Alma y superficie

PEDRO APARICIO

¡AFILADO cuchillo del tiempo!: parece que fue hace un año pero ya han pasado cinco. En junio de 2004 iba a comenzar una legislatura europea de la que yo no formaría parte. Dije adiós a tareas y ciudades muy queridas. Y, sobre todo, a personas. Me despedí de los sordociegos españoles; había mantenido con sus padres -APASCIDE se llama su asociación- una relación estrecha para la aprobación por el Europarlamento de una 'Declaración sobre la sordoceguera'. Era un procedimiento difícil, pues exigía un importante quórum; su aprobación ¡por 323 eurodiputados! fue mi mayor alegría en los diez años que pertenecí a aquella casa. La resolución definía la sordoceguera como una discapacidad específica (no como la suma de dos) y reconocía varios derechos de las personas sordociegas, entre ellos el de recibir ayuda personal y especializada. En aquella Unión de quince Estados había unos 200.000 sordociegos. La Declaración europea resultó importante en España, pues el Congreso legisló en consecuencia unos meses después.

No sería justo comparar entre sí la severidad de las distintas discapacidades, ni pensar que la sordoceguera es más liviana en el adulto; cada persona discapacitada es un universo roto. Pero ser sordociego y niño es una noche dentro de la noche, es mucho más que un sordo que no ve o un ciego que no oye. Es una ignominia, un ángel encarcelado, una tiniebla desgarrada y azul. Pido al lector que les conozca, que busque información de las asociaciones españolas de sordociegos (APASCIDE, ASOCIDE, ONCE, etc.). Un 10 % de las sordocegueras son congénitas o se adquieren antes de los dos años, que es cuando un niño aprende el lenguaje. Pues bien, muchos de esos niños sordociegos pertenecen a APASCIDE (Asociación Española de Padres de Sordociegos), cuya página web es www.apascide.org

Pero el tema principal de este artículo no es la desgracia, ni la dignidad de las lágrimas. Es la tenacidad. La que tienen los sordociegos, las personas que les cubren de amor, los profesionales que les traducen y enseñan, los voluntarios, los padres que temen dejar sola, algún día, a su paloma herida. Esa tenacidad que, tarde o temprano, consigue que el niño ría, comprenda, se exprese, ame y viva. Que se llene de luz. También el hombre se hace Dios, lo que es un milagro tan cristiano como el inverso.

Una tenacidad que necesita ayuda, pues atender las necesidades y derechos del sordociego es carísimo. Una tenacidad que ha conseguido que hoy sábado, la gran familia de APASCIDE esté en Sevilla, visitando las obras de su primer 'Centro para jóvenes y adultos sordociegos'. Es un edificio modesto pero para ellos un palacio, pues muy pronto albergará una 'Unidad de día'. Y cuando tengan recursos, una residencia, un gimnasio y hasta una piscina cubierta. Personas e Instituciones les ayudan, pero los costes son altos. Con o sin crisis, se rigen por la economía de la fraternidad.

La misma que a mí me hizo ganar, desde aquel día de Reyes en Bruselas, cuando fueron buscando apoyo. Conocer a niños y muchachos sordociegos, y a sus padres, me hizo mejor. Aún me acompaña el recuerdo de aquel niño tan atento, todo alma y superficie. En la melancolía de su gesto apagado supe que, mientras él existiera, nadie debía marcharse, «ni por arriba ni por abajo, ni el místico ni el suicida», como escribió León Felipe. El sordociego total se comunica a través de la mano. Así debe el niño aprender el nombre de las cosas, y así debe también concebirlas, imaginarlas. ¿Cómo hacerles comprender horizonte, sombra, muerte, verde, amor, niebla, belleza, poesía, firmamento...? ¿En qué idioma les hablará Dios cuando se encuentren?

Hoy es el Día Internacional de la sordoceguera. Que la vida les trate dignamente.