Carmen Fariña: «Mi padre me enseñó que el camino al sueño americano es estudiar, estudiar y estudiar»

Con 70 años, esta hija de emigrantes gallegos ha abandonado una dorada jubilación de más de 200.000 dólares al año para ponerse al frente del sistema educativo de Nueva York, el más grande de Estados Unidos

MERCEDES GALLEGONUEVA YORK
Carmen Fariña, durante su nombramiento. :: Rob Bennett / Efe/
Carmen Fariña, durante su nombramiento. :: Rob Bennett / Efe

El frío ártico ha vuelto ha cebarse con Nueva York. El viento y la nieve hacen que los 15 grados bajo cero se sientan como menos 24. Los vehículos avanzan penosamente entre los montículos de nieve que han dejado las máquinas durante la noche y muchos padres se preguntan indignados por qué no se han cancelado las clases, mientras que otros agradecen no tener que buscar con quién dejar a los niños. Es una de esas mañanas en las que Carmen Fariña tiene que recordarse a sí misma por qué decidió salir a los 70 años de un retiro dorado, con más de 200.000 dólares anuales de jubilación, para ponerse al frente del mayor distrito escolar de EE UU. «Desde luego no lo hago por mí, yo tenía la vida muy bien arreglada. Pero si te encanta la educación y tienes la oportunidad de arreglarle la vida a muchos chiquillos, que es lo que pienso que puedo hacer, vale la pena», dice.

Más de un millón de niños dependen de ella, pero también el legado del primer alcalde progresista en más de dos décadas. Bill de Blasio, que en los años 80 trabajaba en una ONG llamada El Quixote y fue voluntario en Nicaragua, ha puesto la educación pública y la lucha contra la desigualdad en el centro de su mandato.

El Nueva York de De Blasio no gira en torno al Manhattan que Michael Bloomberg y Rudy Giuliani convirtieron en un parque de atracciones para multimillonarios. Fariña forma parte del Brooklyn de inmigrantes que reclama la autenticidad de la ciudad, con una vuelta hacia esos pequeños grandes habitantes venidos de otras tierras, como su propio padre. Adolfo Guillén era un carpintero de Sada (La Coruña), un simple hijo de pescadores que huyó de la Guerra Civil y conoció aquí a otra gallega recién exiliada con la que se casó y tuvo tres hijos. Carmen, su primogénita, se convirtió en la primera de la familia en ir a la universidad, porque su padre siempre sostuvo que el camino hacia el sueño americano era «estudiar, estudiar y estudiar».

Nadie dijo que fuera fácil. Durante seis semanas la niña no respondió cuando la profesora irlandesa pasaba lista: pronunciaba su apellido de forma irreconocible. Cuando se dio cuenta, Guillén fue a la escuela y la obligó a repetirlo hasta que aprendió a vocalizarlo. En el instituto fue una profesora a la que nunca se lo agradecerá lo suficiente la que la sacó del paquete de alumnos clasificados de inviables para la universidad, y en sus horas libres la ayudó a alcanzar el nivel necesario y a navegar por el complicado proceso de solicitudes. «Como resultado soy la única consejera de Educación que sabe mecanografía y taquigrafía, pero también tiene una carrera universitaria». El día de su nombramiento prometió a todos los niños una maestra como aquella.

Cuando se graduó en la universidad, el orgulloso jefe de mantenimiento del Hospital de la Universidad de Nueva York colgó un cartel en la puerta para que lo viera todo el mundo: «Me he ido a la graduación de mi hija. Nos vemos mañana», recuerda Fariña. «Fue la primera vez que fuimos en familia a un buen restaurante, yo creo que porque quería que todos lo supieran, desde el camarero hasta el dueño».

Los Guillén vivían inmersos en la burbuja española de Brooklyn. La mejor amiga de Carmen era vasca. Su madre, Libertad Carames, nunca llegó a aprender inglés, por lo que el español era el idioma de casa, algo que hoy Fariña agradece enormemente y ha inculcado a sus hijas y nietos, a los que lleva sin falta a veranear a su piso de Sada, donde cada cinco años se reúnen más de 300 miembros de la familia. Adolfo Guillén siempre se encargó de enviar una parte de su sueldo a España, «y si se compraba un vestido para mí, había que comprar otro para alguna de mis primas». Hoy, dominicanos, puertorriqueños y brooklynianos de todas las razas la citan por igual como una de los suyos, pero ella se siente «totalmente española».

Los debates durante la cena

A sus 70 años, Fariña todavía es un torbellino de energía y determinación a punto de revolucionar más de 1.800 colegios. En los años 90 convirtió la escuela que dirigió en el Alto Manhattan en una de las diez mejores de la ciudad. Después extendió sus métodos a las de Brooklyn y en 2004 el consejero de Educación Joel Klein la nombró su adjunta, pero los planes de la administración Bloomberg eran someter a los colegios a exámenes estandarizados con los que determinar cuáles cerrar. Fariña dimitió a los dos años. La filosofía Bloomberg anulaba la creatividad y la libertad de pensamiento que su padre le había inculcado. «Memorizar puede servirte para aprobar exámenes, pero pensar te servirá para navegar por la vida», le decía.

Había planeado dedicarle la vejez a sus nietos bajo el sol de Miami, donde su marido, Antonio, también hijo de emigrantes gallegos, esquiva estos días el invierno neoyorquino. Hasta que De Blasio, con el que trabajó en los colegios de Brooklyn, se empeñó en que fuera su consejera de Educación y estuviera a cargo del 40% de los funcionarios de la ciudad. «Bill es un hombre al que puedo seguir», dice.

En las primeras dos semanas ha visitado diez colegios. Está en busca de quince escuelas para niños de entre 11 y 14 años, la edad más difícil, que pueda presentar como modelos para que el resto aprenda de ellas. Cuando se anuncia su visita, los maestros suelen aleccionar a los alumnos para darle buena impresión, pero a menudo logran lo contrario. «Lo que yo busco son chiquillos que hablen entre ellos. Cuando los veo a todos firmes y calladitos no me interesa la escuela. Si los niños no hablan no están aprendiendo. Si estás todo el día escuchando a alguien después de un tiempo ya no pones atención. Las escuelas tienen que ser sitios de opinión, centros de discusión donde cada uno exponga diferentes razonamientos».

Eso también se lo enseñó su padre. A Guillén lo sacaron del colegio a los 8 años, pero conoció mundo trabajando en trenes y barcos. Tenía una gran curiosidad intelectual, seguía las noticias con atención y era un ávido lector, capaz de recitar lo mismo a Hemingway que a Rosalía de Castro. La cena era el lugar de debate que ella quiere ver en las escuelas. Fariña no olvidará nunca el día en que la profesora de Historia explicó la Guerra Hispanoamericana. Cuando llegó a casa y le contó a su padre que los españles hundieron el Main en la bahía de La Habana, Guillén montó en cólera, como la monja al día siguiente, cuando ella volvió a clase reclamando que fueron los estadounidenses para quedarse con Cuba. «Tienes que aprender a pensar por ti misma, no a repetir como un papagallo lo que te digan en clase». Y la Guerra Civil española, mejor aprenderla leyendo Por quién doblan las campanas que en los libros de texto, le dijo su padre.

Como todo lo que le enseñó el gran héroe de su vida, Fariña lo inculca en el sistema educativo. «En Nueva York tenemos la suerte de que nos sobran opiniones y podemos pensar libremente de muchas maneras distintas. No sé si podría vivir en cualquier ciudad de EE UU, pero aquí me siento muy cómoda, porque todas las opiniones cuentan. En Europa se está perdiendo el respeto a las opiniones ajenas».

Con ella vuelven las Humanidades. Bajo su tutela, la poesía, el arte y la historia, su favorita, «porque no puedes entender el mundo sin entender la historia», ya no serán las hermanas pobres de las matemáticas y la ciencia. Cuando va a Madrid no se pierde una visita a El Prado o al Museo Sorolla , como los turistas en Nueva York no se saltan el Moma o el Metropolitan . ¿Por qué sus estudiantes van a ser menos? «En España no hay ningún chiquillo de la edad de mis nietos que no haya ido a algún museo o algún teatro, y yo vengo con la ilusión de que aquí sea igual», se ha propuesto. «En Nueva York el teatro y los conciertos son para gente de dinero y no tiene que ser así. La semana que viene vamos a anunciar un programa por el que los chiquillos irán a los museos los jueves de 4 a 6».

Es solo el principio. Su estrategia es la colaboración, extender a toda la sociedad el reto de contribuir a la educación de los niños, desde los museos, a los teatros, las empresas, los hospitales, las bibliotecas ... «Y por ahora están encantados de que se les pida, ésta es una sociedad acostumbrada a hacer cosas por los demás».

Gravar a los ricos

Esa filosofía solidaria que algunos tachan de socialismo europeo es la que aplica De Blasio para el programa estrella de su campaña, gravar a los ricos para poner en marcha un programa universal de educación preescolar. Fariña suspira, consciente de la polémica. «Yo preferiría que no usaran la palabra ricos para esa categoría (de quienes ganan más de medio millón de dólares al año), porque yo misma estoy en ella», admite. «Prefiero decir que todos los ciudadanos tienen la obligación de ayudar a otros, que asusta menos a la gente». Entre su pensión de 208.596 dólares y su salario de 212.614 hay quien la cree más cercana a ese 1% de privilegiados que al pueblo al que pretende ayudar, pero ella recuerda que en cualquier firma de Wall Street «mi sueldo no sería nada», por lo que reclama para los profesores una compensación acorde a su responsabilidad. «Aunque no nos guste, la gente te juzga por lo que ganas, y los que trabajan en escuelas u hospitales deberían ganar más que los que trabajan en Wall Street que no me oiga mi yerno».

Adolfo Guillén no cabría en sí de orgullo. Cuando ella era directora de escuela iba a todas las juntas para poder decir a los padres «ésa es mi hija». Hoy Fariña quiere extender el sueño de ese emigrante gallego al millón de padres que también proyectan en sus hijos la ilusión de una vida mejor a la sombra de la Estatua de la Libertad.

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