Casabermeja se pone en pie

El cante grande vuelve a retumbar en el interior de la provincia con el eco de la voz de Miguel Poveda como protagonista

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ARTE. Con la guitarra de Chicuelo, el cantaor Miguel Poveda puso en pie al público. / C. MARTÍN/
ARTE. Con la guitarra de Chicuelo, el cantaor Miguel Poveda puso en pie al público. / C. MARTÍN

EL Festival de Cante Grande de Casabermeja rompió la calma de la tierra con la intensa voz de un Miguel Poveda que consiguió levantar al público de sus asientos. El Premio Nacional de Música se rasgó las vestiduras y cantó hasta que le dio la gana para despedirse por bulerías y cerrar la XXXVII edición de un festival que con los años se ha convertido en uno de los más antiguos de Andalucía y que, sin embargo, no deja de reinventarse y modernizarse, habilitando incluso pantallas gigantes para que ningún aficionado pierda detalle.

Eliminando la tradicional doble vuelta que imprimía de singularidad a la noche del cante grande bermejo para adaptarse a los nuevos tiempos, pero compensando al auditorio con actuaciones más prolongadas, el festival dio ayer una nueva lección de arte ante el millar de personas que dejaron pequeño un polideportivo Antonio Sánchez en el que faltaron hasta sillas. El aforo ya estaba más que lleno cuando José de Valencia apareció sobre el escenario y se arrancó por soleá y malagueña con la guitarra de Miguel Iglesias.

El de Lebrija cambió de tercio y cantó por alegrías a petición de un aficionado que no quería quedarse dormido. «Ya más calentito» y habiendo saludado al público, siguió por seguiriyas y terminó con una bulería con la que hasta él mismo se puso de pie del ímpetu con el que la cantó.

Maestro de la generación de los setenta, como lo definió Manuel Curao al presentarlo, José de la Tomasa siguió a su tocayo de Sevilla para reencontrarse con su público malagueño.

Dedicatoria incluida

Acompañado por la guitarra de Rafael Rodríguez, la misma que luego marcaría los compases del baile de Luisa Palicio, dedicó sus cantes a Enrique Paredes, «un tocaor que quita el sentido». Por alegrías, fandangos y hasta por seguiriyas se arrancó el de la Tomasa para despedirse con una bulería que regaló a un público ensimismado con su voz y al que el cantaor no tuvo más que agradecerle tanto silencio.

Tras el consagrado maestro, Curao dio paso a un ejemplo de los nuevos valores en este arte que tiene nombre de mujer. La bailaora Luisa Palicio, como ya hiciera en 1990 en el Teatro Cervantes de la capital, fue profeta en su tierra y levantó al público con su bata de cola y la elegancia salvaje de su baile de embrujo. Eran ya las dos y cuarto de la madrugada y Casabermeja llevaba tres horas de fiesta cuando Manuel Moneo puso su arte y su humor en el escenario. La guitarra de su nieto y homónimo Manuel Moneo, 'Barullito', le acompañó, entre otros palos, por seguiriyas, fandanguillos y bulerías.

Ganas de más

Su actuación, que resultó corta para algunos y que dejó al público con más ganas de su flamenco, precedió a la de Miguel Poveda, que con veinte años ya se hizo en 1993 con la preciada Lámpara Minera.

Con un «no te llames Dolores, llámate Lola» salió a escena este cantaor barcelonés al que llovieron claveles. Tras varios palos, una toná en la que hizo un pregón que levantó a los aficionados y creó en el auditorio la sensación de una despedida que no fue tal.

«Ya que me han sacado tan tarde voy a cantar hasta que me dé la gana», dijo el cantaor para arrancarse con un pequeño homenaje a los grandes autores de la copla en el que no faltaron recuerdos para 'María de la O', 'La Bien Pagá' o aquellos también famosos 'Ojos verdes'. Poveda siguió hasta que quiso despedirse por bulerías. El polifacético Chicuelo le acompañó una vez más a la guitarra; a las palmas, los jerezanos Luis Cantarote y Carlos Grilo.

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