Manuel Alcántara: «El boxeo es el arte de quitarse a golpes el hambre»

«El boxeo es cruel, pero es más cruel la vida», asegura el maestro. Su sabiduría pugilística, periodística y literaria nos llega ahora cuidadosamente rescatada en un libro

M. EUGENIA MERELOMÁLAGA
Manuel Alcántara hace el gesto de cubrirse durante la entrevista. :: Carlos Moret/
Manuel Alcántara hace el gesto de cubrirse durante la entrevista. :: Carlos Moret

Hojea un ejemplar como si cada página fuese el fotograma de su prodigiosa memoria. La historia se rodó hace medio siglo, entre 1967 y 1978, los años en los que Manuel Alcántara (Málaga, 1928) enmarcó, con las crónicas tecleadas en su Olivetti, la épica del boxeo español. Publicados en Marca, sus artículos emocionaban a miles de aficionados con una prosa que «atesora esa virtud de los elegidos que tenían Somerset Maugham, Baroja o Capote», destaca en el epílogo José Luis Garci. Elaborado por los periodistas Teodoro León Gross y Agustín Rivera y editado por Libros del K.O., llega el lunes a las librerías La edad de oro del boxeo. 15 asaltos de leyenda.

Alcántara sigue hojeando el libro y habla del deporte del noble arte, que lleva adherido a su piel desde la infancia. «Ha sido una de mis pasiones confesables», admite el poeta y articulista, que reconoce a un boxeador sonado «nada más verlo», pero que ha conocido «más gente sonada de la política que del boxeo». Boxeo y periodismo, un binomio que el columnista de SUR, que ha recibido los más importantes galardones periodísticos Mariano de Cavia, González Ruano y Luca de Tena, sazonó con literatura, marcando una estela pionera y brillante en el periodismo deportivo en España.

Y esa pasión confesable, ¿de dónde arranca?

Parte, freudianamente, de la infancia. En un mi humilde barrio malagueño de la Victoria daban combates en la calle los fines de semana. Cuando daba la lata en mi casa, me decían: «Vete con los boxeadores». Yo tenía una casa muy grande, llena de cariño, porque la infancia mía siempre ha estado muy bien arropada. Teníamos una esquina con muchos balcones a la que iban todos los niños del colegio a ver el boxeo, invitados por mí.

Mucho años de pasión...

Ahí arranca mi afición, que no es exactamente una adhesión, porque a mí el boxeo me ha preocupado con escrúpulos morales. Tengo más pasión que asentimiento. Lo he pasado muy mal con algunos combates y me retiro de la crítica en Marca cuando muere en el ring un modesto boxeador de Almería llamado Rubio Melero.

¿Qué ocurrió?

A ese chico le hacían hacer guantes. En los gimnasios, lo más triste que se puede ser en boxeo es sparring. El sparring recibe un sueldecito minúsculo para adiestrar al boxeador recibiendo sus golpes. Es mentira que el casco protector les libre y cada golpe representa una microhemorragia. Prometí en la crónica que si ese chico moría yo dejaba de ser cronista. Era un tiempo en el que me importaba ser cronista, era mi sueldo y me permitía viajar por el mundo. La de Rubio Melero fue una muerte evitable.

Muchos jóvenes dispuestos a dejarse dar golpes por rozar la gloria.

Cuando a un legendario campeón mundial, Jack Dempsey, le pregunta un periodista qué hay que tener para ser campeón del mundo, acierta con una sola palabra: hambre. El boxeo es el arte de quitarse a golpes el hambre. Si se hiciera una estadística, siempre hay excepciones, pero no hay un boxeador que haya pisado la universidad o que conozca algún poeta del Siglo de Oro. Todos han tenido un origen humilde. Muchas vocaciones están determinadas por el hambre.

¿Y qué imagen fija tiene de esa lucha deportiva contra la miseria?

Que se van triunfadores a una edad inconcebible, gente de clase humilde, incluso subterránea. Conocí a Folledo, que fue famoso en su tiempo. Un peso medio. Hoy por hoy, hubiese sido un campeón, por supuesto europeo y quizás mundial. Era un chico muy alto, que llegaba al gimnasio para ponerse más fuerte, muy joven. El preparador, cuando lo veía escuálido dándole al saco, le decía: come algo. Y no tenía nada para comer. El entrenador le daba una barrita de pan, que la abría y se la comía sin nada dentro. Como le daba lástima, le decía: vete al ultramarino de enfrente y compra dos o tres sardinas y las metes dentro. Aquella era la alimentación de aquel muchacho después de horas de ejercicio. No lo he olvidado nunca.

Instinto de la palabra

El libro rescata su talento periodístico y boxeístico y lo retrata como un púgil magistral de unas crónicas memorables.

Siempre he tenido presente la definición que Gerardo Diego hacía de periodista: un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano. Y hay que tener un instinto de la palabra. A muchos no los ha llamado Dios por ese camino, pero tampoco por ningún otro. Dios no ha sido pródigo. Me da vergüenza decirlo, sé más de boxeo que de Quevedo o de Lope de Vega. Aunque, para que no confundan la decadencia física con la memoria, podría decir un soneto de Quevedo en este mismo momento.

Como en sus crónicas diarias, en aquellas boxeísticas el humor siempre tenía su espacio.

Todo sería tétrico sin una gotita de humor, que no hay que confundirlo con el sarcasmo. Wenceslao Fernández Florez me decía que España no es un país de humoristas, sino de malhumoristas. Hemos sido muy buenos para la sátira. El epigrama estañol tiene una gran genealogía. Es un género que hemos cultivado, entre otros, Juan de Tassis, conde de Villamediana, un gran poeta que mataron en un duelo. Villamediana se llevaba muy mal con otro aristócrata de la Corte y escribió: Cuando el marqués de Malpica, caballero de la llave, con su silencio replica, dice todo cuanto sabe. El señor tenía fama de ser muy listo, pero nadie le había oído decir nada. El epigrama español es magnífico. Cuando yo casque, que ya se aproxima, se perderán muchos epigramas de contemporáneos.

Pues hemos tenido muchos y buenos.

El mejor epigramista era Juanito Pérez Creus. Cuando muere, que se suicida, ya con 84 años, me mandó todas su obras mecanografiadas, porque éramos muy amigos. Y Eladio Caballero, una de las personas que yo he admirado más porque era albañil, analfabeto, y aprende a leer y a escribir con 20 años. Era de Tomelloso. Había un poeta millonario, buena persona pero un poeta malísimo, que, como tenía dinero, se publicaba sus libros de versos. Se llamaba Mario Ángel Marrodán. Era de Portugalete. Cuando reunía un número de poemas, sin mayor control ni exigencia, se publicaba un libro muy bonito que lo pagaba él. Fue víctima de un epigrama de Eladio Caballero que decía: ¡Maldición!, dijo el cartero, tres libros de Marrodán y estamos a tres de enero.

Fue notario de combates en los grandes santuarios del boxeo del mundo y cronista de momentos deportivos estelares.

Recuerdo en Tokio el combate de Durán. Ese es un momento estelar. Me di cuenta que Wajima ya estaba sonado porque, cuando me vio en un pasaje, en medio de una muchedumbre, vino a saludarme. Tiene mucho mérito saludar a alguien que no has visto antes. Ya estaba pasado de onda.

Y Urtain, Legrá, Pedro Carrasco, Federico Fernández o José Durán.

Otro momento importantísimo fue el campeonato de Legrá, que me regaló un batín celeste que guardo en casa. Y luego, los tres combates de Pedrito Carrasco con Mando Ramos. La última vez que yo vi a Carrasco, se había publicado la noticia de la muerte de Ramos. Luego se desmintió. Carrasco me comunicó, muy contento: ¡Mando vive! Con él tuvo tres feroces combates. Pero en Madrid ganó Mando Ramos. Bueno, los árbitros dieron vencedor a Ramos para quitarse de encima a Pedro. Y luego vi el combate de revancha, en América, en el Yankee Stadium. Y el tercer combate en España. Me admiraba la deportividad.

El boxeo, ¿murió de éxito?

El asunto se enturbia cuando se permiten las apuestas. El que enturbia el boxeo profesional es el empresario.

Escribió sobre una generación irrepetible con en el ring con muchos mitos e ídolos. ¿Alguno más que otro?

Al peso medio le llaman la categoría reina. Sugar Ray Robinson medía 1,79, pero bailaba como un bailarín, con un peso pluma en la punta de los pies. Estaba hecho para el boxeo. Tenía una pegada terrorífica. Esquivaba, aguantaba, tenía valor, tenía corazón, tenía todo. Rocky Marciano era muy bajo para peso pesado, era un toro, una fiera. Disputa 45 combates y los gana todos antes del límite. Se retira imbatido. Pero los tiempos no son trasladables y no se puede saber cuál ha sido el mejor boxeador d todos. Desde que los veía en mi barrio, siempre me han parecido los últimos gladiadores.

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