Los otros dólmenes

No son tan espectaculares como las de Menga, Viera y El Romeral, pero en Málaga hay otras muchas tumbas megalíticas. Más de medio centenar han sido catalogadas

MARÍA DOLORES TORTOSA| MÁLAGA
Los otros dólmenes

Imagínensen subiendo los Montes de Málaga hasta una de sus laderas desde la que se divisa el mar para depositar en un hueco abierto en la tierra el cadáver de un ser querido. Sí, les suena a Serrat y a 'Mediterráneo', su memorable canción, pero ocurrió hace ya cuatro mil años. Las pocas noticias que tenemos de aquel funeral proceden de unas lajas de piedra semihundidas en la tierra, bordeando el sepulcro, algunos restos de cerámica y alguna semilla. ¿Quiénes eran y cómo vivían aquellos antiquísimos antepasados cuyos restos se volvieron caminos, dieron verde a los pinos y amarillo a la genista...? Los arqueólogos de Prehistoria hacen conjeturas: conocían la pesca, la caza, utilizaban algunos metales y habitaban en poblados no muy alejados de sus monumentales cementerios, no mucho sobre el modo de vida, pero sí bastante sobre la manera de celebrar la muerte.

Los restos hallados en el cerro Chaperas, cerca de Casabermeja, pertenecen a un dolmen de la edad del Cobre. No queda mucho -sólo el arranque de los ortostatos- de lo que debió ser una construcción majestuosa: grandes lajas de piedra adintelada colocadas vertical y horizontalmente formando un corredor (a veces con cámaras anexas), y cubierto de un túmulo de tierra y vegetación. Se sabe bastante de estas estructuras megalíticas que sirvieron de última morada a aquellos primeros manipuladores del metal por los muchos ejemplos que existen en Europa. Los más conocidos por su espectacularidad y buena conservación son los dólmenes de Antequera.

El relumbrón de Menga, Viera y El Romeral ha ensombrecido, sin embargo, la huella de otros dólmenes en Málaga. Al menos medio centenar están catalogados en esta provincia, «y aún pueden quedar muchos por descubrir», admite Manuel García León, jefe del Servicio de Protección del Patrimonio Histórico de la Delegación de Cultura de la Junta en Málaga. Son los otros dólmenes, los que a duras penas han logrado su permanencia en el paisaje quebrado de la provincia.

Fuente de información

Salvo excepciones, como el de la Giganta en Ronda, carecen de la monumental cubierta como los de Antequera, de ahí que pasen desapercibidos y apenas se les recuerde, pero la información que ofrecen a sus investigadores -la mayoría del departamento de Prehistoria de la Universidad de Málaga- puede ser tan importante como la de aquellos. «Muchos no estaban expoliados cuando se descubrieron y su excavación está danto bastante información sobre su cultura y patrón de asentamiento», explica Francisco Rodríguez Vinceiro, arqueólogo especializado en Prehistoria de la Consejería de Cultura.

En todos los casos son tumbas colectivas construidas entre finales del cuarto milenio y primera mitad del tercero, en la edad del Cobre. Su localización abarca toda la provincia, aunque es cierto que hasta ahora las zonas de Antequera y Ronda se llevan el mayor número en el Inventario de Catalogación del Servicio de Patrimonio Andaluz. Reconocerlos no siempre es fácil. Pueden confundirse con el paisaje si están en zonas rocosas. «Al caérseles la cubierta se enmascaran, muchos están semienterrados», comenta Rodríguez Vinceiro. En el caso de Málaga, la mayoría se encuentra en propiedades privadas y pocos pueden visitarse. Unas veces porque son de difícil acceso (es el caso de Chaperas), otras porque después de ser excavados han vuelto a ser enterrados para evitar expolios y otros porque son silenciados para que los buscametales y otros profanadores de la herencia patrimonial no los saqueen.

Desaparecidos

«Otros han desaparecido, sabíamos de su existencia por los viajeros románticos del XIX que los mencionaban, pero hoy ya no están», comenta Rodríguez Vicneiro. La política patrimonial actual persigue que permanezcan en el lugar en el que se levantaron, pero no siempre es posible. Es lo que ocurrió con el conjunto dolménico de Corominas, en el término municipal de Estepona. La construcción de la autopista A-7 obligó a su traslado. Hoy está integrado en un centro de interpretación a poca distancia del lugar en el que aparecieron los cinco sepulcros megalíticos en 2001. «Aunque ninguno conservó la cubierta, son tan interesantes como el de Menga», sugiere Rodríguez Vicneiro. Sobre todo porque su ausencia de monumentalidad le ha servido para conservar intactos los ajuares que se depositaban en los enterramientos colectivos, como vasijas de cerámica, hachas de piedra, metales y sílex. Igualmente podrá visitarse en breve el yacimiento La Llaná, en Alozaina, que también se encontró intacto en 2001, cuya curiosidad estriba en que su pasillo no es recto, sino envolvente y alterna los megalitos con mampostería, explica Rodríguez Vicneiro.

En el cerro de la Corona de Totalán, en plena Axarquía, también son visibles los restos de un dolmen rodeado de valle y un hermoso paisaje cuya principal característica es que no fue utilizado en la edad del Bronce. Francisco Rodríguez Vicneiro aclara que hay varias teorías sobre el tiempo que se utilizaron las tumbas megalíticas. Unos defienden que se construyeron desde finales del cuarto milenio a mediados del tercer milenio, lo que coincide con la edad del Cobre y la del vaso Campaniforme, y que luego en la edad del Bronce se vaciaron y se volvieron a utilizar. Otra teoría señala que se construyeron y utilizaron durante un tiempo largo, incluida parte de la edad del Bronce.

Sí tuvo enterramientos de varias épocas el de Tardón, cerca de Villanueva del Trabuco, cuyos ajuares y huesos aparecieron mezclados cuando fue localizado en los años ochenta. Se le considera un falso dolmen. Su forma y uso obedecen al patrón del dolmen, pero este no es del todo obra artificial, sino excavado en unos estratos geológicos basculados. Está en un olivar y tapado.

No puede visitarse. Lo mismo que el pequeño dolmen del Tajillo del Moro, en Colmenar, hallado en lo alto de una era, consolidado en los años ochenta y vuelto a enterrar; o que el Almendrillo, en Ronda. En este se descubrió una pieza de gran singularidad, un muñeco de cerámica. «Es una pieza única hallada en un dolmen», aclara Manuel García León.

Bien visible y símbolo de la serranía de Ronda es el dolmen La Giganta o El Chopo, pero su visita es complicada, ya que se encuentra en una finca privada. Aunque no conserva el túmulo y algunos ortostatos están fragmentados sí mantiene la cubierta de piedra. Guarda gran parecido con Menga, aunque de menor tamaño.