Y a los cien años resucitó

MARÍA TERESA LEZCANO
PASIÓN. Karajan logró popularizar la música clásica. / SUR/
PASIÓN. Karajan logró popularizar la música clásica. / SUR

Herbert Von Karajan siempre aseguró que no le tenía miedo a la muerte. De hecho, solía bromear con sus amigos acerca de sus visitas a las distintas funerarias en las que iba pidiendo presupuestos mortuorios que inevitablemente le resultaban demasiado onerosos y de los cuales solía burlarse aduciendo: «Total, para tres días...» -se supone que ése era el plazo católicamente convencional de la resurrección. Finalmente eligió pasar esos tres días bajo una modesta losa del cementerio de Anif, en las afueras de Salzburgo, a la sombra de un campanario que habría entusiasmado a Edgar Allan Poe.

Herbert Von Karajan nació el 5 de abril de 1908 en Salzburgo, entre la ribera del Salzach y el famoso hotel Sacher. Hijo de un rico cirujano austriaco, y descendiente de griegos otomanos - el apellido familiar era inicialmente Karajanis y fue oportunamente transformado en Karajan y precedido del siempre conveniente Von- , sus primeros recuerdos estarían ya impregnados de música ya que su hermano mayor tocaba el órgano y su padre cirujano torturaba el clarinete. El primer instrumento del 'kind' Herbert fue un piano, que aprendió a tocar en el prestigioso Mozarteum de Salzburgo. Posteriormente se trasladaría a Viena, decidido a perseguir la vocación que había identificado como propia: la de director de orquesta, cuyo debut tendría lugar en 1933 en el festival de Salzburgo, y que se vería reafirmada un año más tarde cuando dirigió por primera vez la Orquesta Filarmónica de Viena.

A partir de ese momento, Von Karajan fue reconocido de forma unánime como la nueva promesa de la escuela de dirección musical germana. No hay sin embargo que obviar que, para que esto sucediera, las mejores batutas del tercer Reich estaban exiliadas. Von Karajan decidió entonces que la ocasión la pintan calva y a veces hasta con una negra media melena engominada y un bigotito cola de ratón, y en 1935 se convirtió en miembro del partido nacionalsocialista. Ese mismo año fue reconocido como el director de orquesta más joven y de más talento de su país (no olvidemos tampoco que gran parte de la competencia estaba en el exilio).

Durante la segunda guerra mundial, mientras numerosos músicos de diversas nacionalidades se negaban a tocar o a dirigir, no sólo en Alemania sino en los países ocupados, Von Karajan, definido por un crítico berlinés como 'El milagro Von Karajan', cometió un error que paradójicamente garantizaría su carrera de post-guerra: durante un concierto de gala que Hitler ofrecía a los reyes de Yugoslavia, Von Karajan, que dirigía sin partitura los Maestros Cantores de Nuremberg, demostró su falibilidad. Resultado: los músicos se perdieron, los cantantes enmudecieron y hasta el telón se rompió en medio del caos orquestal.

Consecuencias: a Adolfo se le cayó el flequillo de ira y le ladró a Winifred Wagner: «Herr Von Karajan jamás volverá a dirigir mientras yo viva». Afortunadamente para el músico, Hitler no vivió muchos años más, y en 1946 Von Karajan dio su primer concierto después de la maldición del 'führer', dirigiendo la Filarmónica de Viena y convencido de haberse librado de todo castigo retroactivo por su vinculación demasiado cercana a los dominios de la Bestia, aunque la propia Bestia lo expulsara de sus dominios.

Carrera ascendente

Sin embargo las autoridades rusas de ocupación no tardaron en averiguar que Herr Karajan había poseído un carné nacionalsocialista y el director austriaco se encontró por segunda vez con la prohibición de exhibir su batuta en festival alguno. Fue en 1948 cuando fue rehabilitado y poco después nombrado titular de la Filarmónica de Londres, que lo convirtió en una estrella universal, a la vez que él hacía de la orquesta una de las mejores del mundo. Quid pro quo y todos tan felices, incluyendo la industria discográfica que acababa de descubrir en el músico un filón para melómanos de la sección clásica.

Después de Londres, el cometa Herbert vio colmada su más ansiada ambición: dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín de forma vitalicia, ocupación que alternaría posteriormente durante varios años con la dirección artística de la Ópera Estatal de Viena. 'El milagro Von Karajan' se multiplicó: giras, premios, reconocimientos, homenajes, y un apoyo entusiasta a las nuevas técnicas de grabación que incluían el disco compacto.

Músico dotado de un talento tan inmenso que hasta los diletantes identifican de inmediato el llamado 'sonido Karajan' en cualquier grabación, su ego resultó ser aún mayor que su genio, y fue en vida tan admirado como aborrecido. Su megalomanía tenía las mismas fronteras que deberían corresponder a la música, es decir ninguna, y fue cuestionado de forma reiterada por su estética conservadora, aunque hasta después de su muerte se mantuvo una especie de muro de contención que salvó al artista de ser expuesto al público con las debilidades del hombre.

Narcisista y autoritario

Muerto el músico, empezó realmente la rabia, y salieron a la luz testimonios a granel que relataron la tiranía sin control que durante años ejerció en el mundo de la música clásica, su desmesurada ambición, su narcisismo autoritario y su excesiva afición al dinero: el británico Norman Lebrech le acusó de usar la orquesta para grabar discos y quedarse con la mayor parte de las ganancias que estos generaban, ganancias que al parecer invertía en comprarse casas en Saint-Tropez y en Saint-Moritz, barcos de vela y coches deportivos que conducía a 280 kilómetros por hora. Muchos críticos llegaron a hacer un símil entre Von Karajan y Leonard Berstein, asegurando que ambos no tuvieron igual en su magistral histrionismo en el podio.

En el año Von Karajan, tendremos la oportunidad de oír y de ver al mito resucitado -ha tardado algo más de tres días pero al menos su tumba fue una de las más baratas-, remasterizado, computerizado, biografiado y, sin la menor duda, re-admirado y re-odiado. Y, para terminar, una anécdota que sucedió durante una tertulia que Von Karajan compartió con Berstein, Giulini y Solti:

- Me ha dicho Dios que soy el mejor director del mundo -anunció Carlo María Giulini en un tono extremadamente serio.

- Qué raro - replicó Solti-. Precisamente Él se me ha aparecido y me ha asegurado que yo era el número uno porque, además de director, soy un excepcional pianista.

- No lo entiendo -dijo Bernstein-. Dios me comentó anoche que no había dudas sobre mi hegemonía: el mejor director, el mejor pianista, el mejor compositor...

Fue entonces cuando intervino Von Karajan:

- Amigos míos, no recuerdo haberos dicho nada

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