Obama y el acuerdo de alto riesgo con Irán

El compromiso con el régimen de Teherán arranca con dudas, pero su éxito puede provocar un vuelco en Oriente Próximo

MIGUEL SALVATIERRAMADRID
Mesa de negociación en Ginebra. / Afp/
Mesa de negociación en Ginebra. / Afp

El acuerdo nuclear provisional entre Irán y las seis grandes potencias (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) suscita grandes dudas y sospechas, tanto a causa de un posible incumplimiento por parte de Teherán como por la desconfianza y la obstrucción del Congreso estadounidense. Por el contrario, su éxito podría suponer un vuelco geoestratégico en Oriente Próximo.

El presidente Barack Obama se encuentra en un momento muy delicado no solo en asuntos domésticos. En política exterior y de seguridad, después de un primer mandato con más frustraciones que logros, los problemas no dejan de crecer en el primer año de este segundo y último periodo. La tozudez de los hechos ha complicado mucho que las entusiastas promesas electorales del primer presidente negro de EE UU se hicieran realidad. Obama accedía a la Casa Blanca como impulsor de una política exterior y de seguridad antagónica a la de Bush. En el programa figuraba restaurar la imagen internacional de EE UU, con especial atención al mundo musulmán, acabar con la guerra de Irak, encauzar la de Afganistán, desmontar la prisión de Guantánamo, rehacer las relaciones con Rusia y trabajar por un mundo sin armas nucleares. Para alcanzar esos objetivos, la Casa Blanca apostaba por un cambio de estrategia en el que se rebajaba el tono hegemónico de superpotencia y se aparcaba la amenaza de la guerra en beneficio de las opciones diplomáticas como vía de resolución de conflictos. Como dijo Obama en su discurso inaugural: se tendería la mano a los enemigos si aflojaban los puños. La nueva Administración quería una política exterior más multilateral, con más participación de países aliados y organismos internacionales. Casi cinco años después los resultados no han sido precisamente los esperados.

Los republicanos más críticos con el presidente le acusan de contribuir al declive de EE UU y de fomentar una imagen de debilidad. Le achacan no implicarse en conflictos internacionales y alejarse de los aliados tradicionales como Israel o Arabia Saudí y de acercarse a enemigos y competidores como Irán o China. Muchos de sus partidarios tampoco están muy satisfechos con el mantenimiento de Guantánamo, el uso bélico de los drones y el espionaje masivo de las telecomunicaciones y redes por la NSA.

Sin embargo, en los logros de Obama figuran la muerte de Osama bin Laden y el debilitamiento de Al Qaida, así como la retirada de Irak y la prevista de Afganistán que se completará a finales de 2014. También ha conseguido ratificar el nuevo Tratado Start con Rusia e impulsar las difíciles relaciones con China. En este saldo positivo habría que apuntar también que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobara la imposición de duras sanciones a Irán.

Han sido precisamente las duras sanciones económicas, junto al cambio en la presidencia de Irán con la llegada del moderado Hasán Rohani, las claves que han abierto la vía del acuerdo con Teherán sobre su programa nuclear. La distensión con Irán daría un vuelco al juego de equilibrios en Oriente Próximo. Tras verse sorprendido y no saber cómo responder al fenómeno de las primaveras, verse arrastrado a regañadientes al conflicto libio y optar por no intervenir en Siria, un acuerdo definitivo con Irán brindaría a Obama un incuestionable triunfo político, además de alejar el riesgo de un conflicto bélico de consecuencias terribles para toda la región.

Un Irán sin el peso de las sanciones y sin la obsesión del enemigo exterior podría dar lugar a un gobierno menos crispado y más receptivo a una apertura. De conjurarse el peligro de proliferación nuclear, Israel dejaría de sentir la amenaza existencial atómica y podría centrarse más en el colapsado diálogo con los palestinos. La región, en definitiva, sería menos explosiva sin una potencia nuclear más. Para que esto ocurra es necesario que el régimen iraní cumpla con sus compromisos y muestre con claridad que no es una táctica para ganar tiempo. En el campo occidental, el Congreso estadounidense deberá desistir de adoptar nuevas sanciones y de levantar las que se encuentran en vigor. Una ardua tarea en la que Obama no tiene el éxito asegurado.