Los latidos contados

Albert Camus se convirtió en mi escritor favorito, no sólo me gustaba su obra, sino su manera de vivir y de morir

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA
. Foto de Camus tomada por Cartier Bresson. / SUR/
. Foto de Camus tomada por Cartier Bresson. / SUR

HUBO un tiempo en el que creía que los seres humanos teníamos los latidos contados y que lo más adecuado para sobrevivir durante el mayor tiempo posible era tomarse la vida con calma y procurar no llevarse disgustos. Cada vez que me alteraba por algo tenía la convicción de que me estaba restando años de vida. Quien más me aceleraba el corazón era la chica que me gustaba. Ella me mataba sin querer. Así que decidí aparcar los sentimientos y dejar que el corazón siguiera funcionando dulce y pausadamente. Esta filosofía me convirtió en un hombre tranquilo por fuera aunque la procesión iba por dentro. Me propuse asumir con indiferencia incluso mis propias desgracias. Fue entonces cuando conocí al escritor Albert Camus, que decía cosas que guardaban bastante relación con mi manera de pensar.

Albert Camus se convirtió en mi escritor favorito, supongo que por mera sintonía tanto con él como con su principal personaje: El extranjero señor Mersault. Camus daba voz por escrito a mis pensamientos y los organizaba. No sólo me agradaba su obra sino también su forma de ser y de morir: Un accidente de automóvil en una recta sin obstáculos. Me sabía su biografía de memoria y también varios párrafos de sus novelas. Me leía todo lo que encontraba de él. Lo convertí en mi hermano. Un hermano mayor que se había plantado a los cuarenta y siete años y no volvió a celebrar nunca más su aniversario. Ahora mismo yo tengo siete años más que mi hermano mayor. El próximo 4 de enero de 2010, Albert Camus habría cumplido 97 años, pero su último latido sonó el 4 de enero de 1960 en una carretera cerca de Le Petit-Villeblevin, va a hacer ahora cincuenta años.

Me gustaba la palabra 'absurdo'. El absurdo lo explica todo y, paradójicamente, todos buscamos motivos racionales para explicar el absurdo que nos rodea. El destino del hombre resulta absurdo porque está obligado a vivir en un mundo que carece de sentido. Cualquier intento de dar sentido a la existencia está condenado al fracaso. A menudo me preguntaba: «¿Para qué vivir una vez que ya se ha asumido que la vida carece de sentido?» Entonces él me respondía por escrito: «Sólo hay un problema filosófico verdadero y este es el suicidio. Valorar si vale la pena vivir la vida equivale a responder el interrogante fundamental de la filosofía». Al final, Albert Camus concluía afirmando que destruirse a uno mismo es una manera de capitular, y añadía: «No hay nada igual al espectáculo del orgullo humano». Él recomendaba seguir una vida de rechazo estoico para acomodarse en ese sinsentido cósmico. Es decir, propugnaba una vida que era una forma de rebelión contra las circunstancias en las que se encuentran todos los seres humanos. Lo cierto es que tanto Camus como el absurdo marcaron definitivamente mi vida. Albert Camus era una buena influencia. Lo fue y lo sigue siendo. Estoy seguro. También fue un hombre bueno. Su extraordinaria talla humana hizo que alguien, cuyo nombre no recuerdo, lo describiera como «un santo sin Dios». Cuando fue acusado por la izquierda francesa de no apoyar al Frente de Liberación Nacional de Argelia, declaró: «Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia». En otra ocasión, comentó a un amigo: «Suceda lo que suceda, te defenderé contra el pelotón de fusilamiento, pero tendrás que estar de acuerdo en la posibilidad de que me disparen a mí».

No sé si Camus o Mersault tenían miedo a la muerte o si de alguna íntima y extraña manera la buscaban. El día antes de morir, Albert Camus dijo: «No conozco nada más idiota que morir en un accidente de automóvil». Al día siguiente sufría un accidente mortal conduciendo su vehículo. ¿Fue realmente un accidente o un salto al vacío, a ese vacío absurdo que nos rodea? Me viene a la memoria el crimen de Mersault, aquel extranjero de sí mismo que se desplazaba por la vida sin razón ni motivo aparente. Recuerdo con nitidez el sentimiento de Mersault en el instante preciso de ejecutar el asesinato: «Entonces todo vaciló. El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara. Y era como cuatro golpes que daba en la puerta de la desgracia».

Los latidos contados de Albert Camus se colapsaron en una carretera francesa cerca de Le Petit-Villeblevin. Quizás fue un accidente o tal vez la incapacidad para expresar los sentimientos. Estamos deseando hablar sin querer, pero controlamos nuestras palabras lo mismo que nuestros latidos. Mersault va a morir. Y entonces dice, digo, como una plegaria, un réquiem: «Yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución hubiera muchos espectadores y que me recibieran con gritos de odio».