Los rescates que conmocionaron al mundo

SUR repasa con sus protagonistas otras misiones casi imposibles de salvamento de niños que movilizaron a especialistas de varios países

17días duró el rescate de los jóvenes atrapados en la cueva./R. C.
17días duró el rescate de los jóvenes atrapados en la cueva. / R. C.
SUSANA ZAMORA y JAVIER GUILLENEA

Durante diez días convivieron con la oscuridad y una incertidumbre desesperante. No sabían si alguien acudiría en su busca, no tenían comida, ni ropa para abrigarse, su única fuente de sustento era el agua que lamían de las paredes. Pero no estaban solos, se tenían los unos a los otros y eso les permitió aguantar. El rescate de los niños de la caverna de Tailandia, el año pasado, es el último caso de una larga lista de rescates que conmocionaron al mundo, como ocurre ahora con el del pequeño Julen en Totalán. SUR repasa con sus protagonistas otras misiones de salvamento de niños casi imposibles y que movilizaron a especialistas de varios países.

«Estar aislado en la oscuridad es terrible, para volverte loco», dice Javier Busselo, un espeleólogo guipuzcoano que ha participado en varias misiones para rescatar a personas atrapadas en cavernas. El 23 de junio de 2018, doce jóvenes de entre 11 y 16 años de edad entraron junto a su entrenador, de 25, en la cueva Tham Luang Nang Non, al norte de Tailandia. Eran miembros del equipo de fútbol Jabalí Salvaje y tenían la intención de vivir una aventura, pero todo se torció cuando comenzó a llover y los accesos a la gruta se inundaron. Los 'jabalíes' quedaron aislados en una isleta por encima del nivel del agua, separados del exterior por un angosto pasadizo de cuatro kilómetros sumergido en buena parte del recorrido. Tenían la luz de sus linternas, pero no podían malgastarla.

Decenas de buceadores de varios países trabajaron por turnos hasta que al fin encontraron a los jóvenes y pudieron llevarles comida. Pero el drama aún no había concluido; era necesario sacarles de ahí y eso no era nada fácil. Después de barajar opciones, se llegó a la conclusión de que lo mejor sería que bucearan hasta la salida a través de estrechas galerías. Eso fue lo que hicieron. O lo que se dijo que hicieron.

Aunque ninguno de ellos sabía bucear, la operación fue un éxito y el 10 de julio el último de los jóvenes pudo ver la luz del sol. Hasta ahora, la versión oficial del rescate fue que todos ellos habían sido sedados para mantenerse serenos pero despiertos mientras eran guiados hasta el exterior por submarinistas experimentados, pero un libro publicado recientemente ofrece una versión distinta. Los jóvenes recibieron más que una sedación. Fueron anestesiados y transportados uno a uno en grandes bolsas.

En 'The cave' (La cueva), el periodista británico Liam Cochrane revela que, a medida que a los chicos les llegaba el turno de salir, un anestesiólogo les suministraba una combinación de tres drogas: xanax, para calmar su ansiedad; ketamina, para dormirlos; y atropina, para reducir la saliva de su boca y eliminar el riesgo de ahogamiento. Una vez dormidos, se les colocó un equipo de buceo con una mascarilla que les cubría todo el rostro. Y, por si en el trayecto alguno se despertaba y trataba de arrancarse las gafas, a todos les esposaron.

No fue sencillo. Uno de los 'jabalíes' comenzó a despertarse en mitad del recorrido y recibió una dosis extra de anestésico. Otro se enganchó con un cable y tuvieron que depositarlo en el fondo de un tramo inundado para cortar el obstáculo. «Básicamente, eran paquetes con asa, como una bolsa de compras», recordó más tarde uno de los buzos. Pese a los contratiempos, todos fueron rescatados. «Esos chavales eran de un equipo de fútbol, se conocían y hablaban entre ellos. Aunque tuvieran frío, estaban juntos», aduce Javier Busselo. Eso les ayudó a soportar tantos días a ciegas en «un medio hostil por la humedad, las bajas temperaturas y el aislamiento».

Él sabe de lo que habla porque también ha sido rescatado. En 2005 sufrió una caída dentro de una cueva y se destrozó el sacro. Tuvo suerte porque estaba acompañado, pero tardaron doce horas en sacarlo al exterior. «No me dieron morfina hasta el final y el dolor era extremo, pero en estos casos el cuerpo tiene defensas, te protege, y una forma de hacerlo es desmayarte». Entre la inconsciencia y el aturdimiento, Javier vio pasar con lentitud «un tiempo que se te eterniza» y que solo se puede sobrellevar con la presencia de alguien al lado. No es el caso de Julen, que no ha tenido a nadie cerca. Allí abajo, «inmovilizado en un pequeño espacio, un niño de dos años no entiende nada de lo que le está pasando, es para volverse loco», se duele Busselo.

1981. Desgracia en Italia Un rescate de imposible final feliz en Frascati
4 días después de caer al pozo, Alfredino fue dado por muerto.
4 días después de caer al pozo, Alfredino fue dado por muerto. / R. C.

Su rescate, como el de Julen, mantuvo en vilo a todo un país. Millones de italianos siguieron a diario la última hora del operativo para sacar de un pozo de 30 centímetros de diámetro y 80 metros de profundidad a Alfredo Rampi. Alfredino, como le apodaban, tenía tan solo seis años y estaba enfermo del corazón cuando el 10 de junio de 1981 tuvo el fatal accidente. Regresaba de dar un paseo con su padre en la ciudad de Frascati, a 20 kilómetros de Roma. El pequeño jugó a adelantarse, pero nunca llegó a casa. Tras una búsqueda desesperada, los efectivos de rescate alertaron de que Alfredino había quedado atascado en un pozo a 36 metros de profundidad. Mientras su madre le hablaba para mantenerlo despierto, un espeleólogo intentó colarse por el agujero para alcanzarlo. No logró recorrer más de dos metros. Ante la imposibilidad de llegar hasta él, los bomberos optaron por perforar una cavidad paralela que conectara con el hueco en el que estaba el menor, la misma opción en la que se trabaja en Málaga. Pero cuando creyeron estar a menos de dos metros del pequeño, se encontraron con que había resbalado 24 metros más abajo y estaba ya a 60 metros.

Por eso, el uso de georradares en rescates puede resultar muy útil para hallar el punto exacto donde se encuentra la víctima. «Es un recurso rápido de movilizar, muy económico y no intrusivo», apunta Roberto Fabregad, director de Geodetección en Geozone Asesores. Sin embargo, cuenta con un «hándicap», advierte, y es la profundidad. «Aquí, la técnica cojea un poco», asegura. Los georradares detectan las diferencias de la constante dieléctrica (cualidades físicas y químicas) del terreno. Hay muchos factores que influyen en su éxito pero, sobre todo, el entorno. Si el cuerpo de Julen estuviera rodeado de un espacio homogéneo, sería detectado con más facilidad, pero está a más de 100 metros y puede haber varias capas litográficas desde la superficie que crean distorsiones», explica el experto.

En el caso de Alfredino, se luchó durante más de 70 horas por liberarlo con vida, pero resultó inútil. Cuando llegaron hasta él, el niño aún respiraba y pedía a su madre que lo sacara de allí. Pero no resistió. Cuatro días después de caer al pozo, se le consideró oficialmente muerto. El magistrado a cargo del caso ordenó verter nitrógeno líquido para conservar el cuerpo del pequeño. Sus restos mortales no fueron rescatados hasta un mes después.

1987. Accidente en Texas Un milagro seguido al segundo en la televisión
58 horas estuvo esta bebé de 18 meses en un pozo.
58 horas estuvo esta bebé de 18 meses en un pozo. / R. C.

Jessica McClure tenía solo 18 meses cuando cayó accidentalmente a un pozo de agua abandonado, donde permaneció 58 horas sin comer ni beber hasta que pudo ser rescatada con vida. Jugaba con otros niños en el patio trasero de la casa de su tía, en el número 3.309 de la calle Dr. Tanner, en Midland (Texas), cuando la pequeña se esfumó. Era el 14 de octubre de 1987. En un despiste de su madre (Reba, de 17 años), que acudió a atender una breve llamada de teléfono, la niña tropezó y fue a caer a un agujero de 20 centímetros de diámetro y nueve metros de profundidad. Su progenitora se separó de ella apenas unos segundos, suficientes para que se produjera la fatalidad. Cuando el cuerpo se detuvo, estaba a siete metros de la superficie. Policía y bomberos pensaron que sacarla de aquel hoyo sería pan comido. Se equivocaron.

En las tareas de rescate, en las que participaron 25 técnicos, tuvieron que usar equipos de perforación, propios de las exploraciones petrolíferas, debido a la presencia de rocas de extrema dureza en el trayecto del pozo construido en paralelo al foso donde estaba la niña. El túnel lateral para conectar ambas oquedades fue completado cuando Jessica llevaba 45 horas atrapada. El elegido para llegar hasta Jessica fue Robert O'Donnell, un paramédico del departamento de Bomberos de Midland. Tardó unos 20 minutos en sacar a la bebé, algo deshidratada y con gangrena en un pie. Pero Jessica sobrevivió.

El milagro de su rescate fue televisado segundo a segundo por la entonces joven cadena CNN y fue para ella el gran espaldarazo que coronaría tiempo después con la Guerra del Golfo. El interés que despertó este caso fue máximo, tal y como ha sido el de Julen. «Cuando el evento traumático afecta a menores, el impacto social siempre es mayor. De alguna forma, podemos ver reflejados a nuestros hijos o menores más allegados en esas víctimas y el miedo a que puedan verse en peligro aumenta», explica Jesús Miranda, doctor en Psicología y director de la Cátedra de Seguridad, Emergencias y Catástrofes de la Universidad de Málaga (UMA). Para este experto, es necesaria la buena gestión informativa, tanto en casos de desastres naturales porque la seguridad de la población depende de esa «adecuada comunicación», como en otros donde no corre peligro. «Aquí es importante valorar la información y evitar palabras o imágenes que disparen la imaginación».

1985. Volcán en Colombia «No había medios para tanto desastre»
3 agónicos días permaneció la niña entre cadáveres y rocas.
3 agónicos días permaneció la niña entre cadáveres y rocas. / Frank Fournier/World Press Photo

El Nevado del Ruiz llevaba meses avisando, pero su actividad volcánica se ignoró. Hasta que el 'León Dormido', como le llamaban, despertó tras 140 años de letargo y rugió con furia. La erupción del 13 de noviembre de 1985 vomitó 35 millones de toneladas de materiales y fundió las nieves perpetuas de este gigante colombiano de 5.400 metros. Los desbocados ríos de lava, agua y hielo arrasaron todo lo que encontraron a su paso. Incluidas las poblaciones cercanas, entre ellas Armero, que desapareció literalmente del mapa. Tres días después, cuando los especialistas comprobaron la imposibilidad de rescatar los más de 22.000 cadáveres sepultados, declararon la ciudad «cementerio». En ella yace hoy Omayra Sánchez, la pequeña de 13 años que durante tres días resistió a aquella tragedia hiperbólica antes de que sus ojos, penetrantes y casi sin pupilas de tan enrojecidos, y su voz serena, balbuceante a apenas un centímetro del agua, se apagaran para siempre. «Toco con los pies la cabeza de mi tía»; «yo quiero que ayuden a mi mamá, porque ella se va a quedar solita», fueron algunas de las escalofriantes declaraciones que hizo a los periodistas que la acompañaron hasta su último suspiro.

Fue la muerte en vivo, 72 horas de agonía, con su frágil cuerpo atrapado entre fango, cadáveres y rocas, retransmitida en directo ante la impotente mirada del mundo. Todavía hoy, 33 años después, sobrevuela la misma pregunta: «¿No se pudo hacer más por rescatarla?» El reportero de TVE Evaristo Canete no la vio morir, pero estuvo con ella el tiempo suficiente para saber que no saldría de allí. «Estaba convencida de que lo conseguirían y nos daba fuerzas para que la ayudásemos», relata el veterano periodista, conmovido por la impotencia y la rabia que experimentó entonces. «Te sientes inútil y piensas que esta vida es una auténtica mierda». Las conmovedoras imágenes que grabó dieron la vuelta al mundo. Canete sabía de la «dureza» de aquel material y era consciente del riesgo de que lo acusaran de «carroñero». Aclara que antes de continuar con su trabajo hizo todo lo que estaba en su mano para salvarla: «Busqué al ejército; hablé con un médico de la posibilidad de que le amputara las piernas para así poder sacarla; de achicar agua, pero todo fue inútil.

No había medios para tanto desastre. Quizá, si el drama de Omayra hubiera sido un caso aislado...», advierte este profesional que hoy, asegura, duerme «con la conciencia tranquila».

2017. Terremoto en México La escuela Rébsamen, el símbolo de la tragedia
2 días resistieron los menores bajo los escombros tras el terremoto.
2 días resistieron los menores bajo los escombros tras el terremoto. / Reuters

El medio centenar de niños de entre 7 y 13 años que quedaron sepultados bajo los escombros de la escuela Enrique Rébsamen, en Coapan (al sur de la capital de México), se convirtieron el 19 de septiembre de 2017 en la dramática imagen de un país que en menos de un mes fue golpeado por dos terremotos. Los menores corrieron hacia la calle alertados por sus profesores, pero el poder destructivo del seísmo (7.1 grados en la escala de Richter) fue más rápido que ellos. El colegio se vino abajo y el balance fue desolador: 32 niños murieron y una veintena tuvieron que ser rescatados. Once salvaron finalmente la vida. Durante las labores de salvamento en la zona, las escenas de trabajo frenético quedaban momentáneamente congeladas al gesto del puño en alto de la Policía. «Silencio, por favor. No caminen, no respiren, intentamos escuchar voces». Cientos de soldados, bomberos y voluntarios se aferraban a esos escombros en busca del menor signo de vida. Como en otros desastres, este centro educativo se convirtió en todo un símbolo de la desgracia. México mantuvo contenida su respiración hasta que las autoridades dieron por terminadas las labores de búsqueda. Pero hasta que llega ese momento, la presión que sufren los equipos de salvamento es máxima. «Si, además, hay niños, el rescate se vive con mucho más estrés», precisa Antonio Nogales, presidente de Bomberos Unidos Sin Fronteras. «En ocasiones sentimos una gran impotencia, porque las maniobras hasta alcanzar a la víctima llevan su tiempo y eso genera aún más ansiedad. Sin embargo, toda esa presión mediática y social que suele rodear a este tipo de situaciones nunca podrá ser comparable con la que nos imponemos nosotros mismos y que debemos saber controlar para que no nos lleve a tomar decisiones erróneas», explica Nogales.

Aunque este profesional, con dilatada experiencia en labores de salvamento, reconoce que deben estar preparados para improvisar, «porque cada situación es distinta», el caso del pequeño Julen «escapa a todo», asegura. «En España no hemos conocido nunca nada igual. 100 metros de profundidad es el equivalente a una altura de 30 pisos; eso es una auténtica barbaridad». Lo que su experiencia sí le dice es que solo «blindándonos mentalmente a la realidad, inhibiéndonos de quién es la persona que está atrapada y centrándonos en los procedimientos se puede conseguir ser efectivos», aclara el presidente de Bomberos Unidos Sin Fronteras.

 

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