Enrique Linde Cirujano: «En 1979, Málaga estaba por hacer»

TEXTO: ANTONIO M. ROMERO
Enrique Linde ha ocupado diversos cargos en la Administración pública y actualmente es el presidente de la Autoridad Portuaria de Málaga. / SALVADOR SALAS/
Enrique Linde ha ocupado diversos cargos en la Administración pública y actualmente es el presidente de la Autoridad Portuaria de Málaga. / SALVADOR SALAS

Cuarenta años habían transcurrido en Málaga desde la última Corporación Provincial democrática, presidida por el socialista Román Reina, cuando en la mañana del 26 de abril de 1979, otro miembro del PSOE, el concejal en el Ayuntamiento de la capital Enrique Linde Cirujano, se convirtió en el primer presidente de la Diputación Provincial tras la restauración de la democracia. El hoy presidente de la Autoridad Portuaria de la capital accedió al sillón de mando en virtud de un pacto entre socialistas y el PCE, aunque, el nuevo líder provincial integró en la gestión de gobierno a la UCD, que era el partido con más diputados provinciales.

¿Cómo era la Diputación que usted se encontró en abril de 1979?

Llegamos a una Diputación que no existía. No hubo relevo ni nada; todo, la misma fórmula de comportamiento, la presencia de los partidos políticos, la junta de portavoces, era algo nuevo y teníamos que descubrir las cosas día a día. No hicimos un aterrizaje brusco sino suave porque queríamos darle normalidad a la entrada de la democracia en la Diputación. Creo que lo conseguimos. Al principio había un cierto recelo funcionarial, muy poco, que se fue diluyendo.

¿Qué provincia se encontró?

Málaga estaba en una situación económica bastante dura desde el año 1973 y en esos años aún continuaba. Era una provinciamuy afectada por el paro, la crisis económica y la falta de actividad al o que se unió la coincidencia de una crisis turística importante. En los pueblos, la situación era de absoluta falta de infraestructuras, de equipamientos, de alcantarillado, asfaltado, agua, ... La situación era económicamente mala y en equipamientos la provincia estaba por hacer.

¿Cuáles fueron las acciones prioritarias que desarrolló el equipo que usted lideró?

Aquel fue un equipo de un importante contenido político. Teníamos claro que nuestra acción no era sólo sentarse a gestionar una institución sino que había que darle un contenido y un comportamiento político. Las líneas fundamentales de actuación fueron hacer visible la Diputación en torno a los ayuntamientos, hacer ver que la Diputación era un referente democrático para los ayuntamientos. En segundo lugar alcanzar una convivencia política agradable dentro de los grupos de la Diputación que se consiguió casi sin excepciones; era una convivencia democrática, con diferencias, pero muy agradable y con mucho respeto entre todos. Y tercero, comenzar a paliar las carencias de los ayuntamientos, que fundamentalmente estaban relacionadas con ciclo hidráulico: la traída de agua y el abastecimiento y el saneamiento como uno de los elementos importantes de actuación porque las necesidades de los ayuntamientos eran muy primarias.

En aquel momento usted llegó a la presidencia por un pacto PSOE-PCE, sin embargo, integró en una vicepresidencia a la UCD, ¿por qué?

Quería reflejar lo que era la convivencia política que allí existía. Evidentemente las áreas más importantes de responsabilidad la llevaban los diputados del PSOE y el PCE, pero los diputados de la UCD no eran diputados de la mera oposición, sino que tenían a su cargo la gestión en un centro de la Diputación, en la plaza de toros o en el Centro de la Misericordia. Esa acción de gestión y convivencia quise expresarla en que el tercer vicepresidente de la Diputación fuera de UCD.

Ese gesto de permitir la participación de la oposición en el gobierno, ahora parece prácticamente imposible.

Imposible, no, pero sería difícil porque habría que romper una inercia que se ha creado de un bloque muy cerrado de gobierno y un bloque muy cerrado de oposición. Habría que cambiar muchos de los papeles que se han asumido ahora en las corporaciones locales que antes no se asumían.

¿Tanto ha cambiado la política en estos años?

Cuando hablamos de aquellos años lo hacemos de una época en que la política tenía un sabor especial en la medida en que estábamos estrenando la etapa democrática. Los comportamientos, las preocupaciones, la forma de hacer eran distintas. Si comparamos, creo que hay diferencias a favor y en contra. A favor de aquella época me quedo con el espíritu de consenso que existía. Entonces se acababan de firmar los Pactos de la Moncloa, un pacto de muchísima profundidad política económica, sindical y social a nivel nacional y nosotros estábamos en ese marco general, con lo cual, el nivel de convivencia entre los partidos era bastante más tolerante.

Usted renunció antes de concluir la legislatura, ¿por qué?

Me nombraron director general de Política Interior en el Ministerio del Interior, nombramiento al que me resistí un poco, porque yo estaba muy a gusto y muy identificado con la Diputación, pero me pidieron irme a Madrid y me fui.

Personalmente, ¿qué supuso para usted ser el primer presidente de la Diputación tras la restauración de la democracia?

Un honor impagable. Después he tenido muchos cargos y una vida política intensa y larga, pero ese hecho de ser primer presidente democrático de la Diputación de Málaga eso ha sido lo mejor que me ha ocurrido en la carrera política.

«Estábamos impregnados de responsabilidad». Así ha definido usted aquel momento.

Sí. Éramos conscientes de que los ciudadanos habían depositado bastantes esperanzas, ilusiones y anhelos en aquel momento democrático y no podíamos frustrarles ni defraudar. Para mí era una preocupación fundamental estar muy pendientes de cómo se percibía nuestra actuación hacia los ciudadanos y cómo trasladábamos a ellos lo que estábamos haciendo. Nos sentíamos muy responsable porque la consolidación de la democracia pasaba por muchos factores, entre ellos, que los estamentos políticos que habían surgido de la voluntad de los ciudadanos respondieran a las expectativas depositadas en ello.

Con la perspectiva del tiempo, ¿hicieron lo que se debía?

Nosotros teníamos unos condicionamientos muy grandes, económicos fundalmentalmente: los Presupuestos Generales del Estado no eran lo que son ahora, la participación de la Diputación en ellos era exigua, los presupuestos de la institución en aquella época eran ridículos en comparación con los que se alcanzaron sólo diez años después y teníamos una carga financiera tremenda con la gestión del Hospital Civil. En la inversión nos faltó ambición y dinero, no queríamos endeudarnos excesivamente; en el papel político y administrativo que debíamos jugar como referente de los ayuntamientos, en asistir a éstos y en hacer visible a este organismo democrático sí cumplimos nuestr obligación.

Papel jugado

Los alcaldes y la ciudadanía de entonces, ¿entendieron el papel de la Diputación?

Los alcaldes sí. Mi clientela eran los alcaldes. Si la Diputación era frágil económicamente, los ayuntamientos pequeños y medianos eran aún más frágiles, entonces la Diputación era su salvavidas. Hubo una relación muy fluida, cordial y de confianza de los alcaldes y concejales en la Diputación. Ese papel sí lo cumplimos, el ser los asistentes, la muleta, el complemento necesario para los ayuntamientos ese lo cumplimos y éramos un referente clarísifmo frecuentado diariamente por los alcaldes.

¿Qué anécdotas recuerda de aquellos años?

El temor reverencial que el propio despacho del presidente de la Diputación inspiraba. Eso era frecuente. Había alcaldes que eran compañeros del partido, a los que conocía suficientemente, con los que había dialogado e incluso discutido en las asambleas y congresos del partido, pues cuando llegaban a la Diputación y me veían en traje y en aquel despacho tan bonito, pero muy llamativo, les entraba el miedo escénico, empezaban a hablarme de usted y a temblarles la voz.

¿Cómo ve hoy la institución?

Cambiada, para bien en la mayoría de las cosas. Tiene un potencial económico que para mí yo quisiera en aquel tiempo, con lo cual atiende a muchos más actividades que nosotros. Además hay un buen nivel de relación y participación de los ayuntamientos en la Diputación. Es una Diputación que el grueso de las competencias que antes tenía, la ayuda a los municipios, lo sigue manteniendo pero sus tentáculos se han extendido por más sitios. Es muy distinta en potencial económico y en gestión. Y políticamente echo de menos, lo echo de menos en la vida general, una situación de más compañerismo.

Hay voces que pone en duda la necesidad de esta institución.

La Diputación es un organismo que está condenado a justificar su presencia todos los días. La Diputación puede hacer muchas cosas, pero el papel que lo diferencia del resto de instituciones y que le hace imprescindible es la ayuda y la cooperación con los ayuntamiento, sobre todos los más pequeños. El ser representante de los ayuntamientos y ayudar y complementar a los ayuntamientos en sus necesidades es una función única y exclusiva de la Diputación y ese es el papel que siempre tendrá que subsistir en su actuación.

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