DATOS IMPRESCINDIBLES

El enemigo del mundo
Osama Bin Laden moviliza a musulmanes suicidas, pese a que no es un religioso ni puede dictar 'fatwas'. El terrorista millonario encontró el respaldo de la CIA para reclutar a miles de extremistas islámicos en la lucha contra los soviéticos en Afganistán

J. MUÑOZ

Quienes le conocieron en Afganistán aseguran que Osama Bin Laden es un hombre fácilmente impresionable, necesitado de mentores. El ascendiente de este terrorista entre los radicales islámicos no puede separarse de los carteles de recompensa difundidos por los noticiarios norteamericanos, porque, cuando estudiaba ingeniería y recibía enseñanzas religiosas en la Universidad saudí de Yedda, no parecía destinado a acaudillar una batalla contra Estados Unidos desde Afganistán ni a sepultar las últimas leyes de la guerra en Manhattan.

Bin Laden -se busca, 44 años, 1,95 de estatura, barba abundante- dicta 'fatwas' contra Estados Unidos que movilizan a suicidas musulmanes, aunque ni puede emitirlas, ni el Corán acepta la inmolación. No es un estudioso islámico y sus prédicas no tienen base moral; es un nuevo tipo de enemigo para Estados Unidos, pero también una consecuencia indeseada de la decisión adoptada en 1986 por el entonces director de la CIA, William Casey, quien respaldó una leva mundial de musulmanes radicales para luchar contra los soviéticos en Afganistán. Adiestrados por paquistaníes y armados por la CIA, unos 100.000 guerrilleros de todo el mundo -desde África a Extremo Oriente- se entrenaron y estudiaron en campamentos fronterizos que flotaban sobre la marea del tráfico de armas y drogas.

El hombre acusado de destruir las 'Torres Gemelas' encabezó allí el contingente de voluntarios de Arabia Saudí y trabó relaciones con todas las recetas posibles del radicalismo islámico -Hezbollá, Hamás, Frente Islámico de Sudán, argelinos, egipcios, kenianos-. Pero hasta entonces sólo era uno de los 54 hijos de Mohamed Bin Laden, un constructor multimillonario que amasó su fortuna a la sombra de la casa real.

Albañiles de Yemen
Procedente de una familia de antiguos albañiles del sur de Yemen, el empresario se granjeó el afecto del rey Faisal construyendo palacios y explotó la concesión del mantenimiento y ampliación de la Gran Mezquita de la Meca. Según recuerda Gilles Kepel en 'La Yihad', la extensa prole del constructor se relacionó desde la infancia con los príncipes saudíes, mientras él procuraba codearse con personalidades religiosas para edulcorar su «origen plebeyo y yemenita».

Bin Laden se relacionó desde pequeño con los príncipes saudíes
En este ambiente, recuerda el periodista Ahmed Rashid, como tranquilo y devoto hijo de un millonario, Osama Bin Laden no despertó grandes expectativas hasta que viajó por vez primera a Afganistán, en 1980, donde se consagró a reclutar voluntarios, canalizar donaciones y proporcionar técnicos y maquinaria. En 1986 colaboró en la construcción del túnel de Khost, excavado bajo las montañas cercanas a la frontera afgana y dotado de instalaciones de entrenamiento, depósito de armas y centro médico. La CIA pagó todo aquello, y Bin Laden instaló en la zona su primer campo propio. Dos años más tarde elaboró un fichero informático con todos los voluntarios que pasaban por los campos. Fue bautizado como 'Al Qaida' (La base), denominación que extendió a su emergente organización de guerrilleros.

Los campamentos de Bin Laden en Afganistán acogieron a miles de extremistas. El caudillo no les olvidó al regresar a Arabia Saudí en 1990. Creó una institución para prestar asistencia a sus seguidores en La Meca y Medina y, cuando estalló la guerra del Golfo, propuso al rey Fahd que les alistara contra Irak. Sin embargo, la invitación de éste al Ejército estadounidense y el establecimiento de tropas aliadas en la península arábiga hizo brotar un nuevo Satán ante sus ojos.

El antiguo amigo de la familia real se transformó en su feroz adversario y en 1992 se marchó a Sudán, en plena revolución islámica, rodeado de un séquito de miles de ex-guerrilleros afganos. Bin Laden financió obras públicas, convirtiéndose en una referencia de todas las fuerzas antisaudíes y de los descontentos por el triunfo aliado en la Guerra del Golfo.

Enseguida ascendió peldaños hacia el olimpo del radicalismo islámico. Sus 'afganos' se enfrentaron en Somalia a las tropas norteamericanas en 1993, con un saldo de 18 soldados muertos. Tres años más tarde, un atentado contra una base militar en Arabia saudí se cobró la vida de 19 militares estadounidenses. Para entonces, la presión de Washington había provocado que Sudán instará a Bin Laden a irse.

En la guerra afgana trabó contacto con el radicalismo islámico
Retornó a Afganistán en un vuelo chárter, con sus tres esposas -hoy tiene cuatro-, sus 13 hijos, muchos parientes y una nube de guardaespaldas. Lo primero que hizo fue declarar la guerra a Estados Unidos. El presidente Clinton aprobó una ley para bloquear el acceso a su fortuna, y el Departamento de Estado le declaró 'banquero' del extremismo islámico, con una red de campos que abarcaba no sólo Afganistán, sino Sudán, Egipto, Yemen y Somalia, así como conexiones en Cachemira.

Sin embargo, Bin Laden se arrebujó en el refugio de los talibanes, apoyándose en el intrincado juego de alianzas de la región. En 1998, todos los grupos vinculados a la red 'Al Qaida' difundieron una 'fatwa' en la que consideraban un deber matar a cualquier estadounidense. El lugar elegido fue la base de Khost, que sería bombardeada después de los atentados contra las embajadas de Kenia y Tanzania. Desde entonces, Washington inició la caza universal de un hombre con miles de leales, que soñó con golpearle incluso con armas químicas. Y sin más ideología real que el horror televisado.

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