Lusitania Express

Mark Twain

ALFREDO TAJÁN
Lusitania Express

E L gélido 21 de diciembre de 1991 me recibió el escritor Joan Perucho en su casa barcelonesa. Conocía la pasión de Perucho por los libros gracias a sus títulos, hilados de citas de ediciones extravagantes, y gracias al poeta Alfonso Canales, otro apasionado bibliófilo, que me había comentado un trepidante 'tour de force' entre ellos para hacerse con la primera edición del 'Manifiesto de los Persas' (1814) No recuerdo el ganador. Lo cierto es que Joan Perucho sabía mucho y después de asombrarme con varias ediciones nacionales y extranjeras, dignas del 'Círculo Masónico de Boldstein', y tras mantener una animada charla, de repente, su rostro palideció, y entonces me pidió que nos acomodáramos en el espléndido sofá Chester color melocotón en almíbar que dominaba su salón, porque iba a relatarme una historia que le había ocurrido hacía la friolera de cincuenta años atrás. Así lo hizo con su clásica y socarrona erudición y con su insuperable vértigo expresivo.

«Estos días vivo sumergido en la redacción de mi novela 'Historias Naturales', me inspiran dos de mis monstruos predilectos, el 'Áurea Picuda y la Avutarda Géminis'. Una madrugada acudí al volumen del científico leridano Antoni Montagut que las clasifica misteriosamente como aves mamíferas tan fieles como caprichosas, cuando detrás del hueco que había dejado aquel libro, en la segunda hilera de un anaquel olvidado, apareció, cuál sería mi sorpresa, un billete de ida y vuelta Madrid/Lisboa en el 'Lusitania Express', fechado el 21 de diciembre de 1941, hace precisamente hoy cincuenta años. Entonces se agolparon en mi cabeza un sinfín de recuerdos que tenía almacenados en una zona del cerebro que no visitaba desde hacía mucho tiempo, quizá los había borrado a propósito y aparezcan ahora gracias a que mis aves hayan reclamado, después de tanto tiempo, un biográfico justiprecio.

Como ustedes saben el 'Lusitania Express' fue una línea mítica de ferrocarril que se inauguró en 1941 cuando Serrano Súñer era Ministro de Asuntos Exteriores de aquel gobierno de Franco que apoyaba al Eje. El 'Lusitania Express' era un tren-hotel que contrastaba en aquella España mísera porque se había planteado para aquellos viajeros cosmopolitas con la billetera repleta que a causa de la guerra no podían pisar ni el Orient Express ni el Transiberiano. El gobierno español también defendió tamaña inversión como una alianza entre las dictaduras de Franco y Salazar: se intentaba fraguar una unión ibérica por si a Inglaterra se le ocurría invadir, desde Gibraltar, la Península.

En aquellas fechas acababa de licenciarme en Derecho por la Universidad de Barcelona donde editaba y publicaba, junto a Néstor Luján y otros, la revista literaria 'Alerta', que se transformó, con los meses, en 'Destino'. A las Juventudes Falangistas Universitarias no le gustaban nuestras publicaciones y un día irrumpieron en la imprenta diciendo que allí olía a masones, secuestraron el número que preparábamos y el cabecilla de aquella escuadra nos aseguró que iba a denunciarnos al Rector para que se impugnaran nuestras licenciaturas. Creí morir víctima de un paro cardíaco o a manos de mi padre cuando se enterara del asunto. Entonces decidí un pacto a la catalana; ¿Qué puedo hacer para que no toméis represalias?, pregunté al líder del escuadrón. Me miró con desprecio, pero observé cómo le brillaban los ojos: «Ya veremos, a lo mejor puedes sernos de utilidad más adelante».

Pasé unos días angustiado hasta que una semana más tarde me dí de bruces en la puerta del Departamento de Filosofía del Derecho con el universitario falangista. Me abordó arrogante: «Perucho, nos olvidaremos totalmente de ti y de tus amigos si esta misma noche partes hacia Lisboa en el 'Lusitania Express'» «Pero...» intenté resistirme, «De peros nada Perucho, esa es la oferta, tú decides». Antes de que pudiera reaccionar, el falangista extrajo un sobre cerrado del bolsillo de su camisa azul y me lo entregó junto con un billete de tren. «Te vas a ir a Madrid ahora mismo y vas a hacer trasbordo en el 'Lusitania Express' a las 22.45. Cuando llegues a la estación lisboeta de Santa Apolonia vas a salir por la Puerta Norte, que allí te estará esperando, con un cartel en el que leerás tu nombre, un tipo que se hace llamar Rafa Bertoni, te diriges a él, le das la mano y el sobre, te das la vuelta, y si te vi no me acuerdo. Regresas de inmediato a Madrid en el siguiente 'Lusitania', que sale a las 16.25 de la tarde»; insistí: «¿Pero qué guarda este sobre?»; el falangista perdió los estribos: «Preguntas ni una, aquí los que formulamos las preguntas somos nosotros, o esto o te denuncio, masón de mierda».

A las 22.45 me encontraba en Chamartín, tendido en la cama de una cabina Gran Clase del 'Lusitania Express', disfrutando de aquel lujo de naturaleza semoviente, baño privado, bombones y chocolatinas en las repisas, y aguardando, además, la espectacular aventura que se iniciaba en el tránsito de la noche. El mundo interior de aquella línea no defraudó mis expectativas: en la coctelería, atractivas damas con boas de nutria enroscadas en los cuellos, escotes generosos y largas boquillas de plata, se confundían con elegantes individuos de distintas nacionalidades que sorbían deliciosos cócteles en copas talladas; poco después, en el coche-restaurante, con lustrosas mesas de caoba, se sucedían los platos de alta cocina, mientras la locomotora se deslizaba a toda velocidad y rebasaba Talavera, Cáceres, San Vicente de Alcántara, Abrantes y Entroncamento. Plagado de espías de ambos bandos, traficantes, militares y diplomáticos, en el 'Lusitania Express' la política internacional se mezclaba con el crimen organizado, lo que, en realidad, venía, y viene, a ser lo mismo.

No pude conciliar el sueño y cuando el tren irrumpió en la estación de Santa Apolonia tenía los ojos como el pato Donald, y así los mantuve para reconocer en la Puerta Norte a un siniestro individuo con mi nombre escrito en un cartel; seguí a rajatabla las instrucciones: me acerqué, me identifiqué, le saludé y le pregunté: «¿Rafa Bertoni?», asintió y nos dimos la mano, hasta ahí todo perfecto, pero en el momento en que le fui a entregar el sobre, el tipejo se negó en redondo y me dijo que le acompañara a los aseos, que allí la operación sería más segura. Fuimos los dos a los asquerosos servicios de la estación de Lisboa, un radical contraste con los impolutos aseos del 'Lusitania Express'. Me extrañó sobremanera que no hubiera nadie; el tipejo entró en un cuarto de baño y dejó la puerta abierta, fui detrás y volví a repetir la operación, le extendí el sobre con la mano aunque a cierta distancia y con la precaución de no acceder al retrete. Entonces me hizo la invitación: «Entre y cierro la puerta»; «No -me negué- coja el sobre y no complique las cosas», «Yo no complico las cosas, eres tú el que las estás complicando»; en ese momento, sentí que el filo de una navaja me rozaba la mejilla, con el siguiente movimiento me había derribado y la hoja de su machete acariciaba mi cuello. «Reza -me dijo- reza porque te voy a rebanar el gaznate».

-No fue así, como ves, Alfredo, he sobrevivido a mi historia.

-¿Cómo lo hizo, cómo se libró del criminal?

-Acudieron a rescatarme mis dos aves predilectas, la 'Avutarda Géminis' y el 'Áurea Picuda', que sin avisar se lanzaron desde los elevados techos de la estación, rodearon a Bertoni y le picotearon la cabeza hasta dejarlo inconsciente.

-¿Pero estas aves no pertenecen al 'Bestiario Imaginado' de Montagut? Es decir, en realidad son fantásticas, no existen.

-No te equivoques, es falso que la realidad supere a la ficción, muy al contrario, la realidad imita a la literatura, mis aves existen en mi imaginación y con eso basta.

Fue cuando oí un extraño graznido.

Nunca permití que mis estudios universitarios interfirieran en mi educación.

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