El Hospital Materno detecta cada mes trece casos con indicios de maltrato a niños

El sistema sanitario notifica a la Fiscalía los hechos en que los menores hayan podido sufrir agresiones físicas o psíquicas Los profesionales tienen un protocolo para descubrir esa violencia

ÁNGEL ESCALERAMÁLAGA
Los médicos disponen de un protocolo por el que                               informan a las autoridades de los casos sospechosos de maltrato. / SUR/
Los médicos disponen de un protocolo por el que informan a las autoridades de los casos sospechosos de maltrato. / SUR

Cualquier tipo de violencia es repudiable, pero la que sufren los niños es especialmente sangrante, por su indefensión ante los adultos que cometen la agresión. El Hospital Materno detecta mensualmente trece casos de un posible maltrato a pequeños. A lo largo del año pasado los profesionales de ese centro hospitalario realizaron 163 informes de sospechas de malos tratos a niños, que fueron enviados a la Fiscalía para que investigase los hechos y comprobase si había habido algún comportamiento sancionable o no. En el primer semestre de 2009 se redactaron 83 informes de esas características, indicaron ayer a este periódico fuentes del Hospital Regional Carlos Haya, al que pertenece el Materno Infantil.

Los menores son víctimas propiciatorias y desvalidas ante la violencia por parte de las personas cuyo deber, precisamente, es atenderlos y garantizar que reciben los cuidados que necesitan. Aunque las heridas o fracturas son las que más se notan y causan una mayor alarma social cuando se descubren, las agresiones psíquicas o la negligencia a la hora de asistir a los pequeños también originan secuelas, que en algunas ocasiones son graves y les marcan de por vida.

Los médicos, cuando aprecian indicios de que un niño padece algún tipo de violencia, informan a la Fiscalía de Málaga para que esta sea la que investigue los hechos y determine si realmente hay algún comportamiento anómalo o no.

Prevenir antes que curar

En ocasiones, tras analizar con detenimiento las circunstancias que rodean al menor, se considera que no ha habido ninguna actuación punible. Los expertos consideran que es mejor prevenir que curar, es decir, que cuando existen sospechas de que el niño puede ser objeto de agresiones lo mejor es denunciarlo, ya que de no hacerlo se podría causar un grave perjuicio al afectado, que seguiría recibiendo golpes, insultos y desatención durante mucho tiempo.

Una de las misiones de los médicos es garantizar una atención adecuada de los pequeños. Por tanto, se esfuerzan en detectar lesiones cuya causa sea un maltrato físico, así como descubrir una malnutrición, la falta de higiene o el descuido de las personas encargadas de velar por los pequeños. De ese modo, ante la sospecha de una agresión, los médicos hablan con los familiares y les hacen una serie de preguntas para intentar averiguar qué ha sucedido. A veces, las lesiones que presentan los niños son fruto de una negligencia más que de una actitud intencionada.

Protección

Para ofrecer una mayor seguridad a la infancia, las consejerías de Gobernación, Justicia, Educación y Salud elaboraron un informe conjunto para dotar de herramientas al personal sanitario a la hora de sacar a la luz esos casos. La Administración dispone de un grupo multidisciplinar de trabajo, compuesto por pediatras, ginecólogos, psicólogos, trabajadores sociales y educadores, en el que colaboran miembros del Servicio de Protección al Menor y de la Fiscalía. Su misión es proteger a los pequeños de posibles daños.

Hay una serie de factores de riesgo que favorecen las conductas agresivas contra los menores. Estas son más frecuentes en las familias desestructuradas y en los casos de padres con adicciones al alcohol o las drogas. Cuando el maltrato es continuo, el niño llega a pesar que se merece el castigo, porque es muy malo, lo que hace que acabe justificando la conducta de sus padres o familiares. Se cree que él es responsable de las agresiones que sufre o del poco cuidado que su familia le presta. Eso le va minando psicológicamente y le deja una huella que se mantendrá en su vida adulta.