Muros cargados de historia

El edificio del antiguo colegio de San Agustín lleva más de una década en espera de la reforma que lo convierta en biblioteca tras haber sido sede del ayuntamiento, facultad e incluso hospital

JESÚS HINOJOSA| MÁLAGA
Fue sede de la Facultad de Filosofía y Letras y de los Cursos para Extranjeros. / SUR/
Fue sede de la Facultad de Filosofía y Letras y de los Cursos para Extranjeros. / SUR

Su historia es fiel reflejo de la historia de la ciudad. El edificio del antiguo colegio de San Agustín, en la calle del mismo nombre, ha experimentado numerosas vicisitudes a lo largo de los últimos cuatro siglos. Por sus dependencias han pasado frailes, jueces, alcaldes, funcionarios municipales, médicos, enfermos, seminaristas, profesores y alumnos que han marcado el devenir de un inmueble que, tras más de una década en desuso, aún está pendiente de una restauración para el que será el último de sus destinos, por ahora, ser sede de la biblioteca del Estado en Málaga. Como informó este periódico el pasado martes, este proyecto lleva dos años de retraso por las modificaciones introducidas en el diseño de la actuación que, a cargo del Ministerio de Cultura, vendrá a poner definitivamente en valor un inmueble singular para Málaga.

Los orígenes del colegio de San Agustín hay que buscarlos en la orden de religiosos que fueron sus promotores allá por el siglo XVI. Los agustinos llegaron a Málaga en 1523 y se establecieron inicialmente en la ermita denominada de Santa Brígida, hoy iglesia de la Divina Pastora. Pero allí no estuvieron muchas décadas, ya que en 1576 está documentada la compra de los terrenos del que sería su emplazamiento definitivo, en la denominada por entonces como calle de los Caballeros. Ese nombre se debe a que en ella existían casas de origen morisco que se adjudicaron a los principales caballeros que participaron en la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos.

Hay constancia documental de que en 1579 se encontraban muy avanzadas las obras del convento y de la iglesia anexa, que se ha mantenido abierta al culto hasta la actualidad. Sin embargo, la culminación de la construcción tuvo varias etapas y duró casi un siglo. En 1622 se contrataron canteros para labrar las columnas del patio central del convento con mármol procedente de la sierra de Mijas. Se trata de las mismas columnas que hace pocos años quisieron robar unos ladrones y que no lo lograron finalmente al ser sorprendidos en su acción.

El convento resultó afectado durante la invasión francesa y en 1810 se decretó su extinción. Al abandonar las tropas la ciudad, la vida monástica de los agustinos se retomó en 1812. Arrancó de este modo un siglo XIX que resultó bastante convulso para el edificio, que vio multiplicados sus usos a raíz de los diferentes propietarios que tuvo.

Desamortización

Con la desamortización de Mendizával, las dependencias conventuales pasaron a manos del Estado en 1835. Según se recoge en el libro 'Málaga conventual', de Francisco Rodríguez Marín, la junta de gobernación que se constituyó en Málaga tras el pronunciamiento de 1843 cedió el inmueble al Ayuntamiento, que tomó posesión de sus instalaciones el 15 de agosto de ese año.

Las dependencias municipales permanecieron en la edificación hasta que en 1860, con motivo de la guerra de África, fue desalojada y destinada a hospital de sangre. Este uso sanitario concluyó al poco tiempo y, en 1863, con diseño del arquitecto Cirilo Salinas Pérez, se reformaron las fachadas del convento. Entre ese año y 1865, la propiedad del conjunto recayó en el Obispado, que instaló en él un seminario como compensación a la demolición del llamado 'colegio de seises' que se encontraba anexionado a la cercana iglesia del Sagrario. Al pasar a tener de nuevo uso religioso, el Ayuntamiento se vio obligado a pagar un alquiler para mantener algunas de sus oficinas.

Sin embargo, en enero de 1868, la Junta Revolucionaria devolvió el convento al Consistorio, que volvió a acometer reformas para amoldarlo a sus necesidades. Pero la Iglesia no cejó en su empeño por mantener la propiedad y, sólo un año después, los tribunales le dieron la razón. La decisión judicial sirvió de poco, pues una nueva orden de la Junta Revolucionaria permitió que las dependencias municipales permanecieran en el edificio. Además, en 1875, se efectuaron nuevas obras para que acogiera los juzgados de varios distritos de la ciudad. Así, el convento llegó a compartir su uso religioso con salones judiciales, una guardería municipal, estancias para la Alcaldía y un salón de sesiones plenarias.

La iglesia, que había quedado en manos de los jesuitas tras la marcha de los agustinos, volvió de nuevo a ser propiedad de estos en 1918 tras abonar al Obispado la cantidad de cien mil pesetas de la época, según apuntó el arquitecto técnico que dirigió su última restauración, Pablo Pastor. Ese mismo año, el Ayuntamiento abandona el lugar y la comunidad agustina dedica el convento a la docencia.

Pero los agustinos tienen pocos años para disfrutar de la iglesia y del convento convertido en colegio. En mayo de 1931, cuando había 23 religiosos y más de 300 alumnos en San Agustín, el edificio fue incendiado como otros muchos templos de la ciudad. En 1933, bajo la supervisión del arquitecto Enrique Atencia, se lleva a cabo la reforma de la construcción, de la que quedaron muy afectadas las cubiertas.

Traslado

La Guerra Civil vuelve a suponer un paréntesis en la actividad docente de los agustinos, que no regresan al edificio hasta 1939. Desde esa etapa y hasta 1972, se mantiene el uso escolar de San Agustín. En ese año, el colegio se traslada a unas nuevas instalaciones en unos terrenos en Puerto de la Torre, pero en la memoria de agustinos, profesores y alumnos quedan marcadas para siempre las vivencias en el antiguo convento de la orden. De hecho, un grupo de alumnos de los últimos cursos que permanecieron en el edificio crearon una página web (www.sanagustinmalaga1972.org) y convocaron una reunión para reencontrarse a los treinta años de protagonizar las últimas clases en el antiguo colegio.

A algunos frailes les costó mucho dejar el que durante décadas había sido su lugar de residencia, trabajo y oración en pleno Centro de la ciudad, pero la dirección de la orden terminó por vender el inmueble a la Diputación Provincial en 1974. El ente supramunicipal lo cedió a su vez a la Universidad de Málaga, que lo destinó a Facultad de Filosofía y Letras, primero, y a Cursos para Extranjeros, después. Una vez que dejó de ser explotado por la UMA, en 1995, sólo se abrió para determinados eventos culturales y lúdicos como exposiciones, obras de teatro o como caseta de feria. Ese año pasó a manos de la Junta de Andalucía a cambio del pago de 377 millones de pesetas a la Diputación. Casi una década después, en 2004, el Gobierno andaluz lo permutó con el Estado a cambio de un inmueble de la calle Alfonso XII de Sevilla. En las últimas décadas, el edificio ha servido también como lugar de salida de las primeras procesiones de la Hermandad de la Salud y como depósito provisional de las piezas que iban apareciendo en las excavaciones arqueológicas del Centro Histórico.

El último capítulo de la historia del antiguo convento y colegio de San Agustín lo han protagonizado los encuentros y desencuentros entre la Administración central y la regional sobre el destino que se le iba a dar al edificio, que se llegó a proponer como sede del Museo de Bellas Artes. Hace seis años que su fin definitivo es acoger los fondos de la Biblioteca Provincial que estaban en la desaparecida Casa de la Cultura, en la calle Alcazabilla. Sin embargo, una vez más, la burocracia pone freno a un proyecto que, de seguir demorándose en el tiempo, agravará el deterioro de uno de los edificios con más historia de la ciudad.

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