Elena Laveron, artista: La autora que sacó el arte a la calle

Nací en Ceuta en 1938 / Mis esculturas decoran ciudades de todo el mundo / Vivo en Málaga desde hace más de 30 años / Tuve una infancia nómada en Marruecos / Mi obra está en el Museo Reina Sofía o el Guggenheim de Nueva York

Elena Laveron, artista: La autora que sacó el arte a la calle

E N el jardín que rodea la casa de Elena Laverón conviven sus grandes esculturas de piedra y bronce con toboganes, juguetes y una canasta de baloncesto. «Son las cosas de mis sobrinos nietos...», se disculpa sin mucho convencimiento. Porque a ella no le importa. Al contrario. Piensa, dibuja y esculpe sus obras para que permanezcan cerca de la gente. Así está su 'Marengo' en el Paseo Marítimo Antonio Machado. O su 'Figura de pie en tres módulos' en la rotonda del campus de Teatinos. O cualquiera de sus composiciones que jalonan el Parque del Oeste. Y el rastro sigue hasta llegar a la sede de la Unesco en París o al Crown Pointe en Atlanta (Estados Unidos).

Elena Laverón heredó de su madre el interés y el apellido artístico. «Al principio, a mi padre no le sentó muy bien, pero yo le dije: 'Ya tienes siete hijos que se llaman Álvarez, ¿qué más te da que una se llame Laverón?'», recuerda la escultora. Además, se daba la coincidencia de que, a mediados de los años 50, «había una pintora muy conocida que se llamaba Elena Álvarez». Eso fue en Barcelona, donde Laverón pasó una parte de su juventud. Antes había tenido una infancia itinerante en el norte de Marruecos. «Mi padre fue el último Interventor de Ceuta. Por su trabajo tuvimos que cambiar varias veces de ciudad: vivimos en Ketama, Arcila, Tánger, Alcazarquivir, Larache...». Para Elena Laverón, aquellos fueron unos años «maravillosos». La entrada en la adolescencia le trajo un nuevo traslado, en este caso a Gerona. Allí le fascinó la belleza de las iglesias románicas y góticas y allí también se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge: «Desde pequeña supe que me quería dedicar a la creación artística. Desde muy niña sentí que me divertía mucho y, además, era muy torpe para todo lo demás...», admite medio en broma esta escultora cuya obra forma parte de las colecciones del Museo Reina Sofía, del Guggenheim de Nueva York o de la Hispanic Society.

Una proyección internacional a la que se enfrenta con modestia: «Para mí lo importante es el trabajo diario. Ir al estudio, dibujar, darle una y mil vueltas a los bocetos, crear luego una maqueta, seguir estudiándola y, por último, realizar la pieza definitiva. Aunque siempre creo que una obra nunca está terminada del todo». Ante la mirada de extrañeza, Laverón apostilla: «Tengo una forma de hacer las cosas que no acabo nunca. Realizo un boceto, lo analizo y a veces lo guardo en el cajón. Luego, tiempo después, lo vuelvo a ver, lo retoco, le hago modificaciones... Estudio cada ángulo y lo mismo me sucede cuando realizo la escultura. La coloco en una zona donde pueda ver cómo le incide la luz del Sol en distintos momentos del día y la modifico hasta que encuentro lo que estoy buscando, aunque nunca estoy segura de lo que estoy buscando», prosigue la artista, que tras vivir unos años en Alemania, se instaló en Málaga hace más de 30 años.

Laverón habla en su estudio, un espacio inundado de luz natural, anexo a su vivienda, un lugar en el que los papeles, los libros, las anotaciones y los bocetos comparten espacio con multitud de cajas de vino vacías en las que guarda sus materiales de trabajo. Allí mismo, hasta hace no mucho tiempo, Laverón fundía sus enormes esculturas en bronce.

Al otro lado de la puerta de su taller, en el jardín que rodea al estudio, las enormes esculturas de piedra y bronce de Elena Laverón observan calladas a los visitantes: «Me parece lo más natural del mundo que estén ahí en medio. Siempre he creado mis obras para que estén en contacto con la gente, a pie de calle. Nunca me ha gustado meterlas en una vitrina, aislarlas del mundo. Yo no las hago para eso».

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