ALTA CULTURA. BAJA CULTURA

DAVID DELFÍN

Subraya Agustín Fernández Mallo en su reciente ensayo Teoría general de la basura (Galaxia Gutenberg, 2018) que solo cuando la tradición culta y la popular se funden e intercambian supuestos, surgen hallazgos útiles para una comunidad. Que cuando lo erudito habla solo para sí no es capaz de generar cambio alguno, del mismo modo que un producto cultural no puede constituirse en algo perdurable si solo se desarrolla en el ámbito de lo popular. Una reflexión fácilmente comprensible si pensamos en García Lorca que, partiendo de lo popular, fundió su obra con la alta cultura y acabó transformándola; una de las razones por las que su literatura ha permanecido en el tiempo y nos parece mucho más popular que lo popular y simultáneamente más culta que lo culto.

En mi opinión, la evolución más significativa de las coplas de carnaval en Andalucía en estos últimos 35 años y, especialmente desde este nuevo siglo, ha sido la de convertirse en un género musical y artístico, apreciable por el modo en que escritores, cantantes, humoristas... de otros ámbitos, han adoptado lo carnavalesco en su modo de componer, ya sea por el esquema y desarrollo de las emociones y/o

reflexiones como por la forma humorística con la que abordar un tema o una situación. Una observación fácilmente comprensible si recordamos, por ejemplo, a José Ovejero (premio Primavera, Anagrama, Alfaguara...) y Andrés Barba (premio Herralde de novela 2017), a Alejandro Sanz y Manuel Carrasco, o, a los surrealistas Faemino y Cansado, José Mota y Manu Sánchez; o a los atrevidos Manolo Sarria y los hermanos Jorge y César Cadaval.

Ahora bien, lo más valioso de este intercambio entre lo popular y lo erudito al que me refiero, no es su capacidad de suprimir las barreras que separan ambas propuestas, sino la redefinición que puede producirse sobre el concepto cultura en una comunidad. Así, por ejemplo, cuando las coplas de carnaval -especialmente en los repertorios de las comparsas- salen del mes de febrero y son interpretadas y versionadas por solistas o a dúo en un escenario, logran capturar un nuevo espacio que las hace salir de lo meramente popular y adentrarse en la alta cultura como sucedió con el flamenco; del mismo modo que la literatura u otras disciplinas artísticas, cuando abordan lo popular nos descubre a nosotros, tal vez porque con ambos acercamientos se logra contribuir a la transformación del imaginario colectivo y, por ende, trastocar nuestra realidad. ¿Alta cultura? ¿Baja cultura?