No hay debate sobre sanidad
Mirada periférica ·
La controversia sobre uno de los principales problemas que tiene Andalucía no parece enfocada en encontrar soluciones, sólo mira a la próxima cita electoralEl presidente de la Junta se enfrenta a una sesión de control y la escena se desarrolla más o menos en los siguientes términos. El ... primero de los portavoces acusa a la Junta de no haber explicado exactamente qué ha pasado con los cribados del cáncer de mama ni de haber informado cuántas son las mujeres afectadas.
En su respuesta, el presidente repite la cifra que la Junta viene ofreciendo desde hace unos días: las mujeres afectadas son 2.317. Cuando llega el turno de los siguientes portavoces, se vuelve a repetir el argumento. Se acusa a la Junta no haber informado de cuántas son las mujeres afectadas. No es que se cuestione la cifra o que se ofrezca una cifra alternativa, es que se elige no escuchar lo que el presidente ha respondido.
La conclusión es que el estado de la sanidad puede ser preocupante, pero la posibilidad de que del diálogo parlamentario se llegue a un camino para resolver los problemas es nula.
Y no es porque no haya cuestiones estructurales que obligarían necesariamente a pensar cómo hacer para preservar un servicio público que aún mantiene a España y a Andalucía en pie de igualdad, si no por delante, con los países con mayor desarrollo humano del planeta.
Seguramente existen en la sanidad muchísimos problemas que se podrían solucionar con mejor gestión. El grave problema que se suscitó en el programa de cribados del cáncer de mama es la mejor prueba de ello. Pero eso no puede esconder que hay cuestiones que no son de gestión, sino estructurales, a las que sólo se les podrá encontrar respuesta a partir de un diagnóstico alcanzado tras un debate sereno alejado de cálculos oportunistas.
El argumento de la privatización parece inspirado en un preconcepto ideológico bastante elemental
La pirámide demográfica se ha invertido, la población está envejecida y demanda más servicios sanitarios que hace cuarenta años. De las facultades de medicina salen menos médicos de los necesarios y ni siquiera hay profesionales suficientes para reemplazar a quienes se jubilarán en los próximos años. Los tratamientos son más caros y sofisticados y la cartera de servicios se amplía porque la demanda también crece.
No son temas menores y a ellos se suma uno que no debería subestimarse. La crueldad forma parte esencial de una opción ideológica que cada día se expresa con mayor vigor y desvergüenza en todo el planeta, por lo que a nadie debería sorprender que la opinión de que habría que plantearse dejar desatendidos a los más desamparados, ya sea por cuestiones de nacimiento o porque aportan al sistema menos de lo que reciben, empezará a escucharse cada vez más como una posible opción para hacer frente al gigantesco desafío al que se enfrenta la sanidad. Eso también supone una amenaza latente contra el sistema de salud tal y como lo conocemos.
Todas estas cuestiones están encima de la mesa para cualquiera que quiera verlas, pero la experiencia andaluza demuestra que la sanidad, lejos de estar a salvo de la política del regate corto, no es más que una herramienta más de la pugna electoral. Por eso, a lo que asistimos ahora no es a un debate sobre política sanitaria, ni mucho menos a la confrontación entre diferentes modelos de la misma, sino a una batalla por cómo utilizar este asunto electoralmente.
El argumento que utiliza todo el arco de la izquierda es que en Andalucía se está privatizando la sanidad. A esa supuesta situación se atribuyen todos los males, desde las listas de espera hasta el problema de los cribados. No hay cifras que avalen mínimamente la tesis.
Privatización y concertación
Para empezar, llama la atención que se confunda el concepto de privatización (que supondría acabar con la gratuidad y universalidad de la sanidad) con el de concertación (que supone que algunos servicios los preste el sector privado, aunque siguen siendo gratuitos ya que la administración paga por ellos). Pero es que ni siquiera puede acusarse a la Junta de estar aumentando los conciertos, que además no son nuevos porque comenzaron en la época socialista. Cada año pierden peso en los presupuestos sanitarios hasta caer actualmente al 3,4 por ciento del total.
El argumento parece más bien inspirado en un preconcepto ideológico bastante elemental que podría resumirse de la siguiente manera: la derecha privatiza, el PP es de derechas, la sanidad tiene problemas, la causa de los problemas de la sanidad se derivan de que el PP está privatizando la sanidad, los problemas de la sanidad quedarán solucionados en el momento en el que la izquierda gane al PP unas elecciones. Parece sencillo.
Por eso, no sorprendió que el argumento de la privatización haya sido el principal que utilizó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando el miércoles pasado se erigió en el líder de la oposición en Andalucía en una intervención en el Congreso de los Diputados que fue un catálogo de medias verdades y mentiras descaradas que bien podría considerarse paradigma de una forma bastante extendida de hacer política.
No está claro que esa irrupción del presidente del Gobierno en la política andaluza haya sido una buena jugada. En primer lugar, porque puso en evidencia que la candidata y secretaria general del PSOE-A está prácticamente desaparecida del debate sobre la sanidad en Andalucía, una decisión que en la Junta leen como una aceptación implícita de que su pasado como consejera en la época de los mayores recortes es una mochila difícil de llevar.
Y en segundo lugar, porque si algo necesita Juanma Moreno en un momento en el que la única inquietud demoscópica la siente por su flanco derecho, y no por el izquierdo, es que Pedro Sánchez lo ataque directamente y confronte con él. En ese duelo, Moreno puede acabar encontrando argumentos para seducir a quienes a estas alturas dudan entre mantener fidelidad de voto con el PP o pasarse a Vox en la creencia de que de esa manera lastiman más al presidente del Gobierno.
La dana andaluza
Todo parece indicar que en los próximos meses Sánchez seguirá aludiendo a Andalucía en su confrontación con el PP. Es más cómodo criticar desde la oposición que dar explicaciones de lo que se hace en el Gobierno, especialmente cuando las explicaciones son difíciles de ofrecer. Quizás Sánchez crea que arremeter contra los presidentes autonómicos del PP pueda darle argumentos con los que movilizar a los suyos. Y así como los muertos en las residencias durante la pandemia pueden servir para atacar a Díaz Ayuso o los muertos en la DANA pueden ser utilizados contra el PP valenciano, es posible que alguien en el PSOE haya elucubrado que los problemas con el cribado del cáncer servirían en el mismo sentido para corroer a Juanma Moreno. Lo que falla en ese razonamiento es que, que se sepa, aquí no hay muertos que contar y que las exageraciones en política pueden producir réditos inmediatos, pero a la larga acaban mostrando sus costuras.
Es posible que, cuando se conocieron los primeros casos de este asunto, alguien haya pensado que una crisis de este tipo le abría una posibilidad electoral hasta entonces impensada. Hacia ahí se lanzaron. Pero mantener este nivel de tensión con un problema que parece en vías de solucionarse puede hacer el camino hasta las elecciones demasiado largo para quienes no sean capaces de encontrar argumentos más convincentes para convencer a un electorado menguante.
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