Mijas, de Tamisa a los años 50

Plaza de la Constitución. A la derecha, el actual hogar del jubilado./
Plaza de la Constitución. A la derecha, el actual hogar del jubilado.

El pueblo de Mijas es una joya histórica que recoge el espíritu andaluz en casi todos sus rincones y que, a pesar del desarrollo turístico experimentado a partir de los 60, ha sabido conservar sus tradiciones, muchas de ellas de carácter religioso, su tipismo y arquitectura y el «orgullo» de pueblo que siempre ha caracterizado a las gentes de este bello enclave costasoleño

SUR

Según las primeras referencias históricas, se cree que Mijas tiene su origen en un poblado fundado por los turdetanos, a los que se atribuye la creación de Tamisa, una gran fortificación situada probablemente donde hoy se ubican la iglesia parroquial y la plaza de toros. Ya entonces se trataba de una población rica en metales preciosos y otros materiales (plomo, hierro, amianto, ágata y mármol), lo que atrajo a Mijas a otros pueblos como los fenicios y los griegos.

Mijas fue conquistada por los romanos, que siguieron extrayendo la riqueza de sus minas y canteras, y a ellos se atribuye la construcción de bancales, acequias y la plantación de las primeras viñas. Tras el derrumbamiento del imperio romano, la población fue conquistada por los visigodos y posteriormente por los árabes.

Fueron los musulmanes los que contrajeron el nombre de la población, a la que pasaron a llamar Mixa, y los que ampliaron el reducido núcleo urbano existente así como sus murallas, haciéndolas más altas y sólidas, tanto que todavía hoy se conservan algunos restos del muro principal de aquella fortaleza.

Tras la dominación musulmana y el reinado de Omar Ibn Hafsun, que en el 856 fue coronado rey como Samuel I al convertirse al cristianismo, Mijas sufrió las incursiones de los normandos o vikingos, y, tras duros asedios, las tropas cristianas mandadas por los Reyes Católicos tomaron la población en 1487.

Fiel a Juana la Loca en la guerra de las comunidades, Mijas recibió de la soberana el título de Villa en 1512, junto a un premio aún más preciado: quedó libre del pago de alcabalas. Más tarde, la corona le concedió otro honor: la consideración de Muy Leal.

Durante centurias, las guerras casi se olvidaron de Mijas, que repartía sus afanes entre una población esforzadamente dedicada a sacar algún fruto de una agricultura complicada por la base pizarrosa del terreno, mientras que otras familias vivían de la no menos difícil lucha contra los elementos para arrancarles frutos al mar.

LAS TORRES ALMENARAS

Como vestigios imperecederos del pasado y de la historia de Mijas permanecen en el municipio cuatro torres almenaras, de una larga cadena de las que, especialmente a partir del año 1492, se construyeron en el litoral para advertir con prontitud a la población de la llegada de piratas y también para combatirlos.

De esas cuatro, dos están en La Cala; una, llamada Vieja, la más bella y de las de mayor antigüedad, es de origen árabe y llegó a tener dos cañones de 16 libras; la otra, la Torre Penta Pesetos, es más moderna, ya que data del siglo pasado y tiene una altura de casi once metros.

La Torre Calaburra, junto a la punta del mismo nombre, fue construida en 1515, con un diámetro máximo de 7,9 metros y una altura de 13,4 metros. Cerca de ella se conservan unos restos romanos. Por su parte, la Torre Calahorra es de forma cónica y data de 1497; cuenta con poco más de diez metros de altura.

ECONOMÍA

Tradicionalmente, Mijas vivió de las dos actividades que se han hecho mención: la agricultura y la pesca, además de algunas explotaciones ganaderas y de la extracción de minerales, que, desde tiempos remotos, fue uno de los puntos fuertes de su economía. En el pasado, el campo de Mijas tuvo en las viñas una riqueza tan importante que contribuyó, junto con la Axarquía y los Montes de Málaga que todavía conservan parte del esplendor perdido, a la fama ganada por la provincia como exportadora de uvas pasas y vinos.

La población del campo superaba tradicionalmente a la de la villa y no sólo se dedicaba a atender los viñedos, sino también a regar los abundantes huertos en los que se cultivaban alubias, patatas tempranas y boniatos, junto a las higueras y los algarrobos.

La famosa epidemia de filoxera de 1880, que fue destructiva para todas las zonas de viñedos, desmanteló casi todas las plantaciones de Mijas. Las pocas que sobrevivieron en los llanos fueron reemplazadas hace medio siglo por trigo y cebada, mientras que en las tierras de regadío algunos cítricos y maíz se sumaban al boniato y a la patata, manteniéndose la agricultura hasta la llegada del turismo.

La ganadería tuvo alguna importancia a finales del siglo XV y comienzos del XVI, aunque posteriormente su peso fue escaso, al igual que la pesca. La actividad minera, si bien no se sabe a ciencia cierta cuándo empezó, sí fue importante; de las canteras mijeñas se han extraído mármol, mica, falsa ágata o ágata morisca, de color caramelo y piedra serpentina, junto a las explotaciones de talco, las últimas en permanecer en activo.

Históricamente, una actividad que tuvo su importancia en la localidad de Mijas fue la fabricación de papel, ya que en 1744 existían en la zona un buen número de molinos situados en la llamada por entonces Ribera de los Molinos de la antigua Osunilla y los molineros se agrupaban en una asociación de maestros de cuya actividad no han quedado apenas referencias históricas. En estos molinos se fabricaban papel de estraza, cartuchos y cartulina; el papel se hacía de tres tamaños diferentes y con éstos los cartuchos, que tenían capacidad para medio, uno y un kilo y medio, de color gris o marrón, según las mezclas del material empleado.

El laurente o sacador, el ponedor y el levador eran los tres oficiales que trabajaban en la producción diaria. La materia prima se traía de Málaga, el llamado «papelillo viejo», junto a los «chancos» desechados, es decir, las alpargatas de esparto o cáñamo y, si éstas escaseaban, la raíz del torvisco, mata muy abundante en la zona y rica en fibra. Los pliegos de papel se ponían a secar al sol en el suelo o sobre matas, teniendo en cuenta la influencia del viento, quizá el factor primordial. Los cartuchos y el papel se vendían en distintas tiendas de Mijas y en los pueblos vecinos, donde se usaban para envolver o envasar diferentes mercancías.

ERMITAS

Mijas tiene una peculiar característica, y es que está rodeada de pequeñas ermitas que recuerdan el carácter religioso de un tradicional pueblo andaluz, que hasta no hace mucho vivía prácticamente aislado, encaramado en la sierra y mirando al mar desde una inaccesible atalaya. En los alrededores, conservándose en perfectas condiciones gracias al cuidado de las instituciones públicas y de los propios mijeños, se encuentran las ermitas de San Antón, El Puerto y El Calvario. La ermita de San Antón, en el núcleo de Osunillas, fue construida en el siglo XVIII por unos marinos que tras estar a punto de naufragar expresaron así su agradecimiento al santo. Al parecer, en sus primeros años estuvo al cuidado de una congregación de monjes benedictinos. A ella se accede por la carretera que une Mijas con Benalmádena, celebrándose cada 17 de enero la bendición de los animales por San Antón, mientras que en mayo tiene lugar la romería en honor de San Isidro Labrador.

La ermita del Calvario, situada en la falda de la sierra, data de 1710; en principio fue construida como lugar de retiro para la meditación de los monjes carmelitas del convento que hubo donde hoy se levanta la ermita de la Patrona, la Virgen de la Peña. Situada por encima del pueblo, su blancura destaca entre el verde del enorme pinar que la rodea y hasta ella se llega por un caminoa través del cual discurre en Semana Santa un vía crucis.

La ermita del Puerto data de 1874 y fue construida por votos de una señora que engendró hijos siendo ya mayor. Se encuentra frente a la gasolinera que lleva su nombre, donde comienza la carretera entre Mijas y Benalmádena.

Mención aparte merece la ermita de la Virgen de la Peña, Patrona de Mijas, excavada en roca viva, en el promontorio que sobresale en la ladera del monte. En el pueblo se dice que la imagen fue descubierta en 1586 en las murallas del viejo castillo, donde la habían ocultado para impedir que cayese en manos de los moros ocho siglos antes.

Durante la revolución, la imagen no sufrió daños, pero quedó parcialmente dañado el templete. En 1959, Eugenio López, nombrado maestro de Mijas, emprendió la tarea de restaurar la imagen para devolverle su antiguo esplendor, y lo hizo recogiendo dinero por las casas del pueblo, desde las más ricas a las más pobres. Después se encargó de reconstruir el santuario, para lo cual solicitó ayuda al gobernador.

En Mijas, antes de los 60 y de la convulsión que supuso la llegada del turismo, todo giraba alrededor de las costumbres religiosas, fiesta, folclore y tradición, siguiendo el calendario religioso. Un mes antes de Navidad, niños y mayores salían a cantar por la calle con la zambomba tradicional y después de Navidad empezaban a preparar el carnaval. Después llegaba la Cuaresma, que culminaba en la Semana Santa, uno de los periodos más importantes del año. Las procesiones eran sencillas pero muy auténticas y entonces, según cuentan los mayores, se daba mucha importancia a la Resurrección de Cristo, y como era costumbre la noche del sábado, víspera del Domingo de Resurrección, los jóvenes hacían una procesión por las calles manteniendo despierto a todo el pueblo.

En primavera se celebraba la Cruz de Mayo. Los jóvenes hacían cruces en todas las casas, las adornaban con flores y luego la gente organizaba bailes y romerías. Las fiestas se prolongaban durante todo este mes, que era la época en que los jóvenes buscaban novio o novia. Al mes siguiente eran las fiestas de San Pedro y San Pablo, muy populares. En septiembre la vida religiosa y profana de pueblo tenía su coronación con las festividades de la Patrona. Uno o dos meses antes ya empezaban los jóvenes a prepararse. En noviembre, por los Difuntos, todo el pueblo iba al cementerio a encender una vela por los fallecidos, y podían hacerlo durante toda la noche, ya que el camposanto quedaba abierto, llegando incluso a convertirse en una romería. Cuentan que los bares estaban abiertos y se ponían puestos de venta de refrescos; la alegría y la tristeza se unían.

Uno de los factores que más ha marcado la evolución de Mijas ha sido su histórico aislamiento, claro antes de la Segunda República. Hasta esa época las comunicaciones eran muy deficientes (la carretera entre Mijas y Fuengirola se inauguró en 1873, con ocho kilómetros de longitud), no había teléfono (el primero se instaló en 1953, fue una línea con capacidad para diez números, de los que a duras penas se cubrieron cinco, dos de ellos para organismos oficiales, el Ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil). Según cuentan, por aquellos años el cartero popularmente se le llamaba «peatón» bajaba diariamente a Fuengirola. Tampoco existía prensa local, hasta que con la República aparecieron en la localidad los periódicos «ABC», «El Heraldo» y «El Socialista».

La arquitectura del pueblo por aquella época, como señala Francisco Jurdao Arrones en su libro «España en venta», era igualmente simple: «Cuatro casas, que en la zona alta del municipio conocida como de los altozanos eran chabolas de palma y sólo había un par de buenas construcciones pertenecientes a familias pudientes, situadas junto al Ayuntamiento».

La actividad comercial en el pueblo era reducida, centrada en tres comercios sin importancia pertenecientes a otras tantas familias pudientes, y en los que se vendía prácticamente de todo, además de otras pequeñas tiendas de comestibles, una decena de ellas llamadas «sal y vinagre».

Aparte de estos negocios, en el pueblo había diez tabernas, una carnicería y una zapatería. Las mujeres eran las que más padecían el aislamiento, sólo las recoberas, dedicadas a dar créditos a los jornaleros y recogedores de esparto, eran las únicas que salían del lugar. La población activa, por tanto, se reducía a jornaleros del campo, comerciantes, recoberas, taberneros y recogedores de leña y esparto.

En esos años, pueblo y campo son dos piezas separadas que sólo se unen en determinadas circunstancias, resultado de ser el pueblo el centro de gravedad político-administrativo y religioso y no económico, ya que los agricultores del campo vendían sus productos en los mercados de Málaga ciudad, Alhaurín el Grande o Coín. Al pueblo sólo iban los productos agrícolas necesarios para abastecer a una población con una economía de subsistencia.

El pueblo tenía muy poca vida social, como define una frase de la época, «los muertos daban mucha vida al pueblo», y es que los entierros, como las bodas, eran prácticamente los únicos acontecimientos y fomentaban la actividad económica del lugar. El campo tenía una población aproximada de 2.000 personas y una estructura minifundista de la propiedad, con casas separadas unas de otras unos 300 metros que se diseminaban por toda la sierra. Había cuatro escuelas rurales y algunas tiendas diseminadas a las que se llamaban «del tropezón», junto a panaderías y molinos.

La postguerra resultó especialmente dura en Mijas, hubo mucha hambre durante los diez años posteriores a la contienda por su aislamiento y la ausencia de trabajo, ya que el único que quedó fue la recogida de hierba en la sierra para el esparto. La situación se agravó por la existencia de sequías y las secuelas de la segunda guerra mundial. En 1940, algunos desempleados del pueblo obtuvieron trabajo en la campaña provincial de repoblación forestal en la sierra, pero perdieron el derecho a la recogida de esparto, una de las formas tradicionales de subsistencia en Mijas, que se dejó en manos de empresarios privados, que incluso colocaron guardas en la sierra.

En los años 50 se inició el cambio, cuando una fábrica de amianto vino a paliar el paro, y en el 53 comenzó a sonar el nombre de la Costa del Sol y a construirse algún pequeño hotel. Comenzó el desarrollo turístico, que provocó una nueva distribución urbanística del municipio en el que antes sólo había pueblo y campo.

El pueblo evolucionó convirtiéndose en turístico, aunque el decreto de 6 de junio de 1969 que lo definía como «conjunto histórico-artístico, la típica aglomeración de pintorescas calles y plazas y la propia sencillez de sus edificios de límpida blancura, con rejas y balcones repletos de flores...» se ha sabido cumplir hasta el día de hoy, salvo en lo que afecta a la sierra, erosionada por la actividad de las canteras.

La idea de blanquear las casas con cal fue de un alcalde que ya en su época se mostró preocupado por captar al turismo itinerante hacia el pueblo: Manuel Fernández, veterinario, que fue nombrado alcalde en 1957, cargo que ocupó durante seis años. En ese tiempo, el presupuesto del Ayuntamiento pasó de 300.000 pesetas a seis millones anuales porque se empezaron a recaudar los impuestos y por la llegada del turismo y el númerode casas que se construyeron.

En 1958, tras una dura sequía, el gobernador concedió un crédito de medio millón para instalar cañerías de agua en el pueblo, que hasta entonces se surtía de fuentes y de una tubería que bajaba de la mina a la plaza. También en esa época se asfaltó y ensanchó la carretera a Fuengirola y se dictaron bandos prohibiendo dejar los animales en las calles.

Sin embargo, con la llegada del turismo el campo sí experimentó una profunda transformación, al surgir nuevos núcleos de población: La Cala y Las Lagunas, junto a la construcción de urbanizaciones residenciales que acogerían pronto a la mayor parte de la población, y al crearse los partidos y núcleos rurales, junto a la permanencia de algunas fincas agrícolas. Las Lagunas es casi una nueva ciudad, cuya población se forma a partir de campesinos del interior del término que abandonaron sus tierras para comprar una casita cercana al puesto de trabajo, que habitualmente está en Fuengirola, junto a inmigrantes de otras zonas de la provincia o del país. Se convierte así en una ciudad dormitorio de Fuengirola, que en 1977 aún no tiene calificación de suelo urbano.

La Cala es el otro gran nuevo núcleo surgido con el turismo, pero de menor población y con mayor tradición, ya que mayoritariamente estuvo integrado en su origen por población obrera y campesinos que emigraron allí procedentes de zonas rurales del interior de la provincia o de otros puntos del país.

En los años cincuenta, anteriores al auge del turismo, era un núcleo rural de 19 familias campesinas que cultivaban la vid, el cereal y la huerta. Tras el turismo, su población se multiplicó con obreros de la construcción. Puede decirse que hoy es el corazón del turismo residencial de Mijas, municipio que reúne cerca de 200 urbanizaciones turísticas en su término, lo que lo convierte en una localidad diversa culturalmente y compleja en cuanto a su administración.

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