Dos minutos y medio para impedir un asalto a mano armada en Fuengirola

Los policías nacionales que salvaron a un anciano del asalto a su vivienda recuerdan la la intervención: «Todo pasó muy rápido»

Daniel y Carlos, agentes que detuvieron a los ladrones que asaltaron a un anciano en Fuengriola. /Fernando Torres
Daniel y Carlos, agentes que detuvieron a los ladrones que asaltaron a un anciano en Fuengriola. / Fernando Torres
Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Acababan de llegar a comisaría tras arrestar a un hombre por incumplir una orden de alejamiento que le pesa sobre su expareja. «El turno de noche empezaba caliente». En cuanto Daniel Ibáñez y Carlos López volvieron a sentarse en el coche patrulla, la sala del 091 emitió un aviso: un vecino de una calle de Fuengirola había escuchado voces y ruidos, y había observado a cuatro personas que entraban en un chalé. «Tardamos menos de cinco minutos en llegar porque decidimos ir por la autovía», recuerdan. Una vez alcanzaron el domicilio les recibió una puerta abierta y luces en el interior que reflejaban sombras en movimiento. En dos minutos habían detenido a tres personas y estaban atendiendo al propietario, un anciano malherido y desorientado que se puso a llorar cuando reconoció los uniformes.

Los hechos ocurrieron a finales de verano, pero lo recuerdan a la perfección. Entraron en la calle sin la sirena encendida, solo con la señal luminosa. Cuando aparcaron frente al domicilio enseguida percibieron que algo no iba bien porque la puerta estaba entreabierta y la cancela del recinto también. Antes de acceder agudizaron los oídos y percibieron los gritos de un hombre que pedía auxilio y varios golpes. «Entramos sin hacer ruido, sin desenfundar las armas pero en posición de alerta; vimos a un hombre y una mujer revolviendo el salón, con bolsas en las manos, pero comprobamos que no estaban armados». Sin pensárselo dos veces les dieron el alto y los engrilletaron. Habían pasado pocos segundos desde que pusieron un pie en la vivienda. «Todo sucedió muy rápido», repiten varias veces mientras recuerdan aquella noche.

Daniel se quedó custodiando a los dos ladrones y Carlos se adentró en la vivienda, momento en el que escuchó una puerta cerrarse. La llamada al 091 alertó de cuatro individuos, por lo que su cerebro estaba preparado para encontrarse con dos sospechosos más. Cuando llegó a la puerta intentó abrirla pero alguien opuso resistencia desde el interior de la estancia. «No me lo pensé, cogí carrerilla y le di una patada a la puerta para abrir». En el interior había otro hombre, «más corpulento», con una navaja. «¡Tira el arma, tira el arma!, ¡alto, policía!». El ladrón se mostraba sorprendido pero no soltaba el arma blanca, por lo que Carlos sacó la defensa reglamentaria y se la arrebató. En ese momento no habían pasado ni siquiera dos minutos.

Cuando Daniel escuchó el golpe y el forcejeo acudió a apoyar a su compañero, que ya había reducido al tercer asaltante. En ese momento observaron al anciano, un hombre de 89 años amordazado y maniatado, recostado en el suelo con varias heridas sangrantes. Cuando comprobaron que no había más sospechosos en la vivienda atendieron al hombre, que al principio no los reconoció y se limitó a suplicar por su vida. «Dejadme, no me hagáis daño por favor».

Cuando volvieron a idenfiticarse se calmó y empezó a llorar entre agradecimientos. Finalmente solo eran tres personas las que asaltaron la casa. La mujer llamó al timbre pidiendo auxilio para conseguir que el propietario abriera la puerta y los otros dos hombres accedieron detrás de ella para proceder con el robo.

Desde que llegó el aviso hasta que los tres ladrones estaban engrilletados pasaron siete minutos, dos de los cuales se han quedado grabado en la memoria de los agentes. «Todo pasó muy deprisa, en esos momentos solo piensas en los pasos que hay que dar, en nada más, la mente se pone en blanco».

Los dos reconocen que, cuando llegaron a sus casas, se sintieron «satisfechos», sobretodo porque fue una intervención «limpia» en la que nadie resultó herido, y consiguieron que el anciano no continuase expuesto a los golpes de los ladrones. Cuando todo acabó recapacitaron sobre el peligro al que se expusieron, pero se queda en segundo plano. Es su trabajo.