B.P.M., tienda de música y agitador cultural de Rincón

Sergio Arbizu, dueño de B.P.M. /V.B.
Sergio Arbizu, dueño de B.P.M. / V.B.

El comercio tiene desde mesas de mezclas, tarjetas de sonido a guitarras españolas y ukeleles o una pieza tan especial como un chelo francés de 100 años de antigüedad con un valor de 3.000 euros

VICTORIA BUSTAMANTERincón de la Victoria

La tienda de música B.P.M. situada en calle Córdoba es un agitador cultural de Rincón de la Victoria, su dueño, Sergio Arbizu, lo confiesa: «Antes la gente disimulaba más, ahora viene y me pregunta qué hay el fin de semana en Rincón». Más conocida entre los vecinos como 'la tienda de las guitarras' esconde una amplia variedad de instrumentos musicales, accesorios, elementos de sonido y hasta librería musical.

Sergio Arbizu, su dueño, es un navarro que vino a Málaga con sus padres con tres años, vive en Arroyo de la Miel y se hace 40 kilometros todos los días para equipar al pueblo instrumentalmente. ¿Por qué una tienda de música en Rincón?, «Porque no había, me di cuenta de que aquí había muchísimo potencial, luego comprobé que había aún más y resultó un acierto. Había un nicho de mercado que no estaba cubierto, tenía amigos y conocía el pueblo, luego hice un estudio y a pesar de que lo abrí en plena crisis, 2012, todo eran buenas expectativas y me arriesgué». Y casi siete años después afirma que le salió bien.

Pero uno no monta una tienda de música porque sí, tiene que tocarle la fibra. Arbizu ha trabajado durante muchos años en tiendas de música, un día se quedó parado y se tiró a la piscina. Toca, sobre todo, percusión «desde un pandero irlandés llamado bodhrán, que se toca con una baqueta a congas, bombos o bembés», pero también ha pasado por guitarra, violín o clarinete. Aunque su especialidad a la hora de tocar es la música tradicional irlandesa, por ello pasó allí cinco años de su vida descubriendo instrumentos.

Ahora, en Rincón, dice sentirse muy querido, «una de las cosas que más me gustan es que siguen entrando caras nuevas cada día. Todo el pueblo está pasando por aquí». Sobre los vecinos proclama que «la gente no se puede hacer una idea de la de músicos que hay en la localidad». Además se enorgullece del «sentimiento de estar creando afición, eso es muy bonito. Y va creciendo también gracias a que la tienda está aquí y que los propios intérpretes están tomando conciencia de que no son solo ellos individualmente sino que se está creando una comunidad. Y B.P.M. (Beats Por Minuto) está siendo un poco el epicentro de esa comunidad», proclama.

Entre los que crean esa comunidad afirma que hay un amplio abanico de perfiles, tanto de edad como de estilos. «Y cantera», asegura, poniendo el ejemplo de un jubilado que «llegó hace cuatro años, se llevó una guitarra de 100 euros, y tardó solo un año en llevarse una cinco veces más cara, ahora está dándole vueltas a una aún superior». En cuanto a las tendencias musicales van en muchas direcciones, flamenco, rock o jazz, un género que, garantiza, está creciendo mucho en la zona.

Le preocupa especialmente la cultura musical de los más pequeños «por suerte la música se empieza a considerar algo imprescindible en el desarrollo de los niños, pero todavía existe la creencia de que 250 euros es un precio caro para una guitarra, y no reparamos en que una videoconsola es más cara», sentencia.

Apunta en este sentido que hay una ignorancia en cuanto a los precios, «yo muchas veces ofrezco lo más básico, una guitarra de 100 euros, si no se quiere gastar más y si se investiga, en el mercado hay por sesenta, pero por dignidad profesional yo no la voy a tener en mi tienda», resuelve añadiendo que «el aprendiz puede también desmotivarse si no tiene un buen instrumento».

'La tienda de las guitarras' tiene en realidad un poco de todo, si no físicamente, pero sí en catálogo. Desde mesas de mezclas, tarjetas de sonido, teclados controlador para un home estudios a lo más vendido, la guitarra española y el ukelele o un chelo francés de 100 años de antigüedad con un valor de 3.000 euros.

De momento trata de competir con los gigantes digitales y no se suma a vender online, tiene claro que eso es un trabajo «que no se puede compaginar» y apuesta, por ahora, por el cara a cara con el cliente. Algo que le ha aportado mucho «al cliente al que le vendes durante mucho tiempo, al final, te lo encuentras en un concierto. Yo también soy consumidor y es una satisfacción que, por ejemplo, un cliente me invite a ir a un estudio de grabación o viajar con el grupo en su furgoneta. Esto es un centro social muchas veces, no sé cómo funcionan otras tiendas, pero lo de la música te tiene que tocar la fibra. Si tienes una tienda de música hay que estar un poco loco», resume.

El futuro de la tienda lo ve brillante, «solo podemos crecer» y ese es su sueño, «unos metros cuadrados más y que a simple vista cualquier persona vinculada al mundo de la música o no diga 'aquí hay de todo', porque realmente lo hay».

 

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