La cumbre de Pablo Iglesias

El líder de Podemos sigue viviendo en Vallecas con su novia de IU. No suele levantar la voz pero sus oponentes en los debates lo consideran un ‘killer’

FRANCISCO APAOLAZA
Pablo Iglesias está desbordado, echa de menos correr con su perrita ‘Lola’. :: Efe/
Pablo Iglesias está desbordado, echa de menos correr con su perrita ‘Lola’. :: Efe

iciembre de 2013. Alfredo Pérez Rubalcaba sale del plató de Las Mañanas de Cuatro con un visible cabreo. Un tertuliano llamado Pablo Iglesias ha removido cielo y tierra para estar presente en la entrevista y ha atacado al líder de la oposición en directo y con virulencia, mostrándose como parte del verdadero socialismo traicionado por el PSOE. Por momentos parecía que el curtido dirigente quedaba a merced de aquel joven. «Así se los ponían a Felipe II», reflexiona el contertulio y jefe de opinión de Abc, Jaime González, que a la salida del debate le dice lo siguiente a Rubalcaba: «Eso os pasa por acariciarle el lomo a este hombre. Estáis creando un monstruo y os terminará por devorar». «No será para tanto», responde el socialista Y se equivoca. Cinco meses después de aquello, el veterano político acaba de anunciar que abandona el liderazgo del PSOE y el tertuliano de la coleta da la campanada con los cinco eurodiputados de Podemos. Pablo Iglesias fundó el PSOE y otro Pablo Iglesias le ha dado una estocada muy dolorosa. Nada de lo ocurrido es fruto de la casualidad.

17 de octubre de 1978. Viene al mundo un bebé en Madrid, hijo y nieto de una saga de Iglesias relacionados con la lucha obrera. Su madre, Luisa Turrión, confiesa que le pusieron Pablo porque se apellidaba Iglesias. De haber nacido Guevara, tal vez se habría llamado Ernesto. Es un crío amable que crece en Vallecas, el corazón obrero de Madrid, bajo las faldas políticas de Luisa, una abogada laboralista de CC OO que lo educa en la conciencia de clase, en las canciones de la guerra civil que hoy se escuchan en sus mítines y en las manifestaciones anti OTAN. Veinte años después, adora Juego de Tronos (a sus alumnos de Política de la Complutense también les pone The Wire), le gusta salir a correr con su perra Lola y pasear por el campo, pero lo suyo sigue siendo el activismo político. Con 13 años, cuando sus compañeros de clase soñaban con ser futbolista, él se afilió a Juventudes Comunistas. Su pareja es Tania Sánchez Melero, una diputada de IU en la Asamblea de Madrid. Su hogar es el punto en el que más se acercan dos izquierdas enfrentadas.

Diciembre de 2012. En un colegio mayor de Zamora, Pablo Iglesias y Miguel Urbán, un líder de Izquierda Anticapitalista, protagonizan un debate titulado Preguntas a mala leche. Lo siguen 70 personas. Son viejos amigos. Ambos han luchado en diversos movimientos antiglobalización desde 1995 y en contracumbres por todo el mundo, desde Seatle o Génova hasta Rodstock y el 15M, donde fragua parte de esta última etapa. En Zamora, Iglesias le dice a Urbán esto: «Ahora que están de gira Serrat y Sabina podríamos dar una gira los dos». Dos años después, en enero pasado, Urbán presentaba el embrión del partido en el Teatro del Barrio de la madrileña calle Zurita y unas cien personas se quedaban en la calle. Poco después, en Zaragoza, se le acercó un tipo y se le presentó diciendo que era de Podemos Calatayud. Podemos no existía aún, pero el incendio había prendido mucho antes, en la Universidad Complutense de Madrid. Allí Pablo Iglesias, de 35 años, imparte clase y con ese pelo largo y la barba tiene algo de mesías con un sueldo de 950 euros. Viaja en scooter y con mochila y ayer sus alumnos partidarios le dieron una ovación que recibió emocionado.

Los que no comulgan con él en las aulas le acusan de no meterse nunca con el poder, de ser una ovejita al servicio del decano y de hacer de la facultad un territorio donde solo pueden hablar políticos de izquierdas. Se asoma al eje chavista de la mano de Juan Carlos Monedero, asesor de Hugo Chávez y uno de los teóricos del socialismo del siglo XXI. Venezuela, Ecuador y Bolivia son algunos de los regímenes que defiende abiertamente y se le ha acusado de estar a sueldo de Venezuela, un extremo que niega. «Sabe perfectamente con quién se mete y con quién no», señala una fuente universitaria que prefiere no desvelar su nombre.

Mayo de 2010. Universidad Complutense de Madrid. Iglesias organiza una práctica académica y decide grabarla en forma de debate televisivo. Tiene tanto éxito que una tele local de Madrid (Tele K) pasa a programar La Tuerka, un espacio de debate de izquierdas en el que suelen estar invitadas otras tendencias, como algunos liberales habituales de Intereconomía. Luego empiezan a llamarle a los debates de la cadena de derechas y pronto llega a La Sexta Noche, al prime time de los sábados. No es el tipo simpático que abraza a todos, pero cuando habla, las redes enloquecen. ¿Sus claves? «Se lo trae todo muy estudiado. Es meticuloso y después de las primeras refriegas aprende que no hay que calentarse. Sabe lo que quiere decir y que no hay que caer en las provocaciones de los de la bancada de enfrente», sostiene el presentador del programa Iñaki López.

No sonríe mucho, descansa el brazo en el respaldo y dispara palabras como una ametralladora. Sus enemigos lo definen como alguien capaz de resultar cariñoso fumando un cigarrillo fuera del plató pero que se convierte «en un killer cuando está delante de una cámara», explica Jaime González, su némesis en Las Mañanas de Cuatro. «Sabe expresarse con mucha corrección y articula los mensajes, aunque sea desde la más pura demagogia», cuenta González. En las reuniones, Iglesias no es el gallito del corral. Su amigo Miguel Urbán apunta que la fama no le gusta y que toma la tele como un medio para conseguir fines políticos.

Abril de 2014. Pese a ser un partido que presume de horizontal (no hay carnés y en las primarias 33.000 personas votaron a 154 candidatos), el coordinador de la campaña de Podemos, Íñigo Errejón, propone que la cara de Iglesias sea el logo que vean los votantes en 30 millones de papeletas electorales. Muchos califican la estrategia de personalista. La decisión no gusta a muchos de sus propios. «A él tampoco», asegura Urbán. «Oh, el gran líder», bromeaba horas después de ganar los cinco escaños Mariano García, mecánico de 50 años, en la librería La Marabunta. Muchos han tragado porque desde el punto de vista electoral, resultó una idea inmejorable. Sus amigos aseguran que esa fama no le pone y que ha ido a más hasta casi desbordarse. Al de la coleta no le dejan tranquilo ni tomándose una birra y en Podemos optaron ayer por dar protagonismo a otros. Echa de menos correr con Lola.

Lunes tarde. Madrid puede ser muy dulce en primavera. A la caída de la tarde, los mil olores de las cocinas de mil mundos bailan en el aire con el humo de los escapes del barrio de Lavapiés. En los balcones de fachadas ennegrecidas de la calle Zurita se tienden sábanas de colores, pijamas de bebés y alfombras persas. Abajo abre la sede de Podemos, un localucho de 500 euros al mes pintado con evidente prisa e iluminado por neones que podría ser el almacén de una ferretería. Más abajo está el Teatro del Barrio, donde Alberto San Juan representa Ruz y Bárcenas. Cerca abre La Huelga, otro bar cooperativo y una huerta que cultivan los vecinos. Detrás de aquellos marcos rojos de madera funciona La Marabunta, una librería cooperativa en la que se sirve Frixen, la cola alternativa, se venden libros de Gramsci y de las Pussy Riot. Cristina, artista en Austria, habla del «despertar social» y de una nueva manera de hacer política. En esas sillas desvencijadas Iglesias y compañía parieron Podemos. Lo raro hubiera sido que allí se fundara una SICAV.

Domingo noche. En la plaza del Reina Sofía, solo dos años después de la charla en Zamora, Iglesias abraza a Urbán. Pablo, con ese aire de espadachín, es la cara de la victoria. De haber sido la cara de la derrota, lo habrían despedazado.