México

Pensé que algún día contaría lo que me había sucedido durante aquel mes en el país azteca. Pero no me he atrevido a escribir nada hasta ahora, casi dos años después

GARRIGA VELA
México

CUANDO me invitaron a la Feria del Libro de Guadalajara, en México, me llevé dos libros: 'Pedro Páramo' y 'Bajo el volcán'. Me propuse aprovechar el viaje para quedarme un mes recorriendo México. Mi compañero de asiento en el avión fue un estudiante que regresaba a su país tras pasar un año becado en España. Me habló de la obsesión de los mexicanos con la muerte y la manera tan peculiar e irónica que tenían de enfrentarse a ella. Al llegar a Guadalajara era de noche. La habitación del hotel me recordó la del colegio mayor de Granada donde pasé el primer año de carrera. Me acosté sin cenar. Soñé con Jorge Cabo. Un amigo que murió en el colegio mayor cuando estudiaba segundo de Medicina. Los padres me rogaron que les hiciera el favor de recoger los enseres de su hijo porque ellos no se sentían con fuerzas para hacerlo. Los padres de Cabo fallecieron en accidente de coche al año siguiente.

Me gusta el tequila, pero apenas lo probé en los días que estuve en Guadalajara. Después sí, en Cuernavaca sobre todo. Sin embargo, cuando por las mañanas bajaba a desayunar en el hotel de Guadalajara me sentía extraño y con resaca. Veía muertos por todas partes. Me encontraba también con los muertos de la literatura. No eran escritores los que se sentaban a mi lado en la mesa sino Jorge Cabo, Amelia Castillo, Cristina Moslares. Allí estaban los personajes de mis novelas. Guadalajara se convirtió en la triste ciudad de Comala que evoca Juan Rulfo en su hermoso relato.

Ahora recuerdo los días de Guadalajara, los días que estuve viajando solo por México en viejas tartanas, los días que pasé en una cabaña frente al Pacífico, cerca de Puerto Escondido. Los días en San Cristóbal de las Casas. Recuerdo que todos los hombres y mujeres que me cruzaba por los caminos y los pueblos estaban muertos, tan muertos como el público que había asistido a la mesa redonda en la que participé con tres amigos escritores en la Feria del Libro de Guadalajara; al acabar el acto descubrí que no eran personas de carne y hueso las que nos habían escuchado atentamente sino los muertos de nuestras novelas.

Luego pasé el mes viajando a solas con mis fantasmas. Mientras caminaba por los túneles de la ciudad platera de Guanajuato me encontré con mis padres que no habían muerto. Me dijeron que aprovechara el viaje, que no me hundiera en tristes pensamientos y que abriera los ojos para ver la vida en todo su esplendor. Entonces ascendí a la superficie. Vi el Teatro Juárez y la basílica de Nuestra Señora de Guanajuato. Vi la luz. Me despedí de mis padres con la certeza de que ellos eran mis ángeles custodios y me acompañarían tanto en mi viaje por México como en los viajes que hiciera en el futuro.

Llegué de noche a Cuernavaca y me alojé en la Hostería del Sol. Fui a cenar al restaurante El Portal. Me atendió Álvaro Guzmán. Me sorprendió que me preguntara si venía de Guadalajara. Me dijo que él también escribía en una revista literaria que publicaban entre un grupo de amigos. Luego exclamó en voz baja: «¿Qué más quisiera yo que escribir en el periódico de Cuernavaca!». Le pedí el mejor tequila. Me sirvió una copa de tequila Tradicional. Después otra y otra. Estaba bajo el volcán. Brindé con Álvaro Guzmán por Malcom Lowry. Brindé a solas por las personas que había amado en la vida. Entonces descubrí que todas estaban a mi lado y que aquello no era un sueño. Desde que aterricé en el aeropuerto de México DF tuve la sensación de que ninguna de las personas que había querido a lo largo de la vida estaba muerta. El recuerdo que yo guardaba de ellos era su forma de vida. Allí, sentado en El Portal, evoqué la pasión y muerte del cónsul Geoffrey Firmin, el Día de Muertos de 1938. La novela de Malcolm Lowry transcurre en un lugar de México en el que se dan la mano infierno y paraíso. El Cónsul, el protagonista de la historia, trata de vivir al margen de un mundo devorado por el frenesí de la destrucción. La culpa, el desamor, la soledad, lo llevan a una embriaguez que de algún modo resulta también la embriaguez del conocimiento. El amor se agotó en medio de la vida. Sólo la muerte puede salvarlo de sí mismo. Bajo el mismo volcán que Geoffrey Firmin no logró ascender para librarse de sus propios fantasmas, sentí que en mi interior existía una presencia misteriosa que me hablaba en silencio de asuntos que sólo yo era capaz de comprender. Hablé con mis fantasmas y ellos me revelaron el futuro. Desde entonces, no me han abandonado.

A la mañana siguiente, al subir en el autobús con destino a Puebla, oí en la radio que el volcán Popocatépelt soltaba un humo amarillo. Al pasar en el autobús bajo el volcán, no sé porqué, me vino a la memoria unas palabras del pintor José Clemente Orozco que leí en el Hospicio de Guadalajara: «No importan las equivocaciones. Lo que vale es el valor de pensar en voz alta, es decir las cosas tal como se sienten en el momento en que las dices. Ser lo suficientemente temerario para proclamar lo que uno cree que es la verdad sin importarle las consecuencias, caiga quien caiga, si fuera uno a esperar a tener la verdad absoluta en la mano, o sería un necio o se volvería un mudo para siempre».

Llegué a Oaxaca el 6 de diciembre de 2006. La ciudad estaba tomada por la policía federal. El gris era el color de Oaxaca. El gris de los uniformes en las plazas y las calles de Oaxaca. La ciudad olía a pintura. Los soldados protegían a decenas de hombres y mujeres de otras ciudades de México que habían llegado a Oaxaca para borrar las pintadas contra el recién nombrado presidente Calderón. Limpiaban las fachadas pero el interior continuaba igual que siempre. La misma vieja estructura. Las mismas injusticias. Los sepulcros blanqueados donde habitaban los parias. Tres días después viajé al Sur. A Chiapas. San Bartolomé de las Casas. San Juan de Chamela. No vi turistas. Viajé en un taxi colectivo hasta la laguna de Chacana. Me dirigía a la costa. Al pacífico. Alquilé una cabaña en la playa de Chacana. Cenaba bajo un cielo cubierto de estrellas. Descansé en Chacana, cerca de Puerto Escondido. Una de las playas más bellas del mundo. Paseaba por la orilla y me cruzaba con los fantasmas del recuerdo que habitaban mi cabeza. Me apartaba para dejarlos pasar como se hace con una persona sonámbula. A veces, me detenía a hablar con ellos. Eran tan naturales y verdaderos como las huellas efímeras que dejaban mis pisadas en la arena. Buscaba con la mirada ballenas en el horizonte. Estaba feliz.

Fui de Puerto Escondido a México DF en un autobús con las ventanillas apedreadas. No preví que las temperaturas en el interior del país estaban a bajo cero y guardé la ropa de abrigo en la maleta. Al llegar la noche, cuando no conseguí aguantar más el frío, se lo dije al conductor. Detuvo el autobús y me abrió el portamaletas. No había luz, nadie tenía linterna, me quemé los dedos con el mechero intentando encontrar mi maleta entre los montones de bultos. Fue imposible. Llegamos a ciudad de México al día siguiente. Algunas personas habían muerto de frío aquella noche. Ese día se celebraba la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Estaba cansado. México era tan fascinante y mortal como una serpiente. Visité la casa de Frida. Me impresionó el cuadro de la sandía que pintó poco antes de morir. Una rodaja de sandía que tenía escrita la siguiente leyenda: «Viva la vida». También me impresionó la casa de Trotski. La cárcel dentro de la cual intentó en vano protegerse. Las marcas de los balazos en el dormitorio. La mesa de despacho en la que fue asesinado por Ramón Mercader. La precariedad en la que vivía. Estuve una semana callejeando y despidiéndome de los compañeros de viaje. Pensé en que algún día contaría las cosas que me habían sucedido durante aquel mes. Pero no me he atrevido a escribir nada hasta ahora, casi dos años después. No es una historia divertida pero es una historia real. Me sucedieron muchas más cosas que guardo en la memoria y que quizá algún día desvele; por ahora compartiré los secretos con mis fantasmas. Viajar es el placer más triste. Al regresar a Málaga fui a la casa en la que vivió Jorge Cabo con sus padres y llamé a la puerta.