La diosa Razón

AURORA LUQUE

EN una rotonda que da entrada a la Palmilla hay un grafitti que dice «Vienbenidos». El que lo estampó sabe ortografía, pero quiere que pensemos que por aquí se entra a un 'mundo al revés', un mundo en el que lo feo y lo bonito, lo blanco y lo negro y las bes y las uves han cambiado de lugar. Para ser transgresores hay que conocer las reglas. Que se lo digan a Picasso: para ser sumamente vanguardista hay que dominar los trucos de los clásicos. Si no, podemos volver a pintar la Sixtina. Digo todo esto por la polvareda que ha levantado el discurso de Rafaela Pastor, presidenta de la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres. Ha denunciado el sexismo del lenguaje y ha rechazado la autoridad de las lenguas clásicas para sancionar la gramática al proponer formas como 'miembra' y 'jóvena'. Creo que la ha movido un sano deseo utópico y es muy probable que las palabras que propone no nos parezcan raras en un futuro próximo. Creo también que parte de una noción ingenua: para feminizar el lenguaje basta añadir una 'a' por el final. Pero 'joven', por ejemplo, es sanamente unisex. Lo que ha encolerizado a muchos es que pide que se sancionen los usos sexistas del lenguaje lo mismo que se multan las infracciones de tráfico. Mejor sería no empezar castigando. La lengua es tuya y mía, no es propiedad ni del diccionario ni del columnista del ABC ni de la plataforma feminista andaluza. Nadie puede imponer cambios: se hacen hablándolos. Al cambiar la sociedad las palabras se rellenan de vida nueva. Es como el velo de las musulmanas: en sí sería inofensivo, pero lleva detrás una dogmática de sumisión de la mujer. Cuando ellas sean libres, el velo será bello e inofensivo: igual que las desinencias del castellano, lleven 'o' o lleven 'a'. Mejor sería sancionar otras infracciones: las que se comenten en el mundo audiovisual en nombre de la libertad de mercado. Ese irritante anuncio de lejía que presenta a la mujer como fregona sin más horizonte que la mancha de grasa, por ejemplo. Ahí hay una ideología patriarcal más directamente dañina que la que hay en el uso administrativo del lenguaje.

Con la cuestión del sexismo lingüístico se pone sobre la mesa un problema de fondo del feminismo. Las culturas del pasado son patriarcales. ¿Hay que desecharlas? ¿Se pueden proponer utopías y construir políticas reales prescindiendo de ellas? ¿Lo tiramos todo a la basura? Condenar el logocentrismo como parcela masculina relega a las mujeres a un nuevo gueto sutil: esa defensa de lo materno-irracional-prelógico como esencia de lo femenino ha demostrado ser inoperante y tautológica. Precisamente en Grecia y Roma contamos con un instrumental racional muy aprovechable para los andamios de una sociedad postpatriarcal: un vivir con los pies en la tierra, una serie de recursos políticos y éticos (pienso en el epicureísmo y en su inteligente concepción materialista de lo divino y del cuerpo). Todo ello hace más que recomendable que chicos y chicas estudien muchísimo latín: claridad y valores fieramente humanos. La diosa Razón tiene nombre de mujer. Como hijas de Epicuro y de Lucrecio las mujeres disponen de herramientas más útiles que como hijas de Freud (excelente literato) o como nietas de alguna florida Diosa Madre preilustrada.