los veíamos con intención de marcharse, propusimos tomar algo en casa. Aceptaron de inmediato. Al llegar, se quedaron perplejos al ver la colección de deuvedés que cubren las paredes. Entonces hice algo que jamás había previsto realizar. Busqué las películas en las que salía el actor y las que aparecían camuflados los protagonistas invisibles, las puse sobre la mesa y pedí que nos las dedicaran como si fueran libros. Al irse, ya de madrugada, leí las dedicatorias. Entonces descubrí que uno de los tres se había enamorado.