La esquina del paraíso

En Maro aún se conservan playas en estado natural. /
En Maro aún se conservan playas en estado natural.

Las playas de Maro son un paraje natural, sin ruido, sin paseo marítimo, sin la aberrante matanza inmobiliaria

MIGUEL A. OESTEMÁLAGA

En Maro parece que el tiempo está detenido. Uno camina por esta pequeña localidad de origen romano, que se dedicó al comercio y en la actualidad depende del municipio de Nerja, como si fuese una de esas ciudades dormidas del oeste. Al menos a las tres de la tarde, en pleno verano, con un calor pegajoso y el aire apenas respirable. Pero la sensación dura poco, sólo hay que perderse entre sus playas salvajes y acantilados donde el fresco y la tranquilidad te transportan a una esquina del paraíso. Toda la zona es un paraje natural, playas aisladas, sin paseo marítimo, sin la aberrante matanza inmobiliaria, sin ruido, excepto el de los coches que circulan en intervalos prolongados y el de los insectos, los pájaros, el viento que llega a rachas, el murmullo del mar que asciende hasta la carretera igual que un niño que ha hecho una travesura Aparco en un lateral de tierra de la carretera, junto a otros coches, y bajo por una pendiente empinada con zapatillas de deporte para acceder a Calas del Pino; las chanclas no resultan recomendables si no quieres llevarte un susto por un resbalón o incluso algo peor. Es un día de semana y casi no hay gente. El silencio es brutal. Un silencio que susurra. Incluso uno duda de que esté en una playa de la Costa del Sol en la que son frecuentes las voces chillonas de los veraneantes creando una mezcla variopinta de sonidos y conversaciones que se captan sin pudor. Hay otras playas más conocidas y concurridas como las del Cañuelo donde sí hay duchas, merenderos y hay un autobús que cada diez minutos te lleva a la playa.

Aquí, en Calas del Pino, la mayoría son parejas, un grupo de mujeres y a la derecha de la playa, antes de pasar a la otra cala, cuatro o cinco personas que hacen nudismo. No hay chiringuitos ni ningún local comercial. No hay hamacas ni ningún signo de explotación. La única construcción es una vieja torre vigía que parece puesta ahí para vigilar nuestros pecados. Es una playa salvaje, tropical, de chillos y grava, que parece el lugar ideal para practicar meditación. Los veraneantes se llevan su comida: bocadillos, patatas fritas, fruta, agua. Una pareja está absorta en la lectura de sus libros. Otra descansa bajo la sombrilla y la que come un bocadillo envuelto en papel de aluminio es visitada por unas abejas que revolotean durante unos segundos hasta que se aburren y se pierden. El grupo de amigas juega a las cartas mientras hablan de otro tema. En el mar sólo hay dos personas, una se hace el muerto, su cuerpo sube y baja por las pequeñas ondas que mueren en la orilla. Por el horizonte un barco navega con calma, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Y es que en este sitio la sensación temporal cambia, el acelerado ritmo diario se atenúa, bajan las revoluciones, es una playa relajante, un refugio frente a la pesada realidad, donde las imágenes empiezan a pasar lentamente. Entrada la tarde me traslado a la playa de las Alberquillas, más conocida, más espaciosa, donde los nudistas conviven con el resto de veraneantes con normalidad y que el año pasado sirvió de escenario para un videoclip de Manolo Sanlúcar y José Mercé. La longitud y la anchura de la playa es mayor y hay algunas personas que caminan por la orilla. Se percibe una sensación despreocupada e inconquistable, como si estuviésemos en el último peldaño del paraíso, como si verdaderamente uno pudiera dejar aparcados los problemas, como si lo que pasará fuera de estos acantilados cobrara de repente menos relevancia. «No hace falta irte a una playa tropical teniendo esto aquí. Además, si uno quiere desconectar por completo, luego puedes ir a Frigiliana o a Nerja a cenar y de paso a pasar la noche», dice Ana; mientras Joaquín, catalán, que lleva veinte años en Málaga, añade: «Merece la pena coger el coche y venir aquí. Ni punto de comparación con las playas de la ciudad».

Una hora después me acerco a la playa del Molino de Papel, que debe su nombre a una antigua fábrica de papel que mandó construir Carlos III en 1799. El edificio aún se mantiene en el barranco y está habitado. La playa es más amplia y arenosa, aunque tampoco hay apenas gente. Las olas han subido y un perro juega con sus dueños en la orilla; el perro no se atreve a entrar al mar mientras su dueño lo alienta antes de salir corriendo para tirarse por encima de una ola. En esta playa desemboca el Río de la Miel y el Arroyo de los Colmenarejos. Junto al cauce del río se mantiene desafiante los restos de la Torre del Río de la Miel. El sol empieza a esconderse. Sólo permanece en la playa la pareja joven del perro, que ahora ladra, como si no quisiera que el día terminase. El chico y la chica están sentados en la orilla, abrazados, igual que una estampa tantas veces vista y vivida en la juventud. El agua cristalina de este reino bello y afortunado que serpentea por la costa ajeno al progreso, a ese invento que en ocasiones lo transforma todo no necesariamente para bien. Por lo menos las playas y acantilados de Maro fascinan, reconfortan, simbolizan el triunfo de la naturaleza frente al hombre.