Mario Otero, director del aeropuerto de Málaga: Un gallego enamorado de La Caleta

Nació en casa de sus abuelos en Codeseda, una aldea de Galicia / Se matriculó en Ingeniería Aeronáutica «porque sonaba divertido» / Mientras estudiaba la carrera, trabajaba los veranos cuidando las vacas de la granja familiar / Su abuelo le pagó su primer billete de avión a los 20 años / Adoptó a sus dos hijas, de siete y cuatro años, en China

UN PERFIL DE
FOTO. Carlos Moret/
FOTO. Carlos Moret

LA ventana de madera de la pensión de la calle Fuencarral no cierra bien, y el invierno de Madrid se cuela por las rendijas. Con lo poco que ha podido ahorrar se ha comprado en el rastro un batín «de abuelo», con el que se abriga en las largas noches de estudio. El frío no es del todo malo, le ayuda a estar espabilado. Mario Otero ha llegado a la capital hace unos meses, procedente de Codeseda, la aldea de Galicia en la que nació (en casa de sus abuelos, nada de hospitales) hace 17 años, y se pregunta quién le mandaría meterse en esto.

Pero la decisión estaba tomada desde mucho antes. Con 11 años y pantalón corto ingresó en el internado de los Paules, en Marín. Al empezar segundo de BUP alguien de la Universidad de Santiago fue a darles una charla. Ninguna de las carreras le atraía, y un compañero consiguió un libro con todas las que había en España. «Ingeniero aeronáutico, no sabía ni que eso existía, y fue una elección simplemente por el nombre, nada de vocación. Me dije: 'Esto tiene que ser divertido'».

Así que el joven Mario llegó un viernes a casa y dijo: «Ya sé qué quiero ser de mayor, ingeniero aeronáutico. Se me quedaron mirando asombrados, pero ellos tenían muy claro que iba a estudiar lo que me gustara. Mis padres decían que nos iban a dejar a mi hermana y a mi nada en herencia excepto la educación. Y con mucho sacrificio por su parte, que les agradeceré eternamente, con 17 años me fui a estudiar a la Politécnica».

La carrera es muy complicada, y aunque son seis cursos, finalmente invierte ocho años. «Los torpes tardamos un poco más». El curso transcurre en Madrid y los veranos, en su aldea gallega, donde no le espera precisamente un retiro sobre la hierba. Más bien, le toca acarrearla. «Ayudaba a cuidar las vacas y a recoger patatas. Siempre bromeaba con mi abuela: 'Yo que voy a ser ingeniero y estoy aquí trabajando en el campo'», sonríe. «El trabajo de los estudiantes en verano es este también», respondía ella. «La parte buena es que esa experiencia te da una capacidad de trabajo enorme», muy adecuada para afrontar sus responsabilidades futuras. La primera vez que se subió a un avión fue a los 20 años, gracias a su abuelo, que le pagó el billete para ir a una ceremonia familiar.

El amor

Cuando contó en casa que se había enamorado de una chica de una aldea vecina, su madre se llevó una alegría inmensa. Si es gallega vendrá más por aquí y no se quedará en Madrid. Sucedió unas navidades, tres años antes de terminar los estudios. «La conocía desde pequeño pero nos caíamos muy mal», bromea Otero. Pero aquel día todo cambió, y su mujer se convirtió en su gran apoyo en cada vuelta que ha dado la vida. Que no han sido pocas. «Nos dio la locura y decidimos casarnos. Juntamos a nuestros padres y les dijimos: 'Dentro de un mes nos casamos', sin tener ni iglesia ni banquete preparado». La fecha no se le olvida por otro motivo: el mismo día el Deportivo perdió la liga por un penalti que falló en el último minuto contra el Valencia.

Poco antes había empezado a trabajar en una empresa de control de calidad en Vigo. «A las ocho de la mañana de los lunes me iba en coche hasta Madrid; veía tres edificios y seguía hasta Sevilla, donde inspeccionaba dos urbanizaciones, y luego subía por Portugal. El miércoles o el jueves estaba de vuelta en Vigo para trabajar allí».

Poco después surgió la oportunidad de entrar en Aena, y lo consiguió. Empezó en Barajas, con lo que la pareja se tiene que mudar a Madrid. «Durante 15 días mis únicos muebles eran una colchoneta de playa, para dormir; una tele pequeña sobre una caja de cartón y una mesa de playa». Tras dos años y medio sale una plaza en el aeropuerto de A Coruña. «Mi jefe de Barajas dio orden de que Mario no viera aquella convocatoria por todos los medios».

Hizo la entrevista de trabajo, pero lo que de verdad le animó a mudarse de nuevo es «lo bien que se comía en la cantina del aeropuerto», como relató a su esposa por teléfono poco después del encuentro. Tras un año le nombraron director del aeropuerto: tenía 32 años y se había convertido en una de las personas más jóvenes en alcanzar esta responsabilidad.

Llegan las niñas

El matrimonio había tomado poco antes la primera de las grandes decisiones de su vida, adoptar a su primera hija. «Queríamos tener hijos, no venían y al final optamos por adoptar a una niña china, Celia, que llegó con 10 meses». Casi acababa de aterrizar cuando le ofrecen venir a Málaga. La niña lo resumió entonces a la perfección: «Nací en China, soy gallega y vivo en Málaga», fueron sus primeras palabras. «No lo dudamos, profesionalmente era un salto muy importante, dirigir el cuarto aeropuerto de España. ¿Sigo sin saber por qué me eligieron!» Ya en Málaga llegó su segunda hija, Antía (el nombre lo eligió la mayor). Ahora tienen siete y cuatro años.

Su despacho tiene unas cristaleras inmensas con vistas a la pista. Aterrizó allí un sábado por la tarde, el 2 de marzo de 2002, en plena hora punta. El sonido de los motores de los aviones no cesa, como un recordatorio constante de lo que se trae entre manos. Mario Otero ahora tiene 42 años y se confiesa un amante de su trabajo que huye de las oficinas. «Me encanta pasear por el aeropuerto. Empecé la carrera sin vocación pero me enamoré de lo que hago».

Sus colaboradores más cercanos aseguran que conoce hasta el último recodo de esta gran ciudad que es el aeródromo. «Cuando llegué me lo encontré muy ordenadito, y luego me lo pusieron patas arriba, con las obras de la ampliación», bromea de nuevo. Pero le va la marcha: «Esta es una etapa muy dura pero muy enriquecedora, que ha sido posible gracias a que los malagueños ha comprendido que las molestias son necesarias y lo han asumido como algo propio, pero también al trabajo duro de los empleados del aeropuerto y del Plan Málaga».

Ansía el momento de verse solo en la nueva terminal, la noche antes de la apertura, mirar atrás y contemplar tantos años de esfuerzo. Hasta entonces, cada rato libre se refugia con su mujer y sus hijas en la playa de La Caleta, frente a ese mar que le evoca a su Galicia natal.

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