Campo de batalla

Unas pocas denuncias por abusos laborales y sexuales alarman a ONG y sindicatos. El sector las atribuye a intereses espurios

Campo de batalla
INÉS GALLASTEGUI

¿Por qué en los campos de fresas solo trabajan mujeres? La explicación tradicional es que ellas son más delicadas y no aplastan la fruta al cogerla. La más retorcida, que son más vulnerables y, por tanto, más sumisas. Las denuncias de temporeras marroquíes por explotación laboral y acoso sexual abonan la segunda. Pero hasta ahora hay una sola condena –por coacciones en el trabajo, hace diez años– y un juicio pendiente contra un encargado marroquí acusado por cuatro jornaleras en Moguer en 2018. El año pasado nueve trabajadoras que escaparon de las supuestas violaciones de su jefe en una finca de Almonte fueron a su vez acusadas por decenas de sus compañeras de mentir para conseguir el permiso de residencia. Un año después, un juez ha archivado la causa por delitos sexuales, otro investiga las condiciones laborales y ellas han denunciado al Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), que las ayudó, por quedarse con su dinero. Y ya tienen 'papeles'.

Una docena de denuncias entre 17.000 mujeres. ¿Son casos aislados o es la punta del iceberg de una violencia estructural contra un colectivo débil que calla por miedo? Es difícil saberlo. Algunas organizaciones recuerdan que muchas apenas hablan español y son analfabetas, proceden de un país machista que ignora los derechos humanos, viven aisladas en el campo y, sobre todo, son pobres y necesitan conservar el trabajo para mantener a sus familias. Muchas son viudas o divorciadas. La agencia marroquí de empleo que las seleccionó dio prioridad a mujeres con hijos, para garantizar que regresarán a sus casas. El año pasado unas 2.000 no lo hicieron.

Huelva Acoge organiza talleres y visitas a las fincas para ayudar a las inmigrantes: una abogada, una trabajadora social y una traductora les forman en salud, derechos y habilidades básicas, desde sacar dinero de un cajero hasta educación vial, porque muchas proceden de zonas rurales donde apenas se ven coches. «Hemos recibido quejas relacionadas con los contratos o con los alojamientos, pero nunca por abuso sexual», asegura Gladys Meza, presidenta de esta ONG con 27 años sobre el terreno.

Todo lo contrario que el SAT. «La situación es de extrema gravedad. El machismo es una expresión del sistema capitalista: si eres mujer y migrante, te oprime más», afirma su secretario general, Óscar Reina.

«No puede demonizarse a la ligera un negocio del que viven miles de familias –escribió en 2017 la secretaria de Igualdad de CCOO de Andalucía, Pastora Cordero–. Pero los abusos abundan». Ya nadie en su sindicato habla. Tampoco en UGT, la patronal o Cruz Roja.

El sector se siente injustamente tratado. El año pasado Interfresa y los sindicatos anunciaron una denuncia contra la publicación alemana 'Correctiv', que presentaba un panorama de semiesclavitud y violaciones diarias en los campos de Huelva. Frente a las agresiones sexuales, «tolerancia cero», advirtieron. Este año, tras la emisión de un reportaje televisivo que ponía el acento en la supuesta explotación laboral, Interfresa recordaba que las temporeras marroquíes cobran el salario establecido en el convenio colectivo, de 1.200 euros brutos al mes, «seis veces mayor del que, en el mejor de los casos, podrían percibir en su país».

«Estuve en una finca donde te gritaban todo el rato. Ahora estoy bien»

El secretario general de la UPAen Huelva, Manuel Piedra, está convencido de que tras algunas denuncias hay, por un lado, el afán de protagonismo del SAT, que apenas tiene representación en la provincia, y, por otro, intereses comerciales de competidores europeos que intentan ensuciar el nombre de la fresa andaluza para mejorar su propia posición en los mercados.

Juan Manuel Cumbreros tiene 50 empleados en su finca de Moguer y ninguno es marroquí. En su cuadrilla hay españoles, africanos y europeos, tanto hombres como mujeres. Cuando necesitan manos extra o alguien se va, ellos mismos eligen a los nuevos. «Respeto su decisión porque son ellos los que tienen que convivir», justifica. Las rumanas se traen de todo, hasta carne congelada, y ahorran el 90% de lo que ganan. Los gastos de luz, gas, agua y conexión a internet están incluidos en el alojamiento. La 'manijera' es una mujer –la suya–, como en la mayoría de las fincas vecinas. «Se evitan favoritismos y problemas. Aalgunos africanos no les gusta que les mande una mujer, pero se han acostumbrado porque también les paga ella», explica.

Un trabajo duro

Sandra, onubense de 36 años, lleva la mitad de su vida en la fresa, y desde hace tres entra en octubre a montar los invernaderos de Casacampo y termina en julio cuando acaba la recolección de la frambuesa. A primera hora de la tarde está de vuelta en su casa de Huelva capital para atender a sus dos hijos. Su espalda sufre, pero le merece la pena. «Gano entre 1.000 y 1.200 euros, depende del mes, y me viene mejor que un trabajo con horario partido –explica–. Alguna vez he ido en verano a Castilla-La Mancha a recoger uvas y me parece más duro: son muchas horas y no tienes casi vida».

La rumana Adriana, de 39 años, también ha encontrado aquí su sitio: lleva once años en la misma finca. «Por la tarde tenemos tiempo para hacer la comida, descansar o ir al pueblo», explica. Después de cuatro meses, se lleva para casa unos 4.000 euros. En verano recoge fruta en Lérida y ahorra otros 5.000. Con eso sobrevive el resto del año en Rumanía, donde trabaja su marido. No tiene hijos.

En el pueblo, las «marroquinas», como aquí las llaman, rehúyen a los periodistas. Miran alrededor con desconfianza, quizá porque muchos compatriotas hombres sin aparente ocupación andan apostados en las esquinas o en los cafés. En cambio Hind, de 20 años y sonrisa luminosa, está deseando practicar su castellano. Viene de Tánger desde hace tres años, con su madre y varios hermanos. «Ahora trabajo en una finca pequeña y me gusta. Antes he estado en otras donde el encargado te gritaba todo el rato: '¡Vamos, vamos, vamos, tienes que sacar cajas, no hablar!'», relata. Una vez descontados los gastos, algunos años ha sacado 3.000 euros, otros 2.000. En Navarra, donde trabajó un año en una fábrica de champiñones, el trabajo era más relajado. «Aquí es muy duro. Con la fresa te duele la espalda y con la frambuesa, las piernas. Las mujeres mayores no pueden aguantar. Yo soy joven», explica. ¿Abusos laborales y sexuales? «Yo no los he visto. Hay cosas malas en el campo, pero también cosas buenas», asegura.

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