Historias alrededor de una taza

El famoso cartel con las nueve modalidades de cafés que instauró el Central. :: sur/
El famoso cartel con las nueve modalidades de cafés que instauró el Central. :: sur

Escaseaba la materia prima y mucha se desperdiciaba por no acertar con el «deíllo» de café que le pedían. Por eso, se inventaron nueve modalidades de bebida, del solo a la nube

REGINA SOTORRÍOMÁLAGA.

Allí se han cerrado negocios, se han confesado secretos, se han fraguado conspiraciones políticas y se han sellado historias de amor. Algunos han sido escenarios de rodajes, otros punto de encuentro de ilustrados y los hay que han servido de inspiración para escritores. Y todo siempre alrededor de una taza de café. El periodista gallego Fernando Franjo reivindica el papel que en la sociedad, en la cultura y en la historia han tenido los cafés en un libro que recorre los 50 establecimientos más emblemáticos de España y Portugal. «Porque, ¿qué hubiera pasado si la Generación de 27 no hubiera tenido el Café Gijón?». Por ejemplo. Y en esa exclusiva lista se cuela un clásico malagueño, el Café Central. «Es un orgullo, porque no es sencillo levantar la persiana todos los días», apunta Nacho Prado, la tercera generación al frente del Central.

El libro

Título: 50 cafés históricos de España y Portugal. Una guía ilustrada con más de 330 fotografías y documentos de la época.
Autor: Fernando Franjo
Editorial: Alvarellos Editora.
Precio: 24 euros.

«Pretendo guiar al lector a que descubra un mundo falto de reconocimiento», explica el autor de '50 cafés históricos de España y Portugal' (Alvarellos Editora). La vida ha cambiado mucho en los últimos años, y los cafés también. Hace medio siglo un académico podía pasar la tarde sentado en una terraza debatiendo con otros ilustrados, con amigos o con el propio camarero. Eran tiempos de tertulias. Hoy mandan las prisas. «Te tomas un café de pie en la barra y te vas a trabajar rápido», añade Franjo. Pero él no está dispuesto a «dejarlos morir». «Hay que ponerlos en valor», defiende. Comenzó haciéndolo con su blog 'La vuelta al mundo en ochenta cafés', hasta que un editor le propuso poner «negro sobre blanco» su experiencia. Cogió entonces una libreta, un coche... y empezó su periplo cafetero por la Península.

La ruta comienza en su Galicia natal, en el Café Casino de Santiago, donde Valle-Inclán escribió algunos de sus esperpentos. Y termina en el Café Comercial de Madrid, el más antiguo de la capital, abierto desde 1887 y el que existen tres tamaños de sillas: normal, pequeña y la banqueta. «Porque hace 100 años el ciudadano era más bajito y las sillas se iban adaptando a la fisonomía del cliente».

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En ese circuito la primera parada andaluza le lleva a Málaga, «una ciudad cafetera por excelencia», apunta. Se detiene en la plaza de la Constitución, en un café con más de un siglo de historia que creció a mediados del XX gracias al impulso que le dio José Prado Crespo. Tras la guerra civil, y después de trabajar un tiempo como taxista, José regresó a Málaga y se introdujo en el mundo de la hostelería uniendo tres céntricos locales: el Suizo, el Munich y el Central, del que tomó el nombre.

Hoy lo mantiene vivo la segunda y la tercera generación de la familia, pero no ha sido fácil llegar hasta aquí. Como cuenta Franjo en el libro, la falta de materias primas en unos años complicados obligó al propietario a tener que recurrir en alguna ocasión al estraperlo y había tanto trabajo que en los años 60 el café solo cerraba una hora en la madrugada para limpiar. «Todo tenía que ser importado, pero España estaba cerrada al exterior. Mi abuelo era muy espabilado, había vivido la guerra, y no sé cómo se las apañaba para conseguirlo, pero no faltaba el café», cuenta su nieto Nacho.

Esa falta de suministro es la que provocó una de las singularidades del Café Central, la que le ha colocado en ese selecto ránking de 50 establecimientos. «Los clientes pedían con los dedos como medida: 'un deíllo de café', 'tres deíllos de leche'... Y para unos siempre se quedaba corto y para otros se pasaba, lo que le obligaba a desaprovechar mucho café, con el trabajo que le costaba conseguirlo», detalla Nacho. Por eso, para que no hubiera confusiones, José ideó un cartel con hasta nueve variedades según la combinación con la leche: el solo, el largo, el semi largo, el solo corto, el mitad, el entre corto, el corto, el sombra y la nube. Con la guasa propia del malagueño, Prado incluía una décima opción: «No me lo ponga» junto a un vaso vacío. En la última remodelación que se hizo en el local, en el año 2008, «se tiró todo abajo, menos los mármoles de las paredes y el cartel de los cafés, eso no se mueve».

Más allá de la Constitución

Esos nombres traspasaron las paredes del establecimiento de la plaza de la Constitución y se han extendido a toda la provincia. Pero no solo de cafés vive el Central. El libro destaca también sus churros recién hechos del desayuno, y las frituras de pescado y los «afamados» boquerones del mediodía que se han incorporado a su oferta hace apenas una década. «Es extraño, pero somos una cafetería que vende mucho pescado», dice entre risas Nacho.

Es una de las muchas anécdotas, recomendaciones e historias que recoge el libro, que hace una ruta en espiral por España y Portugal en busca de los cafés aún abiertos en los que se ha conseguido aunar tradición, actualidad y originalidad. Como el Café Carabela de Pontevedra, en cuya terraza Sara Montiel rodó una conocida escena de 'Esa mujer'; o el Café Real de Orense, una antigua camisería de la alta sociedad que conserva las estanterías de la tienda y el mobiliario del taller. Algunos han sido frecuentados por nombres conocidos: Cuentan que los Rolling Stone Mike Jagger y Ron Wood comieron unos bocadillos de bacon con queso en el Café de L'Opera de Barcelona; y que Hemingway tenía al Café Iruña de Pamplona como su segunda casa. Y siempre son testigos de la evolución social: La Confitería La Nacional de Lisboa tuvo servicio de farmacia y médico para todos los empleados y la primera vez que las mujeres entraron en un café en Portugal fue en el Café Nicola de Lisboa. Y todo eso, mantiene Fernando Franjo, «no puede caer en el olvido».