Rodin y Vivien, POR AURORA LUQUE

AURORA LUQUE

MÁLAGA está disfrutando de un acontecimiento artístico singular: la exposición de Rodin en la calle Larios. Disfrute en sentido literal: la gente va de visita a ver al Pensador, lo rodea, lo admira en silencio. Los músculos metálicos transmiten una fuerza extraña, poderosa, una humanidad anhelante, concentrada, compartible. Lo mismo ocurría con los dibujos eróticos de Rodin, expuestos en el IVAM de Valencia hace unos años. El artista nos imanta los ojos y nos arrastra a sus intimidades feroces.

Pero también los grandes fracasan. En ocasiones se nota en sus obras el malestar del encargo, la aplicación forzada, la falta de electricidad 'estética' que malogra la comunión con el espectador. Una de las obras relativamente malogradas de Rodin es el busto que realizó de la poetisa Renée Vivien, que desagradó profundamente a la retratada y que apenas logra emocionar en su convencionalidad.

Y es una pena, porque Renée Vivien no fue una persona en absoluto convencional. Nacida en Londres con el nombre de Pauline Tarn, abandonó la estirada Inglaterra victoriana para refugiarse en el fabuloso París de 1900 (que fue mucho más intransigente a la larga con ella y con sus libros de lo que sin duda imaginó). Cambió de nombre y de lengua: su obra está escrita toda en francés. Disponía de la cuantiosa herencia paterna, que le permitió vivir desahogadamente, editar libros de sus amigos y viajar hasta seis meses al año con ansia insaciable:

«Sí, he visto todo esto y he regresado con el deseo de ver más, de ver otra cosa, de ver hasta volverme ciega, de verlo todo en la Tierra y de ver hasta en el Más Allá. Nunca se ve suficientemente lejos, nunca se ve lo suficiente». La crítica celebró la aparición de su primer libro, 'Estudios y preludios', pero le retiró el favor cuando se supo que las iniciales RV encubrían a una mujer. A partir de entonces se la acusó de neurótica e histérica que malgastaba su talento explorando un erotismo perverso.

Vivien escribió un curioso poema, 'Penitentes españolas', en el que describe morbosa y baudelairianamente a las participantes en una procesión, mujeres arrepentidas que no alcanzan a quedar limpias de pecado porque la carne no olvida los excesos y la sensualidad no puede ser borrada por cilicios y penitencias: «Y en vano estas lascivas penitentes confiesan/ en público el clamor de sus remordimientos./ Hasta el día en que escarben los gusanos sus ojos/no olvidará su carne los consentidos vértigos. /El viento de Granada y el viento de Toledo/ unen sordos perfumes al rumor de oraciones./Ellas no entrarán ya a ningún cielo límpido./ Pero en la noche ardiente, donde las condenadas/ gimen, resucitando de su tumba de siglos,/ Amor consolará sus torturas de infierno.»

Renée se enamoró del mundo antiguo. Una criada suya contaba que, en situaciones calamitosas, la señorita Pauline echaba la culpa de todo a su madre «porque no la había hecho aprender griego».

En París vivirá enclaustrada en su apartamento de la Avenida Bois de Boulogne 23, tapizado de color violeta, con ventanas tapiadas y lleno de cirios e imágenes de Buda. Murió de anorexia a los 32 años. Se había convertido al catolicismo ocho días antes de morir. La sonrisa triste e impenetrable con que la retrató Rodin en un mármol inanimado y yerto no le hace justicia.

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