Mercedes Muñoz: Una madrileña que se enamoró en la Feria

Soy la jefa de la Inspección de Trabajo / Mi padre era empresario aunque estuvo encarcelado por anarquista / Alfonso Guerra me hizo las mejores fotos de mi boda / Fui la primera mujer en multar a una empresa por discriminación / Pude ser la 'primera dama' de Málaga .

IGNACIO LILLO
Mercedes Muñoz/
Mercedes Muñoz

LA caseta del Palomar, en la Feria del Centro, está atestada. El día anterior le gustó tanto la experiencia que no ha tardado en repetir. Allí se encuentra a Eduardo Martín Toval, que por entonces despunta como portavoz del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados. Ella lo conoce de oídas porque comparten profesión (ambos son inspectores de trabajo). Se acerca a saludarlo y... hasta hoy.

Este podría ser el arranque del segundo capítulo de la vida de Mercedes Muñoz, la jefa de la Inspección de Trabajo de Málaga. Pero para conocer los orígenes de esta historia habría que trasladarse algunos años atrás, hasta las calles Lagasca y Goya, en el barrio de Salamanca, donde discurre su infancia, en el seno de una familia de madrileños de cuarta generación. «Somos gatos totales», sonríe.

Infancia en el Retiro

Después de las clases en el colegio de las Jesuitinas de la calle de Velázquez, esquina con Ayala, corretea por el bulevar cercano o por el parque del Retiro. El resto del tiempo discurre en casa o con los abuelos, que vivían a escasos metros. «Me sentí siempre una niña muy querida, y eso imprime carácter de mayor».

Tuvo una infancia feliz, y ello a pesar de que, cuando llegó al mundo, su padre aún no había concluido los ocho años de condena que le impusieron por socialista y anarquista. Su madre nunca permitió a Mercedes que se afiliara a un partido por el miedo a que sufriera represalias. Curiosamente, después se convirtió en empresario, con un negocio de montajes de alta tensión y con medio centenar de personas a su cargo. De su ejemplo aprendió cuál debe ser el trato de una empresa con sus empleados.

Al dejar atrás la niñez también llegaron los problemas. Primero, con la prematura muerte de su único hermano, a los 27 años, a causa del cáncer. Su padre siguió sus pasos cuatro años después. «Vi como mi familia se resquebrajaba. Todo lo maravillosa que había sido mi infancia, y de repente vino un 'shock' brutal».

Se encontró de la noche a la mañana como cabeza de la familia. Acababa de terminar la carrera de Derecho y preparaba sus oposiciones. Con 25 años asume la responsabilidad de vender la empresa y salvaguardar el futuro de los empleados de su padre, con los que había tratado desde niña.

Ya como inspectora, su primer destino estuvo en Zaragoza, durante un año, y luego de vuelta a Madrid. Se especializó en la construcción, algo que después agradecería al llegar a Málaga, y pronto despuntó por su visión feminista: fue la primera funcionaria de España en multar a una empresa por discriminación sexual. Una lucha por la igualdad entre hombres y mujeres que en su caso no está reñida con la firme creencia en la familia y en la defensa a ultranza de la maternidad.

Primer encuentro

El encuentro con Málaga y con el gran amor de su vida se produjo casi a la vez. Fue en agosto de 1990. Había venido en comisión de servicio, porque en verano la actividad caía en Madrid y se intensificaba en la Costa del Sol. «Al salir de trabajar, los compañeros me llevaron a la Feria del Centro, y me encantó. Era algo único». Así que volvió al día siguiente. «'Vamos al Palomar, a la caseta de la Cofradía de la Paloma', dijo uno, y allí que fuimos».

Al entrar vio a Martín Toval. Era íntimo amigo de una compañera de Madrid. «Me dirigí a él y le di recuerdos de parte de nuestra amiga común. Empezamos a hablar y ¿fíjate donde acabamos», ríe a carcajadas. Regresaron a Madrid e iniciaron un noviazgo que terminó en matrimonio dos años después. Ambos estaban divorciados. Él aportaba a la familia tres hijos, que vivían con su madre en Barcelona, y ella, dos, de corta edad. «Eso que no entra en tu pensamiento nunca, de volver a casarte, porque la experiencia ya vale con una, pues luego resulta que sale bien».

Desde por la mañana había periodistas y fotógrafos apostados en la puerta del chalé del Cantal, propiedad de unos amigos de la pareja, en el que se celebraría el enlace. «Entonces Eduardo era muy conocido y muy televisivo. Fue divertido porque luego nos dimos cuenta de que no teníamos fotógrafo, y tuvimos que pedírselas a los periodistas». Aunque un invitado de excepción sí llevaba la cámara. De Alfonso Guerra son algunas de las mejores instantáneas de aquel día.

En Málaga

A pesar del contacto permanente con Málaga, el matrimonio seguía viviendo en Madrid. Hasta que un día se presentaron en la casa Enrique Linde, Rafael Ballesteros y Carlos Sanjuán. Iban a pedirle a su marido que se presentara como candidato socialista en las elecciones municipales. «Se lo desaconsejé, porque el PSOE no pasaba entonces por su mejor momento y no era probable que pudiera ganar las elecciones. Pero a él el hecho de ser alcalde le ilusionaba muchísimo y quería volver a sus raíces malagueñas».

Aunque no llegó a ser la 'primera dama' de la capital, la familia recaló definitivamente en Málaga, hace ya doce años. Aunque no pierde el referente de Madrid -aún conserva íntegro su acento castizo- el clima, la calidez y el espíritu abierto de los malagueños han podido más. Paradójicamente, es ella la que más disfruta del Mediterráneo que baña La Cala del Moral, pues su marido trabaja en la orilla de enfrente, como asesor empresarial de la embajada española en Marruecos.

Futuro ilusionante

Mercedes Muñoz está de enhorabuena. Su hija mayor acaba de aprobar la oposición de Economistas del Estado. Lo que supone una doble alegría: por el éxito laboral y porque ya tiene excusa para ir a Madrid siempre que le apetezca. Asegura que en este momento está centrada en sus responsabilidades profesionales y en la familia: su madre, que ha superado los 90 años y vive con ellos, y su hijo menor, que estudia Medicina en la UMA.

Gran amante del arte, cuando tiene un rato libre le gusta hablar de pintura con Eugenio Chicano, se escapa al museo del Prado, toma café con sus amigas -un grupo de antiguas madres del colegio Limonar- y planea los exóticos viajes que hará con su marido cuando tengan un rato libre.

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