Estampas del paisaje de la ciudad

La tradición y la vanguardia se dan la mano en las incorporaciones de arte público

ANTONIO JAVIER LÓPEZ S. SALAS, C. MORET
Estatuas de Picaso y Andersen /SUR/
Estatuas de Picaso y Andersen /SUR

Repite Joan Manuel Serrat que lo máximo a lo que puede aspirar una canción es a que alguien, mucho tiempo después, la cante en la ducha sin saber quién la compuso. Quizá suceda lo mismo con otros aspectos de la vida cotidiana: un día aparecen como novedades felices y, con suerte, se quedan instalados en la biografía de la gente. Nada mejor puede pasarle a una obra de arte, sobre todo si la han colocado en un espacio público. Un objeto teletransportado al paisaje urbano de la ciudad que quizá permanezca en el paisaje interior de sus habitantes. O no. Ahí estará el éxito o el fracaso de la iniciativa.

La reciente instalación de la escultura de Pablo Ruiz Picasso en la plaza de la Merced y de 'Panta rei' en la plaza del Siglo devuelve a la actualidad una práctica que sirve como espejo de la realidad histórica de la ciudad en cada momento. Quizá por eso, la incorporación de obras más contemporáneas coincidió con la apertura del CAC Málaga hace casi cinco años. Pese a todo, en este tiempo han convivido las aportaciones de obras más o menos innovadoras con piezas figurativas herederas de las estatuas tradicionales. Una doble vertiente que ilustran las dos últimas novedades firmadas por Francisco López Hernández y Blanca Muñoz.

Para entender un poco mejor el escenario actual conviene dar un par de pasos atrás en la línea del tiempo. Entre los años 60 y 70 se suman al patrimonio local un conjunto de estatuas sobre malagueños ilustres, desde 'El cenachero' (1964) de Pimentel hasta el monumento a Antonio Cánovas del Castillo (1975) obra de Jesús Martínez Labrador. El primer conato de modernidad llegaría en 1971 con el 'Monumento a Picasso' de Miguel Ortiz Berrocal, una apuesta que no encontraría solución de continuidad hasta los 'Mitos de la plaza Uncibay' (1989) de José Seguiri.

Como explica la catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Málaga, Rosario Camacho, la escultura urbana «parte del deseo de llevar el arte a la calle para que se establezca un diálogo entre el público y la obra». De este modo, la regeneración urbana acometida en diversos puntos de la ciudad ha ido acompañada en muchos casos de una renovación en los lenguajes de las obras que se colocaban entre los viandantes.

Integración en el entorno

En algunos casos, como esgrime Camacho, esas creaciones se han convertido en la mejor carta de presentación de los lugares donde se levantaban. Sería el caso de las esculturas de Stefan en el Parque del Oeste (1998-2004) o del majestuoso 'Marengo' (1996) de Elena Laverón que preside el litoral oeste de la capital. Son ejemplos de la identificación de un lugar con una obra y, por extensión, de la integración de la pieza en el paisaje urbano.

Una relación que no siempre se produce. Sin ir más lejos, a pocos metros de aquel marengo se erigió en 2002 la 'Palera' de Miquel Navarro. Las protestas vecinales se sucedieron, hasta el punto de que el Ayuntamiento anunció su intención de sustituirla por una fuente, medida que al final no se llevó a cabo.

Sea como fuere, 'Palera', la 'Casa dorada para pájaros' (2000) de Jaume Plensa y colocada en la plaza de Félix Sáenz o la 'Paloma quiromántica' en homenaje a Rafael Pérez Estrada sirvieron de avanzadilla para la renovación que experimentó el arte público en Málaga en los primeros años del siglo. Entonces, en febrero de 2003, llegó el CAC Málaga.

A sus puertas se colocaron 'Man Moving' y 'Sombra azul', firmadas por Stephen Balkenhol y Chema Alvargonzález, respectivamente. Y un poco más tarde (2005), ya en el corazón de la ciudad, llegó la contundente 'Points of view', de Tony Cragg. Y de forma más reciente (marzo de 2007), la espectacular 'Elíptica' de Antonio Yesa intenta hacerse un hueco entre las palmeras de la glorieta de Albert Camus.

Pese al predominio de los lenguajes actuales, el arte público local también se ha nutrido en estos últimos años de propuestas más tradicionales. Sirva como ejemplo el monumento al misionero jesuita Tiburcio Arnáiz, colocado en la confluencia entre Armengual de la Mota y la Avenida de Andalucía.

Esperar sentados

Aunque los ejemplos más notorios de esta tendencia realista hay que buscarlos en las plazas de la Marina y de la Merced. En dos bancos para ser exactos. En el primero se sienta el escritor Hans Christian Andersen y en el segundo, Pablo Ruiz Picasso. El primero es obra de José María Córdoba y se inauguró el 15 de junio de 2005. El segundo lo firma Francisco Hernández y se presentó el día 5.

Así, el paseante desprevenido puede encontrar la escultura de un clérigo frente a una gran instalación conceptual, o la representación realista del gran provocador que fue Picasso para disfrute fotográfico de vecinos y turistas.

Entonces, ¿quién decide dónde se coloca una obra? Lo aclara el delegado municipal de Cultura, Miguel Briones: «Es una decisión consensuada entre el artista, el Área de Cultura, Urbanismo y la Junta de Distrito de la zona». Además, en algunos casos también participan «galeristas, profesores universitarios o los directores del CAC, la Casa Natal o el Museo del Patrimonio».

Pero el resultado final lo ponen en tela de juicio voces como las del artista Rogelio López Cuenca, que lamenta la «falta de criterio» a la hora de gestionar el arte urbano. Una cuestión que no es ajena a los ciudadanos. No en vano, estas obras llegan para quedarse. En la calle y, quizá, en el imaginario colectivo de la gente. Como las canciones de Serrat.

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