PP y Cs diseñan en Andalucía una alianza extrapolable a otros gobiernos

Albert Rivera, flanqueado por su número dos, José Manuel Villegas, y Juan Marín, este viernes en el Parlamento. /Julio Muñoz. EFE
Albert Rivera, flanqueado por su número dos, José Manuel Villegas, y Juan Marín, este viernes en el Parlamento. / Julio Muñoz. EFE
Maria Dolores Tortosa
MARIA DOLORES TORTOSA

Tanto Pablo Casado como Albert Rivera han dejado claro que la alianza que negocian para gobernar juntos en Andalucía es solo el comienzo de una carrera para echar de la Moncloa a Pedro Sánchez. El líder de Ciudadanos lo explicó con estas palabras en un desayuno coloquio este pasado viernes en Sevilla organizado por la Cadena Ser: «Lo de Andalucía es una declaración de intenciones. Vamos a gobernar donde haya posibilidad de cambio». La meta final es la Moncloa y las metas volantes, las próximas autonómicas y municipales de mayo. «Hay que derrotar a Sánchez», expresó con el argumento que tantos votos ha dado en las andaluzas a los liberales, la cuestión catalana y el que el socialista Pedro Sánchez accediera a la Moncloa con el voto de los independentistas y nacionalistas que han quebrado la convivencia democrática.

Esa declaración de intenciones estuvo latente toda la campaña de las andaluzas, la más en clave nacional que se recuerda en esta comunidad; por lo que no cabe el rasgarse las vestiduras. También estuvo latente la rivalidad de los dos partidos llamados de centro derecha, sobre todo de sus presidentes, Casado y Rivera, para liderar la cruzada del 'cambio' y ser el próximo inquilino de la Moncloa. Ninguno ganó las elecciones andaluzas y el resultado, aunque el PP supere en votos y escaños a Cs (26 y 21, respectivamente), puede considerarse de empate técnico. La pugna no ha quedado resuelta, lo que implica que de forma soterrada seguirá pinchando en próximas citas electorales. La «voluntad clarísima» en Andalucía de unirse para hacer historia y desalojar al PSOE de la Junta obliga a la tregua. Y no solo por este objetivo. Rivera dejó claro que Andalucía es algo más, el campo de exploración de una alianza extrapolable a otros gobiernos. Por ello, si algo han remarcado PP y Cs es que por mucho que se miren con desconfianza, van a pactar sí o sí para gobernar la Junta. No se contempla otra posibilidad y más vale que el PSOE asuma esta realidad, aconsejó Rivera en Sevilla. «Susana Díaz va a ir a la oposición», enfatizó.

Los recelos de Cs para asumir que sin Vox no es posible el cambio, primer escollo de la negociación

No todo es tan simple y también Ciudadanos y Rivera deben asumir la suya: El gobierno no es posible sin los votos de Vox, el partido que ha venido para quedarse, según los expertos. Y aquí la formación liberal entra en vértigo porque Andalucía también será su estreno como gobernante. Si lo hace con los ultra denostados por otros liberales europeos, será difícil desligarse de ellos en otras elecciones.

Mientras para Cs la irrupción de Vox es un clavo ardiendo, para el PP es una oportunidad. No hay ese vértigo y no tanto porque Pablo Casado y Santiago Abascal fueran amigos de juventud y pupilos de José María Aznar y por ello Vox le vaya a regalar la investidura; sino por puro pragmatismo. Si en algo han coincidido PP y PSOE es en la ductilidad de su metal político para fundirse con otros a la hora de gobernar: Aznar pactó con el nacionalismo catalán de Jordi Pujol y Pascual Maragall con Esquerra Republicana. En Andalucía, en apenas meses, el PSOE pasó de gobernar con los comunistas a hacerlo con los liberales de Ciudadanos. Juanma Moreno viene de esa escuela pragmática y desde el primer minuto tras el recuento de las urnas se vio presidente con los votos de Vox pese a su pésimo resultado electoral. Sin Vox, no suma con Cs más que PSOE y Adelante.

Quizás el traje de presidente que lleva puesto desde esa noche le confiere a Moreno el gesto honesto de no andarse por las ramas y admitir que su investidura no es posible sin los votos de Vox. Por ello se apresuró a tomarse un café con Francisco Serrano tras constatar que el acuerdo con los naranjas estaba encarrilado, pero que Vox podría dificultarlo por su exigencia de estar presente en la Mesa del Parlamento y en participar en las conversaciones para la investidura.

Que Vox va a votar la salida del PSOE de la Junta parece evidente, pero nadie en política da algo a cambio de nada. La no asunción de esta realidad se ha convertido en el principal escollo en las negociaciones de PP y Cs para el cambio en Andalucía. Vox no quiere entrar en la Junta, pero reclamará cuantos privilegios pueda del reparto de puestos en el Parlamento, con sus buenos salarios, a los que tiene derecho como cualquier otro grupo elegido por las urnas. Un reparto que va desde un puesto en la Mesa a presidencias de comisiones o representantes en órganos de extracción parlamentaria como, por ejemplo, el consejo de administración de la RTVA. Otra cosa es que ello contradiga su ideario, en el que defiende la supresión de las autonomías y el cierre de Canal Sur. El derecho a pedirlo, lo tiene, pero su logro dependerá de las cesiones de otros partidos. El PP lo tiene claro y está dispuesto a «escucharlo».

¿Qué pasa con Cs? Si Moreno está en la nube presidencial, Marín y Rivera quieren seguir durmiendo el sueño de los justos. Se niegan a concederle un papel a Vox en las negociaciones porque la imagen de Cs en las autonómicas y europeas se vería perjudicada. Sobre todo cuando en días no lejanos aparezca la foto de Santiago Abascal con Marie Le Pen y otros ultras europeos en su propia alianza cara a Estrasburgo. Por ello Rivera, con su empatía y carismático gancho dialéctico, ha lanzado una propuesta en apariencia razonable, pero intencionadamente ingenua. Apela al socialismo moderado y españolista de Susana Díaz para que, primero asuma que se tiene que ir a la oposición pese a ser la más votada y luego, además de apaleada, se abstenga en la investidura por el nexo común de querer la estabilidad política en Andalucía y aislar a los ultras. Ni él se lo cree.

En su estrategia, Rivera ha situado a Podemos y a Vox con la misma etiqueta de populistas y no constitucionalistas. Y en su cuenta soñada, suma 47 de PP y Cs y 33 del PSOE. Por lo tanto, con legitimidad para pedir que gobierne la candidatura con más escaños. Una réplica a la otra cuenta de ensueño de Susana Díaz al excluir a Vox y sumar 50 (PSOE y Adelante) frente a los 47 de PP y Cs para arrogarse su derecho a ser presidenta con la abstención de los naranjas.

Sería largo analizar las diferencias entre Vox y Adelante Andalucía al menos en relación con la autonomía andaluza, cuyo gobierno es lo que toca ahora dirimir y no el Gobierno de España. Solo recordar que en Adelante está con gran influencia Izquierda Unida y que el actual Estatuto de Autonomía, cuya eliminación pide Vox, es fruto de un texto consensuado por PSOE, PP y la formación de Antonio Maíllo.

Ante lo imposible de seguir en el sueño de los justos, Ciudadanos ha reproducido en política el juego del amigo invisible. Ya saben, ese tan común estos días prenavideños en el que un amigo te regala algo sin que tu sepas quién es. (Aunque luego si te gusta el regalo, lo acabas sabiendo). De esta guisa, Juan Marín se empeña en que una vez cerrado el acuerdo PP-Cs, se vaya a la investidura sin nada amarrado con Vox. Los naranjas están convencidos de que los de la reconquista los van a apoyar solo por la oportunidad histórica de echar al PSOE, aunque sea en segunda o tercera votación. Y como el voto es secreto, voilà!, ¿Quién me ha votado? ¿Vox? ¡Yo no se lo he pedido! Como Sánchez con los independentistas.

PP y Cs saben que para ir a la investidura, primero deben controlar la Mesa del Parlamento, para lo que también necesitan a Vox. Si no, se pueden llevar la sorpresa de un presidente del PSOE, lo que daría la primera oportunidad de investidura a Susana Díaz e incluso forzar el ir a unas segundas elecciones, como pasó en las generales de 2015. ¿Recuerdan? Sánchez y Rivera pactaron un gobierno, pero la investidura no prosperó porque Podemos se rajó al vislumbrar el sorpasso al PSOE.

El PP no se fía del juego del amigo invisible y va asumir en solitario la negociación con Vox. Por eso Juanma Moreno se va a tomar más de un café con el juez Francisco Serrano. Y los que haga falta.