José Alba GarcÍa, ingeniero de caminos. Un ingeniero que cultiva cerezas

Tengo 63 años, cinco hijos y tres nietos / Estudié en Los Maristas y me crié a caballo entre La Victoria y Huelin / La disciplina y el respeto son valores básicos en mi vida / He dejado mi huella en los proyectos de infraestructuras más importantes de la ciudad / Tengo 2.000 especies de plantas en una finca de Villanueva del Rosario donde cultivo cerezas / Soy cristiano, que no beato / Detesto el folclore, el rencor y las bullas Texto: Almudena Nogués Fotos: Yolanda Montiel

José Alba GarcÍa/
José Alba GarcÍa

LUCHADOR, disciplinado, sencillo, cercano, amigo de sus amigos, religioso «que no beato», apasionado de los viajes y fanático de la jardinería. Si hubiese que elaborar una carta de presentación extraoficial de José Alba, estas serían, grosso modo, las líneas maestras para dibujar la personalidad de este reputado ingeniero de Caminos que, pese a haber dejado su impronta en algunas de las infraestructuras más importantes de la ciudad, no se considera urbanita. Él, dice, es más bien un hombre de campo. Del campo de Villanueva del Rosario, para más señas. Allí, en su «pequeña finca», saborea el paso del tiempo rodeado de 4.000 cerezos y de su colección de plantas, compuesta por más de 2.000 especies. Ese es su refugio y su «vicio».

A José Alba, el amor por el entorno rural le viene de familia. De niño, pasaba largos periodos de vacaciones en la finca de su abuelo materno, en Casarabonela. Años después, su padre adquirió un terrero en Carretera de Cádiz, donde llegó a criar hasta gallinas. En aquella parcela pasó la mitad de su infancia. La otra media la vivió en la Victoria; el barrio que le vio nacer allá por 1945 en el seno de un hogar humilde «de la parte baja». Entonces, rememora, eran años difíciles. Su padre, un currante nato, trabajaba cargando tubos de plomo en la antigua fábrica de Los Guindos. De él destaca su carácter emprendedor. «Era una persona muy creativa. Él me transmitió ese espíritu de imaginación y, sobre todo, de lucha para afrontar los problemas que va planteando la vida», enumera.

Cuando se le pregunta por su formación, A Alba se le llena la boca al explicar que estudió en el colegio Los Maristas. Ellos, dice, le inculcaron los valores de sobriedad, disciplina y respeto; hoy grandes pilares de su vida. Al finalizar, hizo las maletas y se marchó a Madrid para prepararse el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos, tarea que compaginó con estudios en el Instituto Social León XIII (centro de formación religiosa en el que afianzó su fe cristiana). Sus padres no podían costearle los gastos de la carrera, sin embargo, su brillante expediente académico le valió una beca sufragada por el entonces obispo de Málaga, Ángel Herrera Oria.

Ya de vuelta a Málaga, en noviembre de 1970, entró a trabajar al Ayuntamiento de la capital, entonces gobernado por Cayetano Utrera. Allí ejerció de ingeniero jefe de Vías y Obras durante una época de gran precariedad de medios. «Me impresionó que en los 70 aún hubiese un operario pintando la línea del centro de la Alameda con una brocha», confiesa. En el Consistorio permaneció doce años -periodo en el que asistió a la transformación de muchas de las principales calles de la ciudad, como Cristo de la Epidemia, Mármoles o Eugenio Gross-, hasta que decidió pedir una excedencia porque, según sus propias palabras, «no se veía de funcionario toda la vida». Y es que sus inquietudes iban por otros derroteros. Así, atraído por la ingeniería «pura y dura», en 1982 fundó la consultora Urbaconsult, en la que lleva 26 años realizando estudios de transporte, carreteras, autovías...

Aunque le horrorizan los protagonismos, José Alba puede presumir de haber dejado su impronta en la mayoría de infraestructuras que han marcado o marcarán el desarrollo de la provincia. El listado es infinito: desde la autovía oriental, a la autopista de Las Pedrizas, la segunda ronda, la carretera paisajística de Gaucín, el metro -que advierte, «no será la panacea»-, o el AVE, «el gran revulsivo que ha situado a Málaga en primera división». «Yo fui de los pocos que desde principios de los 90 defendí el proyecto a capa y espada», aclara. Esa implicación hizo que el pasado 12 de enero no pudiese contener la emoción al montarse por primera vez en el tren, en el que también viaja un pedacito de él y de su trabajo. «Esa satisfacción no me la va a quitar nadie», precisa.

Pero mientras unos proyectos culminan, otros se quedan en el camino. Es el caso del Guadalmedina, su gran espinita, una herida que le duele, aunque afirma que ya ha tirado la toalla, «porque el contexto político actual no lo hace viable», asevera Alba, felizmente casado desde hace más de 35 años. A los 14 conoció a su mujer, María José, y a los 26 se dieron el 'sí quiero'. Juntos han construido una familia numerosa de cinco hijos y tres nietos, «más uno en camino».

Los fines de semana, sus reuniones tienen lugar en el refugio favorito de Alba: su finca de Villanueva del Rosario. De allí salen 30.000 kilos de cerezas por temporada, que vende en Mercamálaga. Aficionado a coleccionar plantas, a las que dedica unas 30 horas semanales, José Alba presume de tener hasta 150 especies distintas de quercus (encinas, robles, alcornoques). Su otra pasión es viajar. Él mismo se organiza sus escapadas por Internet. ¿Su próximo destino? Un recorrido por parques de Inglaterra.