Madame Bovary, ¿c'est moi?

M. T. LEZCANO
Dibujo a lápiz que ilustraba una edición de la novela. / SUR/
Dibujo a lápiz que ilustraba una edición de la novela. / SUR

LA famosa frase «madame Bovary, cest moi», en realidad nunca fue pronunciada ni escrita por Flaubert, sino que nació, como una hiedra espesa de rumorología ascendente, treinta años después de la muerte del novelista: alguien aseguró que una amiga de Flaubert había dicho que alguien afirmaba saber de buena fuente que cierta persona cercana al autor había oído que.

Al margen de esta anécdota bovariana, es de justicia reconocer que la frase merecería haber sido ideada por Monsieur Gustave, ya que sin Emma Bovary, Flaubert estaría muerto, no sólo biológicamente sino también literariamente.

Escribió no obstante otras obras dignas, si no de justificar individualmente la inmortalidad de su autor, al menos de contribuir en su conjunto a fomentarla. Una de esas obras es 'Salammbô', una novela histórica ambientada en la Guerra de los Mercenarios que tuvo lugar en Cartago en el siglo III a.C. Se trata de una obra extensa que sorprende por su violencia y fascina por su exótica sensualidad. Sus descripciones de las contiendas, basadas en el Libro I de las Historias de Polibio, son tan reales que estremecen, y sobre el grandioso fresco de la revuelta mercenaria se imprime la obsesiva pasión de Matho, uno de los jefes rebeldes, por Salammbô, sacerdotisa de Tanit e hija de un general cartaginés de origen noble.

Tono autobiográfico

En 'La Educación Sentimental', lo que destaca es el tono autobiográfico del texto, que relata las experiencias vitales de Frédéric Moreau, un provinciano de 18 años que se marcha a París para continuar allí sus estudios. En la capital encontrará un mundo hasta entonces desconocido, que por esos días vacila entre la Monarquía, la República y el Imperio, y a través de amistades nuevas y revoluciones aún más nuevas, se cruzará con varias mujeres; una de ellas será Marie Arnoux, la esposa de un adinerado comerciante en arte, de la cual se enamorará locamente.

Destacan en el relato los personajes arquetípicos de la época, desde el burgués repentinamente enriquecido hasta la cortesana, y un costumbrismo irónico en el que el narrador no opina directamente sino que incita al lector, mediante un estilo libre indirecto o puntuales alusiones a lugares comunes, a tomar partido por sí mismo.

Sin embargo, pese a estas y otras obras como 'La tentación de San Antonio', 'Tres Cuentos', o 'Bouvard y Pécuchet', es a su Emma Bovary a quien el Flaubert vivo se lo debe todo: si el escritor aún no ha muerto y tal vez no fine tampoco en este milenio - los pasaportes para la permanencia histórica son tan quebradizos que ni siquiera la inmortalidad es totalmente inmortal - es porque existió en su imaginación una niña llamada Emma Rouault, que exorcizaba la soledad del convento en el que crecía, con novelas románticas que le anticipaban un futuro inundado por el amor y la pasión.

Ya convertida en Emma Bovary, quiso trascender su propio ensueño y desenterrar de la monotonía de su existencia algunas de las sensaciones que tenían que pertenecerle por derecho. Este libro, el primero que publicó (aunque no el primero que escribió) es, más que una obra maestra del realismo, la obra maestra del realismo, y en ella Flaubert perfecciona como en ninguna otra la técnica de la focalización, con el fin de proporcionarle a la realidad una visión múltiple y compleja, una neutralidad de conjunto que paradójicamente le permite fructificar la subjetividad de cada parte implicada.

A lo largo de los casi cinco años que Flaubert dedicó a Madame Bovary, aulló como nunca: el escritor tenía la manía de desgañitarse como un poseso mientras trabajaba, «tengo la garganta rota por haber gritado toda la tarde mientras escribía, como es mi exagerada costumbre».

Jamás unos cuantos aullidos tuvieron tan magistrales consecuencias.