El cazador cazado

Brillante polemista y excelente conversador, el sociólogo José Ignacio Wert, con sus desplantes y sus recortes en Cultura, se convierte en el ministro peor valorado de la democracia

JULIÁN MÉNDEZ
José Ignacio Wert Ortega ministro de Educación, Cultura y Deporte./
José Ignacio Wert Ortega ministro de Educación, Cultura y Deporte.

Como el cazador cazado. En ese estado de estupor vive inmerso estos días José Ignacio Wert Ortega (Madrid, 1950), el ministro de Educación, Cultura y Deporte del gabinete Rajoy. El sociólogo Wert, fundador de Demoscopia y ligado a Sofres, la empresa dedicada a la medición de audiencias, es un especialista en estados de opinión e imagen política, en prospecciones y encuestas, en catar el estado de ánimo de un país al peso. Por eso, el 2,49 que cosechó el ministro Wert en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha debido de hacerle mucha pupa. Y, aunque de la estadística se diga también que es el arte de mentir con números, la calificación ha hecho mella en quien fuera en tiempos subdirector técnico del CIS. Wert, un genio manejando tasas y medias ponderadas, ha sido herido por sus propias armas.

Esa nota, la más baja cosechada nunca por un ministro de la democracia, incluso por debajo de su denostada antecesora en el cargo, Ángeles González-Sinde (2,58 en octubre de 2011), se explicaría en parte por el trapío del morlaco que le ha tocado lidiar.

Ahí es nada subir el IVA de todos los espectáculos culturales, enfrentarse a los internautas y a la piratería digital, poner en tela de juicio el modelo de educación diferenciada, pechar con la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, con el incremento en los ratios de alumnos por clase de cerca del 20% y con la supresión de plazas de profesores. Por si fuera poco, y tras explicar que no entiende qué es eso del IVA, Wert ha propuesto, a golpe de decreto ley, unos recortes por valor de 3.700 millones de euros en todo lo referente a la educación, la cultura y el deporte. A los pocos días de su nombramiento, los rectores le dieron plantón y el Sindicato de Estudiantes le dejó con la palabra en la boca. A ese ritmo, uno cosecha cualquier cosa... menos amigos.

Y es curioso, porque Wert, dicen quienes le tratan, es el invitado que cualquiera desearía sentar a su mesa. «Wert es brillante. Una persona que nunca te deja indiferente», asegura, arrebolada, una amiga socióloga y alto cargo del PP. Claro que, en los tiempos que corren, uno no sabe si eso es bueno o malo. Erudito y gran conversador, pellizcado por el don de la ironía y con un gran sentido del humor, Wert es capaz de intercalar en su discurso con absoluta naturalidad citas de corrido de autores en inglés, francés y alemán... y dar por supuesto que su interlocutor las reconoce ¡y las entiende! Políglota acostumbrado a empaparse de un idioma en unas pocas sesiones, el ministro Wert también habla catalán... y no solo en la intimidad, como ha demostrado hace poco al pronunciarse en ese idioma sobre la lengua que se habla en la Franja, en la frontera entre Aragón y Cataluña regada por el Matarraña.

Tal vez esa misma brillantez, el tratar de regalar un titular en cada aparición, le está costando muy cara en un país donde, si tocas a los culturetas entronizados por las subvenciones o cabreas a los internautas, corres el riesgo de provocar un nuevo motín de Esquilache. Nada más lejos del ánimo del ministro, un hombre sosegado y propietario de un apellido que se escribe muy fácil; hagan la prueba: todas las letras están seguidas y en orden a la izquierda, en la primera línea de un teclado Qwerty...

Wert está divorciado y tiene dos hijos. Su actual pareja es Edurne Uriarte, comentarista y catedrática de Ciencia Política en la universidad Rey Juan Carlos de Madrid, antigua profesora en la UPV y a quien ETA intentó asesinar el 18 de diciembre de 2000 colocando una bomba en el ascensor de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación del campus de Leioa (Vizcaya), donde daba clases.

El ministro de Cultura, asiduo visitante y buen conocedor del País Vasco, lo es ahora en especial de la comarca de Mungia, de donde es oriunda Uriarte. «Aún en los años más duros, a Wert le gustaba Euskadi. Es abierto de mente y, en aquellos tiempos, tenía mucha curiosidad por entender la política vasca», apunta uno de sus interlocutores entonces, con quien compartió mesa y mantel en el Martín Berasategui, el tres estrellas Michelin de Lasarte, que el ministro, bon vivant y de buen paladar, apreció en todo lo que vale. «No es un hombre pedante; al contrario tiene bastante coña y es muy divertido», le retratan.

Perejil de todas las salsas, astuto polemista, curioso y hombre de mente muy abierta son los adjetivos con que sus conocidos tallan la personalidad del político peor valorado de España en este verano de 2012. Barómetro a barómetro, además, la puntuación de nuestros representantes cae y cae hasta asomarse ya a fosas abisales. Para soportarlo, hace falta valor.

Antepasados mineros

Wert lo tiene, y no solo tras su paso por las milicias universitarias donde lució el cordón naranja de los economistas. El apellido Wert, una palabra alemana que significa justamente valor, lo ha heredado el ministro de sus antepasados, llegados en el siglo XVIII a las onubenses minas de Río Tinto para poner a punto el drenaje de las galerías de donde se extraían las piritas, que se exportaban a Inglaterra para la obtención de cobre. Estudiante del colegio de los marianistas de El Pilar de Madrid, donde se han formado, entre otros, José María Aznar, Alfredo Pérez Rubalcaba, Pío García Escudero, Alberto Cortina y Alberto Alcocer, Fernando Savater, Luis María Anson, Juan Luis Cebrián o el actor Jorge Sanz, Wert arrastra fama de empollón y de coleccionista de premios escolares. Partidario de premiar el esfuerzo, y defensor a ultranza de la cultura de la superación, desde su actual puesto, Wert defiende la necesidad de las notas, de la evaluación, de los suspensos y las matrículas de honor. Del palo y de la zanahoria, vamos. «En España hemos dejado de lado la cultura de la evaluación. La excelencia apenas tiene recompensa simbólica. No puede ser que al empollón se le considere un friki», clama este hombre que ha sido capaz de recomendar a los músicos que cobren menos por los conciertos y que sugiere a las empresas culturales que asuman parte del incremento del IVA y se aprieten el cinturón. Con un par.

Protaurino y madridista

De verbo graneado y sin pelos en la lengua, el ministro Wert confía que es un fanático de la limpieza y del orden, que le gusta el cine y la televisión (por deformación laboral, se entiende), viajar y una buena mesa con su correspondiente sobremesa bien parlada. Fan de Adele y de Russian Red («y no solo porque sean de derechas, que también»), madridista acérrimo, pelea con una hernia que le impide jugar a tenis, su deporte favorito. A cambio intenta llevar una vida sana (todo lo que le dejan los conciliábulos y cenáculos madrileños) caminando deprisa, andando en bici y echando unos largos en la piscina siempre que tiene ocasión. En el despacho viste de Armani Collezioni, a unos 1.200 euros el traje, y con llamativas corbatas.

Licenciado en Derecho y sociólogo, Wert presente un denso currículo que pasa por las aulas universitarias, la fundación de Demoscopia y la presidencia de Sofres (luego CNS). Se estrenó en política en las filas de UCD para recalar más tarde en el Partido Demócrata Popular, siglas que casan bien con su sempiterno espíritu democristiano. Más adelante fue consejero delegado de la comercializadora de publicidad de Prisa y trabajó para el BBVA como director de Relaciones Corporativas, adjunto del presidente Paco González. Protaurino, ha sido tertuliano de la Ser y columnista de Prensa.

Ahora, cuando los truenos retumban sobre su cabeza y le recuerdan de proa a popa que invertir en cultura es preparar el futuro, Wert afila su sentido del humor y recurre a alguna cita de Max Weber, su sociólogo de cabecera, el mejor paraguas mientras espera a que escampe. O, si no, se consuela con uno de sus dichos castizos: «de la quema no se salva ni Blas». Donde a Wert le toca ser Blas, claro.

PEOR QUE SOLCHAGA, ANA PALACIO Y SINDE

Los 2,49 puntos con que los ciudadanos han valorado la gestión del ministro Wert constituyen la nota más baja alcanzada nunca por un ministro desde que el CIS realia estos barómetros (noviembre de 1983). Hasta ahora, el ministro peor puntuado era Carlos Solchaga, titular de Economía con Felipe González, y a quien, en diciembre de 1992, le cayó un 2,54. Solchaga acababa de devaluar la peseta un 6%, había 2,8 millones de parados y la economía crecía menos del 1%.

A Ana Palacio, ministra de Exteriores en el gabinete de José María Aznar, la suspendieron con un 3,05 en abril de 2003. Claro que ese 19 de marzo, EE UU atacaba Irak con el activo respaldo de España. Las masivas movilizaciones contra la intervención influyeron a la hora de ponerle nota.

Yla tercera peor nota, hasta ahora, la poseía una colega de Wert, Ángeles González-Sinde (2,55 en abril y 2,58 en octubre de 2011). Una posible explicación a tanta inquina contra los ministros de Cultura tiene que ver con las medidas antipiratería: gran parte de los entrevistados que les conocen estarían en su contra y los calificarían con un cero patatero.

Esas cifras no tienen parangón. Ejemplos: en junio de 1995, Narcís Serra obtuvo un 2,7, y, el hoy ministro Miguel Arias Cañete, un 3,2 en abril de 2003, cuando ocupó por primera vez Agricultura. Pero es que en octubre de 2009, Bibiana Aído, sobre la que caían carros y carretas a cuenta de su Ministerio de Igualdad, era valorada con un 3,38 por los españoles mientras que Leire Pajín, controvertida ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, rondaba también las más bajas calificaciones con un 2,95 en julio de 2011. Aún lejos del 2,49.

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