El pueblo fantasma vuelve a la vida

Casillas de Díaz, una antigua aldea del siglo XIX abandonada entre Cártama y Pizarra, resurge de entre las ruinas de la mano de sus nuevos habitantes

J. J. BUIZA| PIZARRA
Medio centenar de casas derruidas, muchas todavía en venta, dan al conjunto un aspecto singular. / CARLOS MORET/
Medio centenar de casas derruidas, muchas todavía en venta, dan al conjunto un aspecto singular. / CARLOS MORET

Cuando hace once años Manuel Galindo compró por dos millones de pesetas su futura vivienda ya sabía lo que le esperaba: dos viejos caserones derruidos, en mitad de la nada, rodeados de antiguas construcciones con los tejados rotos dispersas por las colinas.

La desvencijada aldea de Casillas de Díaz distaba entonces mucho de ser lo que fue allá por mediados del siglo XIX, cuando conformaba un populoso núcleo habitado por gentes sencillas y agricultores. Manuel buscaba tranquilidad y naturaleza y encontró ambas cosas en este pueblo fantasma que no pisaba ni un alma a diario. Únicamente los fines de semana se dejaban ver por allí las pocas familias que conservaban en pie su propiedad.

«El campo nos gustaba de siempre a mí y a mi pareja. Arreglamos la casa y nos vinimos cuando aún no teníamos ni luz ni agua», comenta este trabajador en telefonía móvil que hoy es el presidente de la comunidad de vecinos de la zona, la cual él mismo impulsó en el año 2000. Porque así es: Casillas de Díaz parece estar viviendo una segunda juventud.

De entre las ruinas han empezado a surgir nuevos hogares estables. La mayoría de ellos se levantan sobre las casas caídas de antaño, dando al conjunto un aspecto pintoresco en el que se funden pasado y presente. Actualmente unas seis familias viven allí de forma permanente, mientras que, si se cuentan las que residen por temporadas o pasan los fines de semana, alcanzan la treintena.

Este último es el caso de Ana García. Ella y su hermana heredaron la casa que en su día perteneció a sus padres y, antes, a sus abuelos. La mayoría del año lo pasan en Cártama, pero cada vez que pueden acuden hasta este chalé, que corona la aldea y desde donde se ven casi todos los pueblos del Valle del Guadalhorce e incluso el mar. «Antes, aquí ni siquiera había casas; todo eran ranchos de palma», rememora Ana.

El origen de Casillas de Díaz está bien documentado. Alejandro Rosas, investigador de la historia de Pizarra y su comarca, comenta que las primeras referencias datan de 1847. «La casa original perteneció a un hombre llamado Antonio Díaz. Después se fueron asentando el resto de las viviendas alrededor y de ahí el nombre actual», explica.

Auge y decadencia

Aunque no hay cifras concretas sobre el censo, Rosas resalta que en su época más populosa (seguramente la primera mitad del siglo XX), allí podrían vivir más de doscientos vecinos. En la actualidad, todavía pueden apreciarse los muros de más de medio centenar de aquellas casas, que antiguamente contaban con pequeños minifundios en los que se cultivaban sobre todo viñedos y olivos.

A partir de los años 50 y 60, las oriundos de Casillas de Díaz empezaron a marcharse. La agricultura y la ganadería ya no daban para vivir y los que todavía se dedicaban a ello se mudaron a las nuevas barriadas para campesinos que construyó cerca el Gobierno, como Zalea y, sobre todo, Cerralba, donde todavía quedan nativos de la aldea. También en Sierra de Gibralgalia, que es el núcleo urbano más cercano y que forma parte del término municipal de Cártama.

La jurisdicción de Casillas de Díaz también tiene su curiosidad. En su día formaba parte de Gibralgalia, cuando esta era una entidad local autónoma. Después, el territorio se dividió y parte de las viviendas pasaron a formar parte del término de Cártama, aunque la mayoría ahora pertenece a Pizarra. Manuel Galindo señala que esta división siempre ha sido un problema a la hora de convencer a los ayuntamientos de que doten a la zona de los servicios básicos. «Un día tuve que traer aquí a los dos alcaldes y arrancarles a cada uno un compromiso», señala el presidente de la comunidad.

Su trabajo ha dado sus frutos y recientemente han comenzado las obras para llevar la red de agua a las viviendas, que ahora se surten como pueden de los pozos de la sierra. El próximo reto está en lograr el acondicionamiento del carril que da acceso a la zona y que se encuentra en muy malas condiciones, «sobre todo cuando llueve», incide Manuel.

Los pocos habitantes de la zona están convencidos de que una mejora notable en los servicios básicos supondría atraer todavía a más gente. Aunque, en realidad, casi todos ellos reconocen que lo que más les atrajo de Casillas de Díaz fue precisamente la casi ausencia de vecinos y su aspecto de aldea anclada en el tiempo. «Esto es la gloria», dice Félix Rodríguez, un gallego recién jubilado que se vino aquí hace cinco años y desde entonces está ocupado con la reforma de la vivienda. Las obras están ya muy avanzadas, sobre todo teniendo en cuenta que todo lo ha hecho él solo.

Su caso es excepcional, porque la mayoría de los actuales propietarios tuvieron que recurrir a cuadrillas de obreros para reformar las antiguas casas, que compraron por cuatro duros. Así lo hizo Spencer Mitchell, un británico que lleva allí desde 1999 y que todavía está de reformas, aunque su casa sí está prácticamente acabada. La suya es una de las tres familias de extranjeros que han convertido a Casillas de Díaz en un núcleo poco poblado, pero cosmopolita.

Manuel Galindo todavía recuerda cuando, recién mudado, su mujer, sus hijas y él se reunían por las noches alrededor de una tele portátil. Allí se quedaban hasta que aquello se iba apagando poco a poco. Por aquel entonces no tenían electricidad y todo funcionaba con generadores. Incluso alguna vez tuvieron que utilizar la batería del coche. «A la mañana siguiente tenía que arrancarlo a rachas», explica. A los tres años y medio de aquello, tres vecinos se pusieron de acuerdo para pagar la línea de la luz y, hoy, los postes y los cables sobrevuelan las casas en ruinas.

La llegada del agua corriente y el arreglo del acceso podrían terminar por impulsar definitivamente el proceso de repoblación que se inició hace 11 años. Tal vez entonces los nuevos colones retomen incluso la tradición de reunirse en las calles para celebrar la Noche de San Juan, como hacían sus primitivos vecinos.

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