Una lección de cine y vida de Agnès Varda

Agnès Varda en una imagen del documental 'Varda por Agnès'.

La realizadora recoge en un documental una clase magistral impartida poco antes de morir en la que repasa una filmografía libre y con la mirada puesta en la gente de la calle

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Ojalá todos los cineastas tuvieran la fortuna de Agnès Varda, que poco antes de morir el pasado 29 de marzo a los 90 años presentaba en la Berlinale un documental en el que repasaba su carrera en primera persona. Directora cuando las mujeres detrás de la cámara se contaban con los dedos de una mano, Varda debutó en 1955 con 'Le Pointe-Courte', rodada si haber estudiado dirección ni pasado por el meritoriaje. Casi todos los inventos atribuidos a cineastas modernos son formas de mirar la vida que esta pionera que se anticipó a la Nouvelle Vague ya utilizaba hace medio siglo.

'Varda por Agnès' presenta a la directora enfrentada a un auditorio, que escucha con atención el recuento de una filmografía caracterizada por la libertad y la experimentación. La realizadora, nacida en Bélgica pero de nacionalidad francesa, nunca se dejó arrastrar por las modas o la taquilla. En 'Cleo de 5 a 7' (1961), su película más popular, seguía en tiempo real a una mujer que espera el resultado de unas pruebas médicas. Poesía, prosa y ensayo se entremezclan en una filmografía que rompe con las barreras entre el documental y la ficción.

La única vez que transigió fue cuando rodó por encargo 'Las cien y una noches', con motivo de las conmemoraciones del centenario del cine. Pocas veces se han reunido tantas estrellas que rendían pleitesía a Monsieur Cinema (Michel Piccoli): Alain Delon, Harrison Ford, Gérard Depardieu, Catherine Deneuve... La cinta fue un estrepitoso fracaso, admite su autora, y la condenó a no volver a rodar un largometraje convencional. Pero tiene palabras de admiración hacia Robert de Niro, que voló en el Concorde para una sesión en la que se aprendió fonéticamente su diálogo en francés.

Las películas que dedicó a su marido Jacques Demy, el nuevo rumbo que las pequeñas cámaras digitales brindaron a su carrera a partir de 'Los espigadores y la espigadora', sus instalaciones artísticas, juguetonas y optimistas, su colaboración con el fotógrafo J.R., con el que recorrió la Francia proletaria en la maravillosa 'Caras y lugares'... Esta clase magistral demuestra que Varda hizo de su propia vida la materia de su cine. Su mirada siempre estuvo con la gente de la calle, con el tendero de su barrio –'Daguerréotypes', titulada como su calle, Daguerre, en el distrito 14 de París–. «He trabajado para el cine no solo sin dinero, sino también sin ambición por el dinero. Y creo que me siento feliz y orgullosa por eso», se congratulaba.