La asociación Asima lanza un SOS para mantener su Vivienda de Apoyo al Tratamiento

Uno de los rincones más terapéuticos de la casa de Asima es su jardín. /FRAN ACEVEDO
Uno de los rincones más terapéuticos de la casa de Asima es su jardín. / FRAN ACEVEDO

Este centro situado en El Palo desde hace más de dos décadas acoge a personas con VIH y otros casos de emergencia social a los que presta una atención especializada

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

Desde hace varias semanas, los mensajes de apoyo a la casa de Asima no cesan en las redes sociales. La ONG ha iniciado una campaña hablando con partidos políticos y responsables de diferentes administraciones y recabando respaldos entre rostros conocidos del mundo de la cultura y ciudadanos anónimos para tratar de evitar el cierre de su casa de acogida en El Palo. El centro, según los responsables de Asima, se está asfixiando ante la caída de las ayudas y debido a «una promesa de concierto de plazas que nunca ha llegado», según explica la presidenta de la ONG malagueña, Alicia Cueto.

La casa de acogida de Asima, situada en un antiguo colegio cedido por el Ayuntamiento, ha vivido muchas etapas y no pocas dificultades hasta hoy. Desde su creación en el año 1994, ha evolucionado a la par que lo hacía la propia enfermedad, desde un centro pensado para dignificar la muerte de enfermos de sida hasta un lugar de recuperación de personas con VIH en situación de vulnerabilidad pero también de otras personas en tratamiento que necesitaban una atención especial.

Una de esas personas es María Montiel, de 52 años. Esta malagueña está recuperándose por segunda vez de un cáncer de mama, una mastectomía, quimio y radioterapia. Cuando le dieron el alta en el hospital, no tenía adónde ir. Había perdido su casa por problemas económicos, su familia no podía acogerla y además tenía problemas con el alcohol. «El equipo de Oncología del Materno me envió a Asima y agradezco mucho todo lo que han hecho por mí; me han apoyado llevándome a mis sesiones, a la rehabilización por el linfedema, con el programa para dejar de fumar, dándome trabajo en el taller de costura y hasta sacándome el carné de conducir... de no haber sido por ellos me habría tenido que ir a la calle», explica María, quien lleva casi un año en la casa y que confiesa que su vida, marcada por la violencia de género, no ha sido fácil.

Alicia Cueto, junto a María y Mario, acogidos en la casa, posan en el taller de costura.
Alicia Cueto, junto a María y Mario, acogidos en la casa, posan en el taller de costura.

María es un ejemplo del cambio que en el año 2011 supuso que la casa pasara de depender de la Consejería de Salud a la de Igualdad y Políticas Sociales. «En el año 2011 pasaron las competencias y nos dijeron que nos convertían en Vivienda de Apoyo al Tratamiento, abriendo el recurso a otro tipo de problemática, no solo al VIH, pero nos dijeron que las plazas estarían concertadas como un recurso más», explica Cueto. Para ello, tuvieron que reformar el centro para adaptarlo a la normativa de la Junta, con una inversión importante. Pero desde entonces, no se han concertado las plazas. «Seguimos atendiendo a las personas que nos deriva la administración, pero sin recibir nada a cambio», denuncia la responsable de la entidad. El golpe de gracia ha venido con la reducción de la partida proveniente del IRPF, que este año ha pasado de ser competencia estatal a autonómica (en un 80%). «Solo se nos dice que se ha abierto a más entidades, pero nos ha supuesto perder 40.000 euros de subvenciones en el programa de la casa y en el Centro de Atención Integral al VIH.

Fuentes de la Delegación afirman que «se está tratando de que la entidad pueda optar al concierto de plazas» según el nuevo Decreto que entró en vigor en febrero y que, no obstante, se mantiene la colaboración mediante el programa de subvenciones. Unas ayudas que, según añaden desde la Delegación, «no constituyen un derecho adquirido año tras año, sino que se obtienen por un proceso de concurrencia competitiva en el que se tiene siempre en cuenta la calidad de los proyectos presentados.

Para evitar dejar en la calle a los usuarios, la ONG debe ya cuatro meses de salario a sus empleados

La situación de la casa está al límite. Actualmente tiene ocupadas ocho de las quince plazas disponibles, no porque no exista demanda, sino porque ya no pueden «comprometerse a más por si tienen que cerrar dentro de dos semanas». Pero la lista de espera es de otras 16 personas. Se les ha roto la lavadora, la nevera. Acuden a la buena voluntad de la gente para reparar o reponer con cosas usadas lo imprescindible.

La situación de sus trabajadores es aún peor. Deben a sus once empleados «formados y con vocación» cuatro meses de sueldo y este mes de mayo no tienen para pagar los seguros sociales. «De los 243.000 euros que cuesta mantener el centro al año, solo hemos conseguido reunir 104.000 euros», alerta Cueto. Pero el recurso, dice, sigue siendo necesario. «Tenemos que luchar por mantenerlo. Hay estudios que hablan de que faltan plazas para personas sin hogar y recursos de urgencia para víctimas de violencia de género, o que estén especializadas en los casos de jóvenes con tratamientos por adicciones y con enfermedades de transmisión sexual», comenta Cueto. La atención a personas en situación de emergencia social no solo se limita al acogimiento, los técnicos trazan un itinerario para lograr su inclusión y fomentar una vida independiente.

Mario (56 años) es otro de los habitantes de la casa. Nacido en Mozambique, se marchó muy joven con su familia a Portugal, donde ha desempeñado diferentes trabajos. Pero su vida cambió cuando le diagnosticaron el VIH. Llegó a Málaga para trabajar en un restaurante, pero la salud empezó a hacer mella. El diagnóstico no le llegó todo lo pronto que habría sido deseable. Terminó viviendo cuatro meses en el albergue municipal, desde donde le derivaron a Asima, donde vive desde septiembre. «Me ha costado trabajo, pero ahora me siento feliz», indica. Sus compañeros dicen de él que es un gran bailarín y el guardián de la casa, el que se ocupa de ayudar a todos. Él dice haber encontrado a una familia en esta soleada casa mata de El Palo, un oasis con su jardín en mitad de la ciudad. Un refugio «para recuperarse de la mala vida» que agoniza, pero que quiere seguir existiendo.

 

Fotos

Vídeos