La transformación del Centro histórico: gana bares y pierde vecinos

La población del casco antiguo se ha reducido en un 10% en los últimos siete años, mientras que la hostelería se ha triplicado

JUAN SOTOMÁLAGA
Pisos en alquiler en un edificio con locales de hostelería en los bajos. :: Yhasmina garcía/
Pisos en alquiler en un edificio con locales de hostelería en los bajos. :: Yhasmina garcía

El Centro ha perdido su identidad como barrio. El casco antiguo de Málaga, la principal carta de presentación para los visitantes, ha sufrido una transformación radical en apenas una década. La peatonalización, el aumento de la oferta cultural y de ocio o el desembarco de grandes marcas de moda lo han convertido en un importante referente turístico. Paradójicamente, a pesar del bullicio de sus calles, habitualmente llenas, el gran salón de Málaga se está quedando vacío. Al menos de vecinos. En los últimos siete años, la población de la ciudad antigua se ha reducido en un 10%, mientras que el número de bares se ha triplicado.

A la luz de estos datos, la pregunta surge sola: ¿Es compatible un Centro pensado para turistas y para vecinos? María José Moragues, propietaria de un inmueble en la céntrica Luis de Velázquez, lleva años sufriendo lo indecible para alquilar los pisos. «Casi nadie se quiere venir a vivir al Centro porque hay mucho ruido por culpa de los bares». Esta mujer, que también reside en dicho entorno, cree que ambas premisas son incompatibles en la actualidad, y prueba de ello son los continuos permisos que se conceden para bares y restaurantes. «Aquí sólo se dan ayudas a los empresarios, pero no se piensa en las necesidades de las personas que viven a diario», se lamenta. Sólo el año pasado se concedieron 220 licencias en hostelería, el 32% del total.

En el casco antiguo viven actualmente 5.057 personas (según datos del OMAU del 2012), una cifra inferior a la registrada en 2006, cuando lo hacían 5.591. Lo peor de estos datos es que ya apenas queda nada de la tendencia al alza registrada entre 2002 y 2006. En los últimos 30 años, esta zona de la capital ha perdido el 40% de su población.

El ruido generado por la enorme cantidad de bares y restaurantes se convierte en el principal argumento de quienes deciden cambiar de barrio. Y no es de extrañar, ya que en apenas siete años se han pasado de 200 a 600 negocios de este tipo sólo en la almendra de Málaga. Emilio López, que acaba de dejar el piso en el que vivía en la calle Comedias, dice que «nadie se puede hacer una idea de lo que significa vivir con un bar cerca; es insoportable». Este malagueño, que se muda a la zona de Carretera de Cádiz, lamenta tener que irse, pero que «la salud es lo primero».

Arma de doble filo

Este incontrolado aumento del número de negocios de hostelería no es la única causa del paulatino despoblamiento del Centro. Pedro Marín Cots, director del OMAU, aporta otra causa más: los problemas derivados de la peatonalización. Aunque suene extraño, una de las grandes mejoras que ha experimentado la ciudad, y aquello que ha contribuido al salto de calidad en su imagen a nivel global, se ha convertido en un arma de doble filo. Por culpa de estos cambios, los vecinos no pueden llegar ahora hasta las puertas de sus viviendas para bajar un carrito o, simplemente, para no tener que arrastrar con la compra desde el supermercado. «Muchas familias con niños se han ido a Teatinos o a otras partes porque el Centro se les hace incómodo para vivir», asume.

El exceso de actividad hostelera también es compartida por el máximo responsable del Observatorio de Medio Ambiente Urbano, cuyo ente ha realizado ya más de 40 informes con motivo de la Agenda XXI. Marín Cots entiende que el exceso de mesas y sillas les impide a estas personas llevar una vida razonable, y que por ello ya se trabaja en la modificación del Pepri. «Debemos facilitar el equilibrio entre la gente que vive y los visitantes; lo que se llama encontrar el equilibrio en la capacidad de carga». Y es que este economista es consciente de que al 90% de los malagueños no les gustaría vivir en el esta zona y al 24% de los que lo hacen les gustaría cambiar de barrio (según se desprende de un estudio elaborado por el propio OMAU).

A esta particular ecuación aún faltaría por incorporar un tercer elemento: la falta de servicios propios de cualquier vecindario. En la ciudad antigua apenas hay parques infantiles, guarderías, zonas familiares o tiendas de barrio. Tanto es así que un grupo de padres con niños se han organizado para crear la asociación Queremos un barrio, cuyo objetivo no es otro que lograr un entorno más habitable. «A todos nos encanta vivir aquí, pero es muy complicado por todos los inconvenientes que sufrimos», lamenta una de sus artífices. Ypor ello, algunos de estos padres montan casi a diario una especie de parque infantil en la plaza de la Constitución para que sus hijos jueguen. «No lo hacemos como acto reivindicativo, sino porque no tenemos dónde ir».

El ingeniero Fernando Barreiro, que ha analizado al detalle la evolución del Centro Histórico a lo largo de los últimos 20 años, sostiene que el problema que se vive en Málaga no es exclusivo de la ciudad, sino que ocurre en todas las capitales que han experimentado un cambio tan rápido y profundo. En un extenso informe titulado Evaluación de los impactos del proceso se recuperación y regeneración urbana e integral del Centro Histórico de Málaga, desgrana numerosas actuaciones que vendrían a paliar todos estos problemas.

Nuevos modelos

Entre otras medidas, Barreiro recomienda crear espacios de proximidad en los que se pueda desarrollar un nuevo modelo de gestión urbana de proximidad o poner más énfasis en la delimitación de usos y actividades en los locales de las diferentes calles «estableciendo límites a la alta concentración de actividades de ocio y restauración». Este profesional propone, además, aprovechar el impacto de la crisis para dar uso a los locales que se han quedado vacíos. «Es necesario transformar espacios públicos pasivos en activos e incorporarlos a nuevos usos que respondan a las necesidades de los residentes».

En este puzle, ni siquiera los negocios tradicionales tienen la supervivencia asegurada. Incluso ellos se ven como un bicho raro en una zona que sólo piensa por y para el turismo. Araceli López-Harillo, propietaria de Tapicería Suprema, está a punto de tirar la toalla. Cansada de luchar contra los negocios de hostelería, ha decidido mudarse a la zona de Echeverría de El Palo tras considerar inviable seguir trabajando en el Centro, ese en el que lleva su negocio familiar desde 1935. «Siento que han podido conmigo. Pese a mis ganas y mi empuje, no puedo seguir luchando contra los elementos». Como no podía ser de otra forma, alquilará su local a un bar de copas porque «parece que el Ayuntamiento sólo mira por la hostelería y no por los negocios tradicionales».