Le asestó 52 martillazos en la cabeza, se lavó la sangre y se fue a tomar un café

Despliegue policial en el lugar de los hechos /Francis Silva
Despliegue policial en el lugar de los hechos / Francis Silva

Así actuó el hombre que confesó haber matado a su compañero de piso en Torremolinos

ALVARO FRÍAS y JUAN CANOMálaga

«Me he presentado aquí porque la conciencia no me deja dormir». Son las palabras que Juan pronunció en la Comisaría de la Policía Nacional de Torremolinos al confesar su crimen. Había matado a su compañero de piso, un hombre de 70 años, a martillazos después de haber discutido con él por dinero. Tras acabar con la vida de la víctima y permanecer casi una semana sin contar lo ocurrido, insistió a los agentes que no podía conciliar el sueño «por el tormento que le suponía haber matado a una persona».

Arrancaba así la investigación para esclarecer, en un primer momento, si era cierto que se había producido el crimen. A principios del pasado mes de marzo, el sábado día 2 tras tener conocimiento de la confesión, una patrulla se desplazó hasta la vivienda del fallecido. Allí lo encontraron en posición fetal, tirado en el suelo y con numerosas manchas de sangre alrededor.

Se trataba de Manuel, la víctima, un hombre de 70 años de edad, al que la administración le reconoce un grado de discapacidad física y psíquica del 65 por ciento. Por eso, una asistenta del Ayuntamiento acudía periódicamente a su casa para ayudarle, una vivienda en la que el fallecido alquilaba una de las habitaciones.

Una vez confirmado el crimen, los agentes se afanaron en llevar a cabo una reconstrucción de lo ocurrido. Para ello tomaron numerosas declaraciones, entre las que figura la confesión del detenido. Contó que fue el propio Manuel el que metió al que se convertiría en su verdugo en casa: «Me llamó para decirme que estaba muy solo y que necesitaba compañía».

El fallecido, según el relato del arrestado, le ofreció una habitación en su vivienda por 200 euros al mes. Convivieron desde agosto del año pasado hasta el mes de febrero, cuando Manuel echó de la casa a su compañero de piso, según él, sin ningún motivo y pese a que le había pagado por adelantado la mensualidad.

Quizás ese pudo ser el detonante del crimen. Por ello, la investigación rápidamente se enfocó a conocer el porqué de lo ocurrido. De nuevo aparece un motivo económico. El 24 de febrero, un día antes del crimen, Manuel se encontró con un vecino, quien le preguntó por su compañero de piso.

Se puso muy nervioso. «No me hables de éste, que me ha robado 400 euros», le dijo a su vecino. Este último aseguró que le mostró su cartilla del banco, en la que había cuatro extracciones de 100 euros. El fallecido, según su relato, le explicó que le había dado a Juan su número pin para poder sacar dinero del banco, ya que él no podía moverse.

Una deuda económica

La versión del detenido es completamente distinta. El 25 de febrero, sobre las cuatro de la tarde, decidió volver a casa de la víctima para reclamarle el dinero que dice que le debía: unos 600 euros más otros 200 correspondientes al pago por anticipado del alquiler del mes de febrero.

Contó a los policías nacionales que no pudo disfrutar de ese mes en la casa, situada en la calle Aguas Vivas de Torremolinos, porque Manuel le había echado nada más empezar febrero. Entonces estuvo durmiendo en la calle, según mantiene, hasta que se encontró a un viejo amigo quien le dijo que podía quedarse en su piso unos días.

Le ofreció ayudarle, como mucho, una semana. El arrestado se presentó en su casa con un colchón y una maleta azul, pero no cumplió con el plazo. Prolongó su estancia en la vivienda muchos días más, por lo que el propietario le pidió que se marchara. Le hizo caso y, un día antes del crimen, recogió algunas pertenencias y se fue.

Se alojó en una pensión situada a escasos metros de la casa de la víctima, que, según dijo, le abrió la puerta aquel 25 de febrero. Juan relató que se produjo una fuerte discusión entre ambos durante la que el fallecido intentó golpearle con una llave inglesa, por lo que él cogió un martillo y se agredieron mutuamente.

El arrestado aseguró que se perturbó, ya que después de haber hecho muchas cosas buenas por Manuel, este le estaba agrediendo. Entonces, según afirmó, comenzó a darle martillazos por donde pudo, fundamentalmente en la cabeza, llegando a golpearle unas diez o quince veces. Pese a su versión, la autopsia recoge que la víctima tenía 52 golpes de martillo en la cabeza.

Paró, según señaló a los agentes cuando se asustó porque la víctima no se movía. Dejó el cuerpo tendido en el suelo del salón, y antes de marcharse de la vivienda, se lavó las manos ensangrentadas, y se cambió la camisa por otra que aún tenía en el piso. Luego, metió el martillo y la ropa que acababa de quitarse en una bolsa y se marchó.

Caminó los pocos metros que separan el lugar de los hechos de la pensión en la que se alojaba. Durante el camino, en las inmediaciones de un parque infantil, se detuvo un instante, según contó a los agentes, para tirar a unos contenedores soterrados la bolsa con las pruebas del crimen.

Una vez que llegó al establecimiento en el que se hospedaba, siguió deshaciéndose de los elementos que podían relacionarle con lo ocurrido. Confesó que se quitó el pantalón vaquero que llevaba puesto y que regresó al mismo contenedor para tirarlo. Después, se fue a un bar del centro de Torremolinos a tomarse un café.

Nadie localizó el cadáver de Manuel durante los días que permaneció en el piso. Pese a que varios vecinos y su asistenta intentaron contactar con él, así como sus familiares, no podían imaginarse que estuviera muerto.

Juan estuvo paseando por las calles de la localidad antes de entregarse a la policía y contar que había matado al que había sido su compañero de piso. Acabó confesando el crimen el mismo día que decidió dejar la pensión. Ya no tendría que buscar dónde alojarse. Esa misma noche durmió en los calabozos de la comisaría y, desde entonces, lo hace en prisión.

La familia de la víctima acusará por un delito de asesinato

La familia de Manuel, representada por el letrado Pascual Javier Molina Báez, que actúa como acusación particular en el presente procedimiento, quiere hacer constar que defenderá la acusación por asesinato, «la cual parece, a priori, el encuadramiento procesal más correcto». «Nos encontramos ante una fase procesal muy prematura, y estamos a la espera de nuevas diligencias de investigación para confirmar la posible ampliación de la misma hacia la comisión de un presunto delito de estafa, y confirmar las imputaciones existentes», apunta el abogado.