Llevados por el viento

Obra total, mítica, grandiosa y un referente del cine de Hollywood. Así es la inmortal película de David O. Selznick, de cuyo estreno se cumplen 70 años ANIVERSARIO

En la riqueza y en la pobreza. Los protagonistas de la película, Escarlata y Rhett, en uno de los fotogramas más recordados. ::                             SUR/
En la riqueza y en la pobreza. Los protagonistas de la película, Escarlata y Rhett, en uno de los fotogramas más recordados. :: SUR

Hay películas icónicas e inolvidables que forman parte de la memoria de la humanidad. Hay películas con personajes, lugares, imágenes y diálogos que se recuerdan aunque no recuerdes haberlos visto ni oído. Hay películas que se convierten en fenómenos irrepetibles que superan lo meramente cinematográfico. Hay películas cuya leyenda comienza antes de su estreno, y, después, lo único que sucede es que esa leyenda crece arrastrada por el viento de los años y las emociones. 'Lo que el viento se llevó', o mejor, 'Gone With The Wind', es una de esas películas. O, tal vez, habría que matizar que se trata de la película por antonomasia para el cine de Hollywood y para millones de espectadores de todo el planeta, cautivados por el paraíso perdido de Tara, la aventura de Escarlata O'Hara y Rhett Butler, dentro del contexto bélico de la Guerra de Secesión americana, que acabaría con ese honorable Sur de caballeros y esclavos, en una historia fascinante donde se mezcla costumbrismo y épica de un modo orgánico extraordinario.

La historia de 'Lo que el viento se llevó' -de la que se han escrito numerosos libros y artículos- empieza años antes del rodaje, en 1936, cuando Kay Brown, del departamento literario de Selznick, recomienda con fervor la compra de derechos para adaptar la novela de Margaret Mitchell, todavía sin publicar, pero que se convertiría en un best seller. Al principio, el poderoso Selznick se mostró receloso de hacerse con los derechos de la novela por 50.000 dólares -una cifra alta para la época-, sin embargo, cuando otras grandes productoras como la Warner y la Metro se interesaron, optó por adquirirlos, por si luego se tenía que arrepentir. No tuvo que hacerlo. En cuanto salió, el libro fue un éxito de ventas, y la adaptación de éste pasó a ser un acontecimiento social sin precedentes, en el que todo el mundo opinaba y las revistas hacían encuestas sobre los actores y actrices que protagonizarían el filme.

El primer problema era escribir un guión que captara el esplendor de la extensa obra de Mitchell. Sidney Howard fue el elegido para llevar a cabo la complicada empresa. Pero el guión que escribió no convenció a Selznick, que estaba obsesionado con el proyecto tras sus inicios titubeantes. Así, el impulsivo productor contrató los servicios de otros guionistas -hasta doce, entre ellos Ben Hecht y F. S. Fitzgerald- a fin de que reescribieran la versión de Howard.

Búsqueda de Escarlata

Mientras se perfilaba la versión definitiva del guión, Selznick contrató a George Cukor para que empezara las pruebas de reparto. La novela había alcanzado tal popularidad que el casting se convirtió en una cuestión nacional. Se realizaron pruebas a numerosas aspirantes. Desde stars consagradas como Jean Arthur, Tallulah Bankhead, Irene Dunne, Claudette Colbert, Carole Lombard, Paulette Goddard -la favorita de David O. Selznick para el papel de Escarlata-, etc., hasta actrices poco conocidas entonces y que luego serían estrellas, como Lana Turner o Susan Hayward. También se barajaron los nombres de Bette Davis y Katharine Hepburn, pero éstas se negaron a la humillación de las pruebas. En realidad, Cukor, amigo de Hepburn, la quería en el papel, pero Selznick, que controló cada uno de los aspectos de la producción, se negaba, aludiendo que primero tendría que sacar su feminidad. Para los curiosos, algunas de estas pruebas están incluidas en los extras de la versión de coleccionista del filme. Y entonces llegó 'Ella', porque, como afirmó Terenci Moix, «sólo una cosa es cierta: ninguna otra actriz podría haber igualado a Vivien Leigh en su personificación de Escarlata». Aquí la leyenda de Hollywood y la historia oficial se ayudan o se hacen cómplices: se cuenta que Vivien Leigh estaba en Hollywood de visita acompañando a su amante Laurence Olivier, que rodaba 'Cumbres borrascosas', cuando fue a visitar con su agente, Myron Selznick -hermano de David-, el decorado de la película, de la que se empezaban a rodar algunas escenas, como la del incendio de Atlanta -aunque ni el guión ni el reparto se habían cerrado todavía-, e iluminada por las llamas de esa secuencia memorable, Myron le dijo a su hermano: «Te presento a Escarlata». En realidad, estas anécdotas forman la leyenda gloriosa de Hollywood, puesto que ya se habían realizado negociaciones y Vivien aún tuvo que pasar una prueba final junto a Paulette Goddard, Joan Bennet y Jean Arthur.

El público decide

Ronald Colman era el candidato principal para dar vida al socarrón e irónico Rhett Butler. Pero el público, al leer la novela, había identificado al personaje con Clark Gable, y únicamente estaba dispuesto a aceptar al actor de la Metro. Selznick trató de convencer a Louis B. Mayer para que le cedieran a su estrella, pero el presidente de la Metro se negó, por lo que se barajaron otros nombres como el de Errol Flynn, Gary Cooper o Fredric March. Sin embargo, la presión popular crecía. «O Gable o nada», se podía leer en titulares de la época, así que Selznick tuvo que negociar con Mayer, ofreciéndole una gran cantidad de dinero y la distribución de la película. Cuando todo parecía solucionado, Clark Gable rechazó encarnar al personaje. «Pensé que la gente tenía una idea muy clara de cómo querían ver a Rhett Butler, y si veían algo poco convincente les vendría a la mente el personaje del libro». Sólo las presiones de la Metro, que obviamente defendía sus intereses económicos, lograron convencer a Gable para que aceptara el papel. El resultado no pudo ser mejor, pues aunque no se llevara el Oscar, que obtuvo Robert Donat por 'Adiós Mr. Chips', contó con el favor unánime del público.

Brillantes secundarios

El esplendor de las interpretaciones de los protagonistas se hace extensible al resto del reparto. La complicada actuación de Olivia de Havilland, como la bondadosa Melania Hamilton, en uno de esos papeles difíciles de olvidar por su transcendencia humana, y que tenía todas las papeletas para caer en la cursilería; la interpretación de Leslie Howard, que compuso el retrato del joven pusilánime Ashley Wilkes -aunque tenía 47 años-, el amor de Escarlata y marido de Melania, que reveló su desprecio hacia su personaje y que declaró que fue el único que no leyó la novela de Margaret Mitchell; sin olvidar a la tierna e impagable criada de Escarlata, la actriz Hattie MacDaniel; o al entrañable padre de la heroína, el gran actor Tomas Mitchell; o los breves pero fundamentales momentos de Ona Munson, dando vida y humanidad a la prostituta Belle Watling. Fue un reparto iluminado que brilla -y seguirá brillando- entre las lúgubres imágenes de esta superproducción que refleja, con los mejores elementos melodramáticos, un mundo que se desmorona por la insensatez de la guerra y unos deseos que hieren los espíritus.

Sin duda alguna, los ciento cuarenta días de rodaje estuvieron a la altura de la película. No podía ser de otra manera. George Cukor empezó a filmar pese a que no estaba satisfecho con la versión definitiva del guión que le había dado Selznick. De modo que le plantó al productor un ultimátum: o retomaban el texto de Sidney Howard o abandonaba el rodaje. A esto se unían otras dos circunstancias: las continuas quejas de Clark Gable, que no se sentía nada cómodo con la dirección de Cukor -«un director de mujeres»-, aludiendo que lo marginaba; y la insatisfacción de Selznick al ver el material filmado por el cineasta. Evidentemente, había otros motivos, desde los personales a los celos egocéntricos de las estrellas, sobre lo que existen todo tipo de rumores y anécdotas que suelen contradecirse en muchos de los casos. Selznick decidió cambiar a Cukor. Quería más acción, más carga melodramática, más intensidad sin tanta sutileza estilística marca Cukor. Se barajaron varios nombres: Jack Conway, King Vidor, pero finalmente el elegido fue Victor Fleming, que acababa de rodar 'El mago de Oz', y que además era amigo de Gable. Ahora bien, entre las jugosas historias del rodaje, se decía que Cukor continuó dándoles instrucciones a las actrices, a pesar de que ya había iniciado el rodaje de 'Mujeres'. Victor Fleming volvió a filmar algunas escenas ya rodadas por Cukor. Con el nuevo director Selznick encontró lo que buscaba. Sin embargo, Fleming le insistió al exigente productor que se hicieran con el original guión de Howard. Esta vez, David O. Selznick no tuvo más remedio que aceptar. Así, el rodaje siguió su curso, aunque no sin inconvenientes. Y es que Selznick constantemente daba indicaciones a Fleming, exprimiéndolo sin descanso, lo que le generaría una crisis de ansiedad, siendo sustituido en seguida por Sam Wood. Al llegar a los oídos de Fleming el buen trabajo de Wood, éste decidió regresar, lo que le valió ser el único director acreditado en un filme grabado en la memoria colectiva. No sólo por sus eternos personajes, por sus frases -«A dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre» -, por las emociones que transmite sino por un conjunto de elementos combinados por Selznick con obsesivo entusiasmo: desde el majestuoso diseño de producción de William Cameron Menzies a los acordes de 'Tara's Theme' compuesto por el insigne Max Steiner.

La obra de Selznick

Y sí, en 'Gone With The Wind' está la personalidad pasional y acumulativa de ese productor ejemplar para la crítica francesa, David O. Selznick, capaz de arriesgar su dinero y de ceder parte de los porcentajes para contar con Gable y hacer las cosas como él las entendía y las sentía, a pesar de que a veces los resultados podían ser discutibles. Posiblemente, sin la sensibilidad y la visión extravagante de Selznick no estaríamos hablando después de setenta años de la obra maestra que es 'Lo que el viento se llevó'. En sus memorias Michael Powell definió como nadie a Selznick: «Pensaba a lo grande, hablaba a lo grande, pero no tanto como creía. Nunca tuvo el valor de dirigir por sí mismo una película, prefiriendo pasarse horas, días enteros dictando memorándums para explicar a otros cómo dirigir (.). Al sustituir a Cukor, un sutil realizador y verdadero diplomático, por Fleming, inmenso personaje apasionantemente romántico (.) Selznick se complicó la tarea». Quizá ése es un rasgo de éste y de otros productores como Goldwyn, pero a Selznick siempre le quedará el impulso y la emoción que derrochó en 'Lo que el viento se llevó'.

La premiére de la película tuvo lugar en Atlanta el 15 de diciembre de 1939. La ciudad se dejó llevar por el viento de aquel aroma memorable que congregó a Hollywood al completo y a las pudientes e influyentes familias de Estados Unidos. El éxito fue rotundo y creció a medida que se estrenaba en el resto de los estados americanos. Luego llegaron los Oscar, donde logró trece nominaciones y diez estatuillas y muchos otros premios y reconocimientos. Aunque el mayor de todos continúa siendo verla: escuchar esa pegadiza e imborrable música de Steiner, mientras aparece en pantalla David O. Selznick tiene el honor de presentar en technicolor la adaptación de Margaret Mitchell sobre una historia del viejo Sur. E, inmediatamente, el título 'Gone With The Wind' apareciendo de derecha a izquierda. Y, sí, desde el comienzo, se establece el tono, estilo, coordenadas de que vamos a ver una gran epopeya, una historia épica de colores saturados, prototipo de cine popular romántico, trufada de imágenes míticas -la primera vez que Rhett observa a Escarlata subir las escaleras de los Doce Robles-, de diálogos que no hace falta aprenderse porque se quedan en la memoria -«Pensar que he amado algo que ni siquiera existe» o «Realmente mañana será otro día» -, porque, la película, además de contar una fastuosa historia, también capta (y traslada) la vida de esos personajes con tal energía que uno, mientras la ve, parece estar dentro de esa mansión colonial, de oír la respiración de Escarlata, de notar el esplendor de aquello que una vez fue y ya no volverá a ser llevado por el viento.