Los tiempos de Pueblo Blanco

Aún perviven clásicos como La Barraca, a la entrada de Pueblo Blanco por la calle Casablanca/
Aún perviven clásicos como La Barraca, a la entrada de Pueblo Blanco por la calle Casablanca

Zona de movida de los noventa, hoy es una apuesta atractiva y tranquila en pleno centro de Torremolinos

JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

Hay frases que el recuerdo asocia a sitios concretos, igual que hay lugares que se pegan a la memoria como la arena a los pies. De Pueblo Blanco siempre recuerdo un consejo que oí allí una vez. Una noche, una chica celebraba su cuarenta cumpleaños. Sus amigos le habían preparado una fiesta sorpresa y ella, generosa o nerviosa (encantadora al fin) quiso compartirla con los desconocidos cercanos. Lola, así se llamaba, se envalentonó al final, sería cosa de los brindis o de la sabiduría de la edad. Y soltó una perla, con espíritu de «cuarentones del mundo, uníos», que retumbó como una suerte de carpe diem en versión flamenca: «No olvidéis: ¡fin de semana que se va, fin de semana que no vuelve!».

Los cuarentones de hoy no sabrán quién es Lola, pero seguro que sí recuerdan los quebraderos de olla que daba el aparcar por Pueblo Blanco durante los fines de semana de sus primeras salidas veraniegas (si es que iban en coche). Allá en los primeros años noventa, cuando los fines de semana eran inagotables, este conjunto del centro de Torremolinos (construido en 1975) se erigió de pronto, como siempre pasa en núcleo-nife de la movida malagueña. No era sólo zona de copas para el veraneo o los turistas: había peregrinación desde toda la provincia (y más allá) para acudir, sobre todo los findes (que nadie llamaba todavía así) a su poblado con hechuras del mundo andaluz y bajos llenos de garitos. Minúsculos, muchos sin licencia, de hora caduca pero barras perennes, al menos mientras duró la cosa: el Gypsy, La Vaquería, el No se lo digas a mamá, el Salsa Rosa y otros míticos de cuyo nombre no puedo acordarme (se ve que soy Quijote de un tiempo que no tiene edad). Allí hasta nació nada menos que el ZZ Pub, hoy local nocturno canónico de la capital malagueña.

Aquel tiempo insurrecto de Pueblo Blanco flor de varios años y tortura para sus vecinos tuvo algo de ilusorio. Hizo creer que algo cercano se parecía (una mijita) a la lejana Ibiza: serían los muros encalados con cemento desigual; o el bronceado general del personal asistente; o los modelones blancos al uso (camisas nacaradas, para ellos; vestidos frescos con detalles de croché, para ellas). El acicalamiento y engominado fue general y generoso; como el de nuestros grandes fastos (era la era de Curro, de Cobi, de un Pujol inmaculado). Los padres lloraban con Nieves Herrero mientras los jóvenes celebraban en estas callejas sus primeras proposiciones universales: allí no se cabía pero todo era posible.

Mediada la década, las quejas vecinales y la intervención policial trajeron el cierre, el éxodo a Puerto Marina y, en fin, el fin de una época. Pueblo Blanco recobró, pasada la furia, el carácter alternativo de sus primeros tiempos. Un carácter manso (no aburrido) del que ahora quieren hacer gala viejos y nuevos locales, afanados en labrar y hacer conocer una oferta distinta y estilosa dentro de la noche de Torremolinos.

En este nuevo tiempo, Pueblo Blanco es, sobre todo, lugar de cenas, charlas y primera copa de la noche (y última, si no se toman muchas). El público habitual suele tener más de treinta veranos. Ocupa gran espacio, junto a la fuente, la pizzería La Piazzetta; La Gorila, uno de los bares más longevos, está donde siempre; y en la misma esquina perdura La Esquina, llamado también Renes Bar. A la entrada siguen dando calorías La Barraca y el Shawarma Simón, lugar este último que inició a toda una generación en el consumo del producto árabe cuando nadie lo llamaba todavía kebab. De ahí que un amigo mío, a la sazón camarero en Pueblo Blanco en sus años mozos, repita de vez en cuando, a la malagueña usanza: «¿Nos tomamos un choguarman?».

Este nuevo tiempo tiene al frente de negocios revitalizados o nuevos a muchas mujeres: como en el bar de tapas Caléndula; o en la Tetería Albanta, donde su propietaria, Teresa, ofrece desde hace dieciséis años cócteles exquisitos y trato cercano. Un bar pequeño, pero con una terraza muy mona y una carta muy rica. Aquí el mojito, como cuando aquella marabunta abarrotaba Pueblo Blanco, sigue fresquito, pero ya no hay que darse tortas para pedirlo.

Dice Teresa que tienen una clientela constante y variable (de edades, tendencias o nacionalidades), lo que permite abrir todo el año. Cree que Pueblo Blanco ha logrado reforzar su oferta de calidad y cuenta cómo florecen, fuertes, nuevas apuestas. Por suerte, se ha normalizado la relación con los vecinos, aunque echa de menos una mayor promoción del lugar: «Mucha gente no sabe que estamos aquí; ahora hay un cartel en la calle Casablanca que ayuda, pero sería bueno que tuviéramos mayor proyección». Y no comprende cómo les ponen tantas trabas todavía, por ejemplo, para realizar mercadillos o actividades atractivas durante la época estival.

Pese a todo, Teresa no pierde la sonrisa y allí sigue: atendiendo y charlando con otras colegas de crecientes negocios vecinos. Como Jill, una enérgica escocesa («bueno, medio andaluza ya», dice en perfecto deje), propietaria desde hace unos tres años de Boomerang, bar y terraza con predominio de público extranjero. Dice Jill que ambas, y otras más, conforman el club de «mujeres poderosas» de Pueblo Blanco. Apuestan y confían en el tiempo, aunque son listas y seguro que comparten lo que dijo Lola: aquello de que fin de semana que se va, es fin de semana que no vuelve. Sobre todo en verano.

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