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Festival de las bodas de Imilchil: entre tradición, oficialización y turismo

Laura Casielles
Imilchil (Marruecos), 24 sep (EFE).- El llamado "moussem de las bodas", un festival bereber en torno a la celebración de matrimonios colectivos en Imilchil, en el sur de Marruecos, es una tradición que sobrevive a costa de pagar el peaje de la oficialización y de la apertura al turismo.
La tribu de los Ait Hdidu convierte cada año por tres días, tras el fin de las cosechas, la llanura arenosa de Ait Hamar en un poblado de jaimas en el que se instalan tratantes de dromedarios y corderos; artesanos y toda clase de vendedores, entre una multitud de visitantes que curiosea y se aprovisiona para el invierno.
Mucho ha cambiado en las últimas décadas para este festival celebrado a más de 2.000 metros de altitud en las montañas del Alto Atlas, en el que los novios aprovechan para formalizar su unión en el último encuentro de toda su tribu de pastores antes de que el frío y la nieve los dejen aislados en sus respectivas aldeas.
"En los años sesenta, tras la independencia de Marruecos, las autoridades, y especialmente el Ministerio de Turismo, empezaron a intervenir para dar valor a esta tradición", explica a Efe el activista bereber y director de la asociación local de desarrollo ADRAR, Hru Abucharif.
Así, desde 2003, los festejos tradicionales se acompañan del "Festival de música de las cimas", y las agencias de viajes han empezado a incluirlo en sus circuitos, según cuenta Abucharif, contento porque esa intervención "contribuye al desarrollo de la región".
No todos los Ait Hdidu, sin embargo, desean compartir su fiesta con extraños ni aceptar que cambie y se institucionalice, ya que son, como apunta el activista, "personas muy tradicionales", cuya cultura rechaza, por ejemplo, dejarse fotografiar.
El "moussem", que este año tiene lugar entre el 23 y el 25 de septiembre, nació de la costumbre bereber de realizar matrimonios colectivos para que las familias compartieran los costes de los festejos, que los Ait Hdidu ubicaban en esa llanura porque allí se encuentra el morabito de un santo cuya bendición deseaban obtener.
Las bodas siguen celebrándose hoy en día en el mismo enclave, pero la ceremonia ha quedado reducida a la firma por parte de las parejas (marcando su huella dactilar, puesto que la mayoría son analfabetos) de un acta ante la presencia de las autoridades regionales.
Una treintena de chicas con coloridos trajes regionales y sus parejas engalanadas con chilabas y turbantes blancos oficializaron este jueves su compromiso, mientras cientos de miembros de su tribu y un puñado de viajeros, separado por vallas de seguridad, observaban desde lejos o atisbando entre los huecos de la lona de la jaima.
Luego, mientras el zoco y el festival folclórico alcanzaban su apogeo, los recién casados partieron hacia sus aldeas, donde tendrán lugar las celebraciones en las próximas semanas: "desde 1996 ya no se hace la fiesta de manera colectiva como antaño, eso se ha perdido", apuntó Abucharif.
Pese a ello, para los jóvenes bereberes, formalizar su casamiento en este contexto sigue siendo importante.
Es el caso de uno de los novios, Ohmid Ahmad, que pese a vivir en la ciudad de Errachidia "sabía que quería regresar" a casarse "con una chica de la tribu y durante el moussem, para mantener la tradición" de sus antepasados.
Además, por formalizar su unión ante el jurista islámico reciben una pequeña ayuda monetaria, un incentivo concebido por el Estado, que está llevando a cabo una fuerte campaña para conseguir que todos los matrimonios del país se registren de manera legal.
Abucharif desmiente leyendas en las que se dice que "si uno quiere casarse sólo tiene que ir a Imilchil", porque considera que nunca se ha ido allí "a buscar una mujer", pero admite con picardía que "por supuesto, es un lugar de encuentro para los jóvenes, que se casarán tal vez el año que viene..."
Así, mientras nuevas parejas coquetean a escondidas, los músicos se preparan para el "Festival de las cimas" y cada vendedor trata de llamar la atención a voz en grito, los recién casados emprenden, a lomos de burros o sobre el techo de camiones, el regreso a casa.
En las manos de las novias, la henna ocre que las decora con símbolos rituales se mezcla con la tinta azul con la que han marcado su huella dactilar en el acta oficial. EFE
Diario SUR

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