La «suerte» de poder contarlo

Fátima García y Loli Almario, con los ejemplares de los libros con sus relatos y los de otras compañeras/Francis Silva
Fátima García y Loli Almario, con los ejemplares de los libros con sus relatos y los de otras compañeras / Francis Silva

Un libro impulsado por la asociación Kartio y el IAM recoge las historias de 26 reclusas que cuentan en primera persona las causas que les llevaron a prisión

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Loli Almario –«ponme el apellido con 'l' para que no parezca que viene de un armario ropero»– comprendió que aquella carrera contrarreloj consumiendo su vida entre drogas terminaba justo en el momento en que le cayeron 15 años de prisión. Con 15 precisamente empezó a consumir, luego llegaron el trapicheo, la venta más organizada, la detención, el juicio... y la cárcel. «La primera vez que entré tenía 32 y mírame, todavía estoy 'liá'», dice justo ahora, cuando acaba de soplar las 50 velas y hace el repaso por una vida que «siempre fue bastante desastre». De aquellos años vertiginosos no sólo ha quedado la huella física y psicológica de la prisión y el abuso de las drogas, sino también un relato por escrito que forma parte del libro 'De espaldas al mundo' que se presenta hoy y que recopila 26 historias de otras tantas reclusas contadas por ellas mismas.

La iniciativa, gestionada por la asociación de mujeres Kartio con el impulso de Arrabal y a partir de una subvención del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ve ahora la luz. Igual que sus protagonistas, porque a Loli esta especie de catarsis literaria le ha servido para darse cuenta de la «suerte» que tiene de poder echar la vista atrás: «Me doy cuenta de lo bien que estoy ahora y de que yo al menos he podido contarlo», admite Loli haciendo un repaso por todos sus amigos y conocidos que no tuvieron la misma fortuna y que quedaron por el camino. Porque a ella, al contrario de lo que se piensa, la cárcel le sirvió para rehabilitarse por completo: «Me quité hasta del tabaco, y lo hice sola, sólo con mi fuerza de voluntad». Hoy lleva limpia, «sin tomar heroína ni nada», doce años. «Fíjate que lo que no consiguió mi madre lo consiguió la cárcel», celebra la exreclusa, cuya condena estuvo repartida entre Alhaurín de la Torre y Albolote (Granada) y que hoy disfruta de la libertad condicional. Este régimen es común a muchas de sus compañeras de libro, aunque también las hay en tercer grado o incluso en prisión.

Loli se rehabilitó en la cárcel de sus adicciones y conoció a su pareja, con la que lleva cinco años

Fátima García no sólo comparte con ella esta última parte del camino hacia la libertad total; también una infancia y adolescencia común en el mismo barrio en la zona de la Rosaleda y el peso de haber terminado en prisión por asuntos de drogas. Fátima no consumía, pero sí traficaba: «Mi madre vendía y yo me crié en casa con eso, así que en cuanto tuve la oportunidad me puse a hacer lo mismo», recuerda la exreclusa, que tiene 37 años y que llegó incluso a compartir condena con su propia madre, de 52, en la cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaira (Sevilla), donde la segunda aún cumple su pena.

La de Fátima fue de 4 años, 6 meses y un día, y aunque a los cuatro meses de encierro ya pudo acogerse al tercer grado recuerda aquella experiencia como «la peor» de su vida. Y no tanto por las condiciones de dentro de prisión sino por lo que dejaba fuera: dos hijos, uno de ellos ya independizado y que la ha convertido en una abuela jovencísima y otra de 16 con una minusvalía que está todo el día «pegada» a ella. «No se me separa ni a sol ni a sombra», dice Fátima mientras su hija Amparo hace bueno el diagnóstico y le dirige una sonrisa desde el otro lado de la mesa que comparte también con Loli. Dejarla «con una muchacha que se hiciera cargo de ella» mientras ella cumplía su condena porque carecía de familia que asumiera sus cuidados fue lo peor del cautiverio, y a ella precisamente le dedica el capítulo del libro. A ella que supo con el tiempo que su madre no se había tenido que ir a «trabajar fuera» durante cuatro meses, sino que en realidad el motivo de la separación era la cárcel.

El salto al mercado laboral

Hoy, tanto Loli como Fátima curan las heridas del pasado con iniciativas como el libro que hoy ve la luz, pero también con oportunidades reales de reinserción que han llegado de la mano de Arrabal. Ambas comenzaron a normalizar sus vidas en las empresas de inserción social de la asociación, y cuando estuvieron suficientemente preparadas dieron el salto al mercado laboral. La primera acaba de cumplir con su primer mes de contrato como camarera de piso en un hotel de la costa que ya le ha dejado sus primeros estragos en forma de lumbalgia: «Me hincho de trabajar, pero no me quejo porque ahora llevo yo las riendas de mi vida», dice con una sonrisa de oreja a oreja mientras suma a su relato otra de las «cosas buenas de la cárcel»: allí precisamente conoció a su pareja, Jesús, que cumplía condena por «la mala suerte que tuvo en una pelea que acabó mal», y ambos llevan cinco años viviendo «juntos y felices», en libertad y tratando de escribir el final feliz de esta historia que se escribe con renglones torcidos en el libro de la asociación Kartio.

Fátima, que hoy trabaja limpiando comunidades, coincidió en la cárcel con su propia madre

Fátima, por su parte, lleva dos meses trabajando en una empresa que se dedica a la limpieza de las comunidades de vecinos, aunque está dispuesta a compatibilizar el horario de este trabajo «con lo que vaya saliendo» para garantizarle un futuro a su hija. «Sólo quiero mantener a mi niña. No pido más», insiste esta joven abuela que celebra que la historia que se reproduce en el libro ha quedado «muy bonita» gracias a la ayuda de la psicóloga María José Moreno. La especialista ha sido, de hecho, el nexo de unión entre las historias que le fueron contando las reclusas en las sesiones de terapia y las páginas del libro. En ellas tienen cabida historias de todo tipo: abusos, maltratos, adicciones o conductas que terminaron en condena; pero también un mensaje final, que no es otro que el de la esperanza y las segundas oportunidades. De saber, en definitiva, que han tenido la suerte de poder contarlo.

 

Fotos

Vídeos