La masacre de Utoya en tiempo real

La cámara permanece en todo momento pegada a la protagonista, extraordinaria Andrea Berntzen.

Erik Poppe pega la cámara a una joven que trata de escapar de la matanza que se saldó con 77 muertos en un filme angustioso rodado en un único plano secuencia sin cortes

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

'Utoya, 22 de julio' arranca con las imágenes del atentado contra un edificio gubernamental en Oslo el 22 de julio de 2011 tomadas por las cámaras de seguridad. Su autor viajaría el mismo día a la isla de Utoya, donde 500 jóvenes disfrutaban de un campamento de verano organizado por el Partido Laborista. Anders Breivik, un discreto empresario de extrema derecha, recorrió las tiendas y el bosque pertrechado con un fusil de mira telescópica y una pistola Glock. En el momento de su detención, 72 minutos después del primer tiro, Breivik había acabado con la vida de 69 adolescentes, casi uno por minuto. Ocho más fallecieron en el hospital.

El asesino fue condenado a 21 años de prisión, la pena más alta en un país que sigue tratando de digerir la matanza. Cumple condena en una cómoda prisión, en la que disfruta de televisión, videojuegos y gimnasio privados. Pese a ello denunció a Instituciones Penitenciaras por un trato «inhumano». No se arrepiente de nada y se sigue definiendo como «fascista y nazi».

Antiguo fotógrafo de guerra, el director Erik Poppe ha partido de los testimonios de los supervivientes para sumergir al espectador en el horror. 'Utoya, 22 de julio' dura exactamente lo mismo que la matanza, en un único plano secuencia sin cortes, una hazaña técnica que hace más extraordinaria todavía la labor del director y los actores. La cámara en mano permanece en todo momento pegada a la protagonista (sobrecogedora Andrea Berntzen), que huye de los disparos refugiándose donde puede en un pequeño islote donde no hay sitios donde esconderse. Adentrarse en el gélido mar equivalía a una muerte segura.

Una imagen de 'Utoya, 22 de julio'.
Una imagen de 'Utoya, 22 de julio'.

Poppe no muestra al atacante, apenas lo vemos de refilón y a lo lejos en par de secuencias. Tampoco las balas impactando en los cuerpos. Le basta con el sonido de los disparos en la banda sonora para desquiciar y propiciar una insoportable tensión. En su huida, la heroína realiza 'descansos' con un grupo de compañeros, una chica herida que agoniza y un chico al que ha conocido poco antes y que bebe los vientos por ella. Son apuntes de una cierta dramaturgia en un filme que apuesta sin contemplaciones por transmitir al espectador un horror físico sin asideros sentimentales de ningún tipo.

«Mi esperanza es que la película pueda ayudarnos a comprender y a mostrar aún más compasión hacia los que, por un golpe fortuito del destino, quedaron atrapados en el caos cuando el mal se cebó con ellos», expresa el director, que prescinde de la banda sonora y solo se permite el 'True Colors' de Cindy Lauper musitado por la protagonista.