El idioma de los jóvenes

Los chicos de hoy empobrecen el lenguaje de manera abusiva y se las arreglan con unos cien vocablos que sirven para todo

JUAN BONILLA

EN San Millán de la Cogolla se han reunido unos cuantos especialistas para tratar del lenguaje de los jóvenes, al que algunos llamaban idioma, como si hubiesen fundamentado las bases de un nuevo territorio en el que los que ya no tenemos edad somos extranjeros -o sea, no entendemos lo que se habla en ese territorio-. Por supuesto son ganas de exagerar y de conceder entidad a lo que no es sino un paso más de la evolución de una lengua, la nuestra, en bocas de unos usuarios, los jóvenes. Bien es verdad que lo que acontece hoy, con la influencia de la tecnología en el lenguaje escrito, puede parecer de una novedad imponente, sobre todo por los padecimientos de la ortografía, pero tampoco es tan así, por lo menos a día de hoy: uno de esos especialistas venía a nadar a la contra diciendo que los chicos de hoy empobrecen el lenguaje de manera abusiva y se las arreglan con unos cien vocablos que sirven lo mismo para un roto que para un descosido. Pero si se mira bien, al parecer de lo que se trata es sólo de unas cuantas -muchas, pocas, no lo sé- expresiones, y de un modo nuevo de ponerlas por escrito -el morse de nuestros días: el SMS-. Lo que en ellos se diga será lo que se ha dicho siempre, que será poco o mucho dependiendo de si se tiene algo que decir o si más bien, como suele ser común, lo que tiene que decirse cabe en un telegrama.

Que el lenguaje se empobrece paulatinamente es una idea apocalíptica con sumos sacerdotes que deben haber mamado el diccionario entero desde la más tierna infancia. La verdad es que no recuerdo yo que en mi juventud los colegas y yo utilizásemos todo el diccionario para hablarnos. También nos decían que empobrecíamos el lenguaje, como si eso fuera posible: el lenguaje es una herramienta, y si uno se las arregla con cien palabras para sortear los escollos de la rutina, eso está indicando cuál es su identidad; si yo prefiero emplear mil, también estoy dando pistas acerca de quién soy. Es más o menos como el dinero: uno emplea lo que tiene. Sacar las cosas de quicio, tanto por el lado positivo de pensar que los jóvenes tienen un idioma propio como por el negativo de pensar que son ellos los que nos van a devolver a la edad del simio para que acabemos expresándonos en gruñidos, es delirante.

¿Que hoy se habla peor que ayer y se utilizan menos palabras? Pues depende desde dónde lo mires, como todo. Por ejemplo: las canciones. Examinemos las canciones. Se diría que hoy sólo hay un tema para las canciones: el amor. Y no el amor cantado con ímpetu lorquiano e imágenes efervescentes, sino el amor expresado en tontadas del tipo, te vi y ya no me querías, para serte sincero ya no te quiero. Si uno mira quiénes han conseguido los premios de la música este año y repasa las letras, puede asustarse pensando que el próximo paso será en efecto escribir cosas como: La «m» con la «a» dice «ma». Pero sería conformarse con lo que la industria quiere vendernos, y esa es la trampa de siempre. Pensar que nuestra juventud es sólo lo que los estudios sociológicos dicen que es nuestra juventud. Y los datos que dan esos estudios sociológicos son los que son, pero podrían ser otros, que esa es la gran trampa de la sociología -y por cierto también del periodismo-. Por ejemplo, un dato podría ser: nunca antes en España, ni en Europa, se habían ganado la vida tantos escritores que escriben novelas para jóvenes, por lo tanto, tendrá que haber jóvenes que leen esas novelas. Otro dato: nunca antes hubo en España tanta gente menor de veinticinco que supiera dos o tres idiomas. Y eso de saber idiomas ayuda a entender por ejemplo a Rufus Wainwright, que tiene muchas canciones que no dicen las patrañas premiadas por los premios de la música.

¿Hablan los jóvenes un idioma propio? Por supuesto que no. Colaboran con todos los demás en reactivar constantemente nuestro idioma. Consiguen agregarle expresiones, puede que consigan que varíe algo la ortografía, es decir, hacen lo que han hecho todas las generaciones, lo que seguirán haciendo los jóvenes que vengan a reemplazarlos y a ubicarse en el mundo con unas cuantas expresiones propias que pasarán al caudal general del idioma si son lo suficientemente acertadas como para que los que vengan luego y los que vinieron antes las hereden. Pensar otra cosa es pensar que el idioma es una caseta de playa a la que un viento fuerte puede arrancar del suelo, en vez de lo que es: una montaña que puede permitirse el lujo de tener un palacio en la cumbre y unas tiendas de campaña en las faldas, o al revés.