"Lo difícil es no escribir poesía en Málaga"

Álvaro García dialoga con Teodoro León Gross en un paseo de Príes a Reding

TEODORO LEÓN GROSS
El poeta Álvaro García, en el balcón de su casa.:: Álvaro Cabrera/
El poeta Álvaro García, en el balcón de su casa.:: Álvaro Cabrera

El territorio del poeta Álvaro García puede verse desde el balcón de su casa sobre la Avenida de Príes, con el telón de fondo de unas villas de Strachan a la sombra de la araucaria imponente que marca el mediodía sobre la Fuente de Reding, y ese es el territorio de su libro Canción en blanco, último Premio Loewe: del Hotel California a El desfile de Venus, entre la Cañada de los Ingleses, el viejo Hotel Miramar, el Cementerio Inglés, el Palacio de la Tinta, las acera de naranjos»Es un barrio que se parece mucho a lo que yo querría escribir». El poeta hace su territorio, y el territorio hace su poeta.

«Málaga es una predisposición poética. Lo difícil es no escribir poesía en Málaga».

El territorio se sugiere desde los primeros versos del libro: «De este hotel junto al mar». Y ese hotel al final de la avenida lema del libro a concurso es el California con su neón camp del sombrero mexicano, icono de ese estilo relax tan característico de Málaga. Pero el territorio poético no es un territorio físico: «La política y el urbanismo quieren realizar la ciudad; y a la poesía le conviene irrealizarla, volverla etérea». El escenario se diluye en una cartografía simbólica: los jardines de San Jorge con sus rosas arrugadas de agua, la avenida sobre la que llueve, las montañas donde se pierde un avión, el cementerio cercano en los que se adivina Monte Sancha, el Cementerio Inglés o el Paseo de Reding que ya aparecía en su primer libro, premio Hiperión, e incluso pudo titularse así de no interponerse la confusión con la cárcel de Oscar Wilde y la parodia de Maiakovski.

Hay una elegancia europea en este barrio «está el espíritu de los hispanistas ingleses y alemanes» como en la poesía, alejada del casticismo noventayochista, de este traductor de W.H.Auden, Philip Larkin, Ferlinguetti o Ruth Padel. Ahí encaja aquello que decía Salvador Rueda: «Málaga es inglesa y mora; y también es andaluza». El adverbio como enseguida anota Álvaro García es demoledor. En definitiva lo andaluz es secundario en el genoma de esta ciudad donde late un viejo cosmopolitismo refractario al aldeanismo de la Andalucía interior que ha contaminado esta ciudad marítima y mestiza. «Ese espíritu británico se aprecia en los poemas de José Antonio Muñoz Rojas, lector en Cambridge, o de Alfonso Canales y María Victoria Atencia, incluso del propio Manuel Alcántara que es un gentleman». Y también está en Canción en blanco, un libro extraordinario de quinientos versos con el que concluye la trilogía de Caída (2002) y El río de agua (2005), rarezas en un país sin tradición de largos textos poéticos.

«Los malagueños muchas veces nos definimos porque no queremos ser malagueños», dice Álvaro García sobre esa impronta abierta antilocalista; pero a la vez confiesa el imán de la ciudad: «Málaga es letal, como decía Bola Barrionuevo; al ofrecerte algo tan bonito, tan sugerente, te impide romper con ella». Él mismo, tras haber vivido en Londres, Sevilla y Madrid, siempre regresa a este lugar, a enseñar estrategia literaria en la Universidad y escribir en esta casa donde García Márquez pudo haber exclamado «¡aquí debió inventarse la luz!» como aquella mañana de 1968 al despertar y abrir su balcón a pocos metros de éste.

«Esto es una maqueta del paraíso» dice parafraseando a Aleixandre. «Así que quizá el barrio me ha perjudicado; porque de aquí no se puede escapar.

La cartografía sentimental de este barrio romántico es parte no ya del poema sino del poeta; y el poeta es parte del lugar. Álvaro García siempre enfatiza con convicción: «La naturaleza de Málaga, la luz, el ritmo del vivir, es contraproducente para la economía pero es magnífica para la poesía». Cómo discutírselo.

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