Un trabajo no apto para señoritas

Un diccionario rescata del olvido a las pintoras andaluzas del siglo XIX. Su mayor lastre: ser mujeres

REGINA SOTORRÍO| MÁLAGA
Aurelia Navarro. / SUR/
Aurelia Navarro. / SUR

Eran unas enamoradas del arte, trabajadoras y creativas, pero para los circuitos culturales del siglo XIX tenían un gran lastre: ser mujer. No podían acceder a una educación en igualdad de condiciones con el hombre, estaban vetadas en muchos espacios artísticos y su único oficio reconocido era ser buenas esposas. Dedicarse a la pintura como profesional era una frivolidad y una provocación. Pese a todo, algunas mujeres consiguieron labrarse un nombre en su tiempo; otras, sin embargo, cedieron a las presiones y colgaron para siempre los pinceles tras el matrimonio. Ahora, la doctora en Historia del Arte Matilde Torres López -gran aficionada a la pintura- salda una «deuda moral» con estas artistas en el primer 'Diccionario de Mujeres Pintoras en Andalucía, Siglo XIX', editado por la Fundación Unicaja, donde rescata del olvido a más de 300 creadoras. Todas ellas expusieron su obra de forma pública, al menos, una vez.

Saber pintar, como coser o cocinar, estaba bien considerado entre la burguesía y la élite de la sociedad decimonónica. «Quedaba muy bien cara a la galería, pero era una educación de adorno con el objetivo de casarlas mejor», explica Torres López. Ir más allá era salirse de la norma. Y muchas lo hicieron. Movidas por sus inquietudes artísticas, se echaron a la calle para reivindicar su sitio en las academias de Bellas Artes para varones, un movimiento que tuvo especial relevancia en Cádiz y Málaga, como apunta la historiadora malagueña, quien durante siete años ha buceado en archivos y bibliotecas de toda Andalucía.

Primer paso

La lucha fue, en parte, recompensada. Cádiz fue pionera al impartir clases específicas para la mujer en su escuela vinculada a la Academia de Bellas Artes en el curso 1852-1853. A Málaga llegaría años después. En 1879, la mujer entraba por primera vez en la escuela de la Academia de Bellas Artes de San Telmo, por iniciativa de su director Bernardo Ferrándiz. Se instauraba así la 'Clase para señoritas'. Hasta entonces, la educación artística quedaba relegada a la casa o a instituciones privadas, como el Liceo o el Ateneo.

Pero fue un avance limitado. La educación artística para la mujer no llegaría a ser considerada oficial hasta bien entrado el siglo XX. Y las diferencias con la preparación del varón eran considerables. En una época en la que predominaban las grandes composiciones y la pintura historicista en la que la figura humana cobraba protagonismo, las mujeres tenían prohibido acceder a las clases de Anatomía Pictórica. Era indecoroso que una señorita viera un desnudo, algo que lastraría sus creaciones. «Ya no partían en condiciones de igualdad para concurrir a premios y becas», cuenta Torres.

Su estilo era de corte academicista -para no romper con lo establecido- y en sus cuadros ganan terreno los bodegones y los temas florales. «Sólo cuando dominaban la técnica, se pasaban a los temas religiosos», apunta Torres López. No faltan, sin embargo, paisajes, escenas mitológicas y autorretratos.

Las trabas sociales añaden mérito a quienes consiguieron su hueco en el arte. Así por ejemplo, en Andalucía, sólo en Cádiz cuatro mujeres de la época lograron ser reconocidas por una Academia de Bellas Artes (Victoria Martín de Campo, Alejandrina Gessler Shaw, Emilia Enrile y Flores y Ana Gertrudis Urrutia), por supuesto con un mero título honorífico que no les permitía entrar en el claustro ni tener voz ni voto en la institución. La granadina Soledad Enríquez también rompió moldes al ser profesora de la clase de 'Dibujo para señoritas' de la Sociedad Económica de Amigos del País. Otras se relacionaron con los grandes del momento. La rondeña Clara Salazar aprendió de Muñoz Degrain o Martínez de la Vega. Presentó dos cuadros en la Exposición Nacional de Madrid de 1897, la misma en la que un joven Picasso recibía una mención honorífica.

Sin embargo, sus nombres apenas han trascendido al gran público. Quizá no todas fueran genios de los pinceles, como admite Torres López, pero tampoco tuvieron la oportunidad de mejorar o de demostrar su valía. «Siempre estuvieron a la sombra», lamenta la autora.

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